El presidente de EE UU, Donald Trump.
El presidente de EE UU, Donald Trump.

Trump y la economía: entre el tuit y la realidad

El presupuesto del republicano supone aumentar el déficit público y recortar la recaudación

El mes de febrero fue bueno para el empleo en EE UU. La tasa de paro fue del 4,7% y aumentaron los salarios. El presidente Trump se arrogó el mérito de ese logro, coherente con la media de creación de empleo mensual de 2015 y 2016. De hecho, hasta finales de enero de 2017, Barack Obama seguía siendo presidente. A Trump no le hubiera dado tiempo –ni siendo Superman– a estimular la economía en menos de un mes por la simple fuerza de su voluntad, que no de sus políticas. Preguntado acerca de la veracidad de las estadísticas de creación de empleo –en campaña electoral, dijo que estaban trucadas y negó la creación de 15 millones de empleos durante la presidencia de Obama–, respondió que “antes eran mentira; ahora son acertadas”.

A nadie le extrañó la respuesta de Trump, quien tiene un serio problema para ajustarse a la verdad: vive en la realidad paralela que él se inventa y, muchas veces, niega hasta lo que se ha inventado. Ejemplo: en campaña, acusó al padre de Ted Cruz de estar implicado en la muerte de Kennedy. Después, Trump afirmó que él nunca dijo eso, que Cruz era su amigo y que todo era invención de un periódico. Todo esto son minucias comparadas con, por ejemplo, la gestión de la economía, primera preocupación de los norteamericanos siempre.

En campaña, Trump convenció a un electorado necesitado de escuchar que los empleos creados por la primera y segunda revoluciones industriales (el carbón, por ejemplo y ciertas manufacturas) volverían a raudales: Trump prometió crear 25 millones de empleos en 10 años. Sin embargo, por contraste con Obama, que llegó a la presidencia en mitad de la Gran Recesión con un programa económico completo y un plan de rescate de la economía, Trump solo ha dicho que será “el mejor presidente que Dios haya creado; que más puestos de trabajo haya generado en la historia”.

Porque el plan económico de Trump brilla por su ausencia, más allá de promesas y propuestas inconexas y faltas de coherencia. Trump se apoya –¡y lo dice hasta en la web de la Casa Blanca!– en su experiencia como empresario exitoso y formidable negociador, para garantizar el éxito de su objetivo, aunque ignore mucho sobre economía o desprecie a la Reserva Federal y su presidenta.

Trump no tiene en cuenta, por ejemplo, que la productividad en América no ha hecho sino menguar, desde 1970, donde él sitúa los niveles de empleo actuales. Sin embargo, Robert Solow y George Akerlof (premios Nobel de Economía), Kenneth Rogoff (autor de Esta vez es diferente), Larry Summers (rector de Harvard y expresidente del Consejo Económico del presidente Obama y exsecretario del Tesoro con Bill Clinton) y otros muchos economistas hacen notar que están de acuerdo con las tesis de Robert Gordon (The rise and fall of American growth) y del presidente del World Economic Forum, Klaus Schwab (The fourth industrial revolution): ambos sostienen que, desde 1970, la productividad laboral y la calidad de vida de los norteamericanos ha decrecido sistemáticamente, con breves repuntes, cada vez que aparecía una nueva revolución industrial, como la computación en los noventa de la era Clinton. Aún está por ver cómo se mide y qué impacto tendrá en el crecimiento económico y la productividad empresarial y la creación de empleo, la cuarta revolución industrial o digitalización, conceptos ignotos para Trump, pero que han hecho que Apple esté valorada en casi 700.000 millones dólares y Amazon, Microsoft y Facebook, casi 400.000 millones cada uno. La productividad laboral creció el 2,8% en América entre 1947 y 1983; el 2,6% entre el 2000 y el 2007, y el 1,3% entre 2007 y 2014. Las tecnologías de la información e internet han incrementado la productividad y la competitividad económica y empresarial de EE UU, pero no en todos los Estados ni en todos los sectores por igual.

Trump ignora casi todo acerca del crecimiento económico y la generación de empleo. Ahora están muchos economistas evaluando cuánto contribuirá a ambos la digitalización (la nube, el internet de las cosas, la movilidad, el big data, la convergencia y otras tecnologías demasiado tempranas para ser medidas e incluidas en el PIB).

Trump prefiere acudir a lo que conoce y no siempre con éxito. A veces, incluso, tiene que atenerse –más o menos– a la realidad. Trump culpa a los tratados de libre comercio (Nafta, TTP) de robar empleos a los americanos y, por tanto, amenaza con retirarse de ellos para negociar individualmente con cada país. China ha sido uno de los países objeto de sus iras, por “quitarnos empleo en fabricación y robarnos propiedad intelectual”. Hoy, gracias a la interlocución del marido de su hija Ivanka, Jared Kushner, que ha preparado todo con el embajador chino en Washington, Trump se verá las caras con Xi Jinping, presidente de China, en su residencia privada en Palm Beach (Florida), Mar-a-Lago: ¿echará en cara al presidente chino que manipula la moneda, como hizo en campaña? ¿Le dirá que va a cumplir su promesa de imponer un impuesto de importación del 45% a los bienes chinos, para compensar la pérdida de empleo en la industria y por el robo de propiedad intelectual? Pues parece ser que no y que Trump –a pesar de lo que esperan los granjeros y mineros que le han votado, deseosos de que Trump sea duro con China– va a dejar de lado la cuestión de la soberanía de Taiwán a cambio de que China meta en vereda a Corea del Norte. Una cosa es predicar y otra dar trigo.

Las primeras iniciativas de Trump, sacadas exitosamente adelante gracias a la pluma del decreto-ley, fueron favorables a Trump: acabar con el plan de cambio climático de Obama –“que liberará 30.000 millones de dólares que dedicaremos a crear empleos americanos”–, retirarse del Acuerdo de Libre Comercio en Asia Pacífico (TTP), etc. Pero firmados unos cuantos decretos, el poder legislativo –en manos de su propio partido, el Republicano– empezó a ponerse nervioso. Al fin y al cabo, la Constitución americana deja claros los checks and balances entre los tres poderes del Estado, para evitar caer en la tiranía. Y la primera prueba de fuego vino con la derogación del Obamacare y la aprobación de una nueva ley sanitaria. Un grupo de legisladores muy conservadores se opuso a su ley por considerarla demasiado suave y otros congresistas republicanos votaron en contra porque sus votantes son pobres y el Obamacare les beneficia, al igual que el Medicaid, la Seguridad Social (instituida en 1935 por Roosevelt) y el Medicare, ahora objeto de escrutinio presupuestario.

Porque Trump, perdida la batalla de repeal and replace Obamacare, ha decidido pensar algo en la economía. Ha prometido 25 millones de empleos de calidad en manufactura en 10 años y crecimiento del PIB del 4% o, lo que es lo mismo, obviar la Gran Recesión (2007-2009) y sus consecuencias negativas, negar la existencia de otras potencias económicas (BRIC: Brasil, Rusia, India y China) y volver al statu quo de Einsenhower y Kennedy, épocas doradas, pero ya inexistentes.

Trump quiere, necesita, sacar adelante su presupuesto para que el país no caiga en el famoso default o suspensión de pagos al que los republicanos nos tuvieron acostumbrados cada año, entre 2011 y 2016, para presionar a Obama y no aumentara el techo de gasto. El presupuesto de Trump es sencillo: de 100 partidas, 97 son reducidas y tres aumentadas. De estas últimas, la más importante, defensa, para renovar y fortalecer el Ejército. Además, tiene previstas fuertes bajadas de impuestos para las grandes empresas y para la clase media. A los economistas no les salen las cuentas porque el presupuesto de Trump supone –debido al gasto en defensa– un fuerte aumento del déficit público, al tiempo que recorta la recaudación de impuestos.

La última baza económica de Trump es la energía: es decir, la extracción de shale gas y gas natural y petróleo que hay bajo tierras del Gobierno federal americano. Según él, gracias a esta energía se conseguiría la independencia energética de la OPEP, se generarían 50.000 millones de dólares americanos, que serían invertidos en su famoso plan de infraestructuras para construir y remozar carreteras, puentes, túneles, escuelas, etc.

No queda claro si el muro con México forma parte del plan de infraestructuras o del plan de inmigración. Seguramente, nos lo dirá un tuit del presidente...

Jorge Díaz-Cardiel es socio de Advice Strategic Consultants y autor de Hillary versus Trump y La reinvención de Obama.

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