Los cambios que necesita el sector eléctrico

La tarifa de la luz tendrá que adaptarse a las reformas introducidas por tecnologías y energías renovables

Los cambios que necesita el sector eléctrico

Cuando tuvimos acceso a nuestro primer teléfono móvil, nos acostumbramos de partida a estudiar qué tipo de tarifa se adaptaba mejor a nuestras necesidades. Y no solo eso, la tarifa que contratábamos condicionaba el uso que hacíamos del teléfono. “Llámame esta noche, mamá, que ahora te va a salir muy caro”. Hoy, 20 años después, las redes y los servicios que a través de ellas nos llegan se han desarrollado mucho y no solo importa cuándo, sino cuánto e incluso cuántos servicios recibimos. Es para nosotros algo natural concebir que lo que tenemos que pagar por estar conectados no es una tarifa que se resume en un simple número igual para todos a final de mes. Tenemos más opciones que pagar a tanto el minuto o a tanto el megabyte. Nos podemos acoger a diferentes planes que incluyen voz, datos, velocidad y que incluso en el extremo, nos permiten, por ejemplo, disfrutar de la liga de baloncesto. No se nos hace raro, ni imposible, simplemente porque el servicio nos llegó desde el inicio bajo ese esquema.

La electricidad, un servicio en el que las redes juegan un papel crucial, hasta hace no tanto se trataba de un servicio relativamente simple. En un extremo, las fuentes de generación eran, por llamarlas de alguna manera, bastante estables. Eso hacía que el coste de producir electricidad no fuera radicalmente distinto en unas horas que en otras. En el camino, no era habitual que las redes estuvieran saturadas y en cualquier caso, de considerarse necesario, no era un problema construir nuevas líneas. Y en el otro extremo, los consumidores, en particular los domésticos, no teníamos forma de participar y casi nula capacidad de elección. No había forma de medir cuánto consumíamos en unas horas o en otras, y tampoco disponíamos de la tecnología para adecuar nuestros patrones de consumo a las necesidades del sistema eléctrico.

Pero esto está cambiando radicalmente. Las nuevas fuentes de generación renovables son por naturaleza muy intermitentes. Ahora sopla el viento, ahora no, ahora luce el sol, ahora menos. Eso implica que los costes de generación de electricidad pueden ser muy distintos en unos momentos o en otros, dentro del mismo día y en distintos periodos del año, con patrones muy diversos. Además de intermitentes, las fuentes de generación están cada vez más distribuidas. Ya no se trata solo de grandes centrales eléctricas en parajes remotos conectadas a las redes de alta tensión. Proliferan por doquier parques eólicos, así como plantas solares de muy diferentes tamaños, incluyendo pequeños paneles solares en tejados, conectados a las redes de baja tensión. Esto complica la gestión de las redes, especialmente las de distribución, que son las más próximas a los usuarios, y que estaban concebidas para traer la electricidad, no para también llevarla.

Al tiempo, para completar el cuadro, a los consumidores se nos abre un mundo de opciones sin precedentes. Ahora no solo podemos conocer cuánto consumimos en cada momento, también cuánto nos cuesta. Y no solo eso, se están desarrollando una multitud de alternativas tecnológicas que nos permitirán responder en cada momento a los precios, que reflejarán los costes del sistema, consumir cuando poca gente lo hace será más barato, igual que irse de vacaciones en febrero. Los electrodomésticos del futuro serán en su mayoría programables. No tendremos necesariamente que estar pendientes de cuándo la electricidad es cara o barata, porque un mundo de apps, termostatos inteligentes y demás ingenios nos podrán resolver el problema de forma automática, incluyendo, por ejemplo, cuándo y cómo conviene cargar el coche eléctrico o poner en marcha el lavavajillas. Y más aún, aquellos afortunados que cuenten con un buen tejado en sus casas podrán ir un paso más allá y plantearse si a la vista de cómo evolucionen los precios les puede salir a cuenta instalar un panel fotovoltaico.

En resumen, la tarifa de la luz ya no podrá ser en adelante como la conocemos. En primer lugar, porque hace tiempo ya que el servicio es mucho más que luz. Y por otro, porque los consumidores necesitaremos recibir información de lo que cuesta el servicio, que va mucho más allá de un número al mes (euros por kilovatio hora). Se trata de que las tarifas que veamos los usuarios nos permitan reaccionar de diversas maneras, en función de nuestras propias prioridades, de modo que paguemos por lo que recibimos y podamos beneficiarnos cuando contribuyamos a que el coste sea menor. Y también que podamos expresar nuestras preferencias, más allá de lo estrictamente económico, por ejemplo, aportando producción renovable al sistema –individualmente o de forma colectiva– o mejorando nuestra eficiencia energética como consumidores.

Dada la multitud de alternativas tecnológicas que se abren en el horizonte, también la forma en la que pagamos a las empresas que gestionan las redes eléctricas debe sofisticarse. Es necesario diseñar nuevos métodos de remuneración que premien a aquellas que más innoven y consigan transmitir la electricidad de la forma más eficiente económicamente y más respetuosa con el medioambiente.

El objetivo del estudio que hemos abordado en el MIT a lo largo de dos años, en estrecha colaboración con el Instituto de Investigación Tecnológica de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, denominado MIT Utility of the Future study, ha sido precisamente explorar los cambios que el sector eléctrico necesita para permitir que esta revolución, que incorpora la participación de los recursos energéticos distribuidos, se produzca de la forma más ordenada y eficiente (barata) posible. La idea principal es proporcionar un marco regulatorio robusto, independientemente de qué tecnologías y/o objetivos de política energética terminen prevaleciendo en el futuro.

Nos encontramos ante un reto de gran magnitud. Es una tarea que por primera vez nos puede y debe involucrar a todos, a las empresas, las de siempre y las nuevas que están llegando, a las instituciones políticas y especialmente a las reguladoras e incluso a los usuarios que lo deseen. Y por encima de todo, deben cambiar las reglas que rigen el servicio. Es el momento de establecer mejores incentivos para los consumidores de electricidad, las empresas que compiten en el mercado y las que proveen los servicios de red regulados. Es el momento, porque de lo contrario, si estas señales no son las adecuadas, permitiremos que se tomen decisiones de inversión que nos conducirán a la larga a disponer de un servicio más caro y de peor calidad. Y parece claro que a estas alturas, a nadie se le escapa que el sector eléctrico es una pieza clave para el desarrollo sostenible de nuestra economía.

Carlos Batlle, Scott Burger y José Ignacio Pérez Arriaga son investigadores de MIT Energy Initiative y de la Universidad Pontificia Comillas.

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