Editorial

Una banca regulada, pero competitiva

El sector financiero europeo contempla con preocupación la derogación de la Ley Dodd-Frank

Mario Draghi, presidente del BCE.
Mario Draghi, presidente del BCE.

Mas allá de la batalla política y de los excesos verbales que han marcado en las últimas semanas las relaciones entre EEUU y Europa, las diferencias entre Washington y Bruselas crecen día a día y se extienden a más terrenos. La decisión de Donald Trump de iniciar el proceso de derogación de la Ley Dodd-Frank, la reforma que EEUU aprobó en 2010 para aumentar el control sobre el sistema financiero del país, ha desatado la voz de alarma en la banca europea ante el riesgo de que esa desregulación provoque una nueva burbuja crediticia como la que propició la crisis de 2008. El propio presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, advertía ayer de que una relajación de la normativa bancaria es “lo último que se necesita ahora”. Draghi recordó, echando mano de la lógica causa-efecto, que la relativa calma que viven los mercados en esta materia, “el que no haya riesgos importantes para la estabilidad financiera”, es la consecuencia de la labor que han llevado a cabo los legisladores, reguladores y supervisores desde la crisis de 2008. El presidente del BCE ha vuelto a defender la necesidad de adoptar las propuestas de reforma de la regulación bancaria que Bruselas presentó en noviembre y que abogan por reducir los riesgos y reforzar el marco legal de las instituciones de crédito.

No solo el BCE, sino también el conjunto del sector financiero europeo, contempla con preocupación la derogación de la Ley Dodd-Frank. La norma nació para sanear y regular el mercado estadounidense tras el terremoto destado en 2008 y su eliminación podría propiciar los desequilibrios y sobreendeudamientos que minaron el sector y llevaron al derrumbamiento del sistema. Al igual que aquella ola golpeó a Europa como un tsunami, la formación de una nueva burbuja de crédito podría acabar con el esfuerzo realizado para sanear y fortalecer el sistema financiero y recuperar el mercado de crédito. La decisión de Trump quiebra también los intentos de unificar las normas de la banca en el mundo, a través de Basilea III, como forma de evitar al máximo nuevas turbulencias.

A ello hay que sumar el riesgo comercial que arrastra toda flexibilizacion normativa en un entorno cada vez más global: crear una ventaja competitiva a favor del mercado menos regulado y en contra del que soporta una normativa más rigurosa. A nadie se le escapa que una suavización de la carga regulatoria por parte de Trump colocará a la banca estadounidense en condiciones ventajosas respecto a la europea, tanto en costes como en riesgos. De producirse esa coyuntura, Europa debería buscar una fórmula que permitiese a su sector financiero competir, pero hacerlo sin renunciar a un control y a una transparencia que han devuelto al mercado la confianza en la banca europea.

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