Editorial

Una educación que aspire a la excelencia

PISA 2015 dibuja un país con severas diferencias entre las comunidades

Una educación que aspire a la excelencia

Los resultados del último informe PISA, conocidos ayer, revelan que los alumnos españoles han mejorado en comprensión lectora –superan por primera vez la media de la OCDE–, pero también que siguen por debajo en matemáticas y además empeoran, respecto a la anterior evaluación, en ciencias. Pese a que los estudiantes mejoren en entender lo que leen, algo de lo que hay que congratularse y reconocer sin ambages, los datos de PISA 2015 dibujan un país con severas diferencias entre unas comunidades autónomas y otras, con una precaria formación en ciencias y matemáticas y una desorbitada tasa de repetidores: 20 puntos por encima de la media europea. Un panorama más esperanzador que el que arrojaba el anterior informe, de 2012, pero que difícilmente justifica la satisfacción que mostraba ayer el ministro de Educación, Íñigo Méndez de Vigo.

Los alumnos castellano-leoneses, madrileños y navarros constituyen, a día de hoy, una cierta élite del sistema educativo a la vista de estos resultados, que los sitúan en los primeros puestos en las tres disciplinas, es decir, codo a codo con los países que están entre los diez primeros del ranking mundial. En contraste aparecen los estudiantes andaluces, canarios y extremeños, que obtienen los peores resultados en unas pruebas que escenifican de forma sangrante la enorme fractura entre unas y otras autonomías. Una ruptura que, en el caso de las ciencias, se cifra en 46 puntos entre la región más destacada (Castilla y León) y la peor (Andalucía). Pese a que los autores del informe atribuyen más del 50% de la variabilidad en las puntuaciones medias de las autonomías a diferencias socioeconómicas, los datos contradicen esa explicación o, al menos, no permiten que pueda erigirse como único factor. Así, Castilla y León, Galicia y Castilla-La Mancha han obtenido esta vez puntuaciones significativamente más elevadas que lo previsto en función de su nivel socioeconómico, al contrario de lo que ha ocurrido en el País Vasco. Ello apunta a una circunstancia que no es posible ignorar: el hecho de que la transferencia de competencias educativas a las autonomías ha hecho de España un reino de taifas en materia de enseñanza.

La creación la semana pasada de una subcomisión en el Congreso para la elaboración de un pacto político por la educación –con la abstención de Unidos Podemos– constituye un paso adelante para consensuar un modelo de enseñanza en España que aspire, al menos, a una cierta vocación de permanencia. Pero si ese pacto no se llena de un contenido serio, riguroso y eficaz, que aspire a la excelencia como primer valor educativo y garantice la igualdad de oportunidades independientemente del territorio de residencia y estatus social, los estudiantes españoles seguirán obteniendo resultados mediocres en las aulas y, lo que es peor, en un mercado laboral cada vez más globalizado y competitivo.

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