El Foco
El TPP y la nueva globalización americana

El TPP y la nueva globalización americana

El acuerdo iba a generar 295.000 millones de dólares en intercambio de capitales, bienes y servicios

El TPP está muerto: ¡qué alegría en Pekín! Imagino al presidente chino, Xi Jinping, fumándose un puro a la salud de Donald Trump: con la desaparición del Trans Pacific Partnership (TPP) también se desvanece la influencia de Estados Unidos en Asia..., o no, señor Xi Jinping, que los análisis simplones acaban siempre en precipicios.

No voy a repetir nada de lo que ya se ha publicado sobre el vídeo del presidente electo, Donald Trump, en YouTube explicando a los norteamericanos sus intenciones para los primeros 100 días de su Gobierno. Ahora toca centrarse en que uno de los mayores acuerdos comerciales del mundo, que involucra al 40% del PIB mundial (Norteamérica, Japón, Malasia, Vietnam, Singapur, Brunéi, Australia, Nueva Zelanda, Canadá, México, Chile y Perú) será abolido por el nuevo presidente estadounidense el primer día que pase en el Despacho Oval.

¿Significa esto que desaparece el comercio mundial? No, porque Trump ha dicho que negociaría acuerdos bilaterales con cada uno de los 12 países. Divide y vencerás es uno de los principios aplicados por Trump en este negociado. Poco le importan los supuestos 295.000 millones de dólares que, en intercambio de capitales, bienes y servicios iba a generar un acuerdo gestado a lo largo de cinco años de negociación. Trump ha vuelto a dejar claro que su objetivo es que la manufactura y los empleos vuelvan a Norteamérica.

Recordemos que Trump no era el único en oponerse al TPP: Hillary Clinton y Bernie Sanders también estaban en contra. Los sindicatos americanos se oponían. Un economista del prestigio de Joseph Stiglitz no se ha cansado de repetir, hasta ayer, que era malo para los intereses de Estados Unidos, su economía y sus trabajadores. Según el nobel de economía, “este acuerdo solo beneficiaría a las grandes corporaciones norteamericanas”. Es bueno recordar que, en este menester –otro día hablaremos de Nafta, del TTIP y de la política económica de Trump, hoy no toca– Trump cumple una promesa electoral con la que estaban de acuerdo la izquierda y la derecha, los demócratas, los sindicatos, los trabajadores... todos, excepto grandes multinacionales, a quienes les interesaban los derechos de protección intelectual del tratado. Stiglitz defiende que el acuerdo hubiera sido malo para todos los países excepto para Vietnam (ironías de la historia).

"Obama y Trump  quieren compensar y reducir la influencia de China en la región, pero con medios distintos"

Hablando de historia, recordemos que, en 2009, el libro de cabecera de Obama era The post-American World, de Fareed Zakaria (exdirector de Foreing Affairs y de Newsweek): Barack abraza el concepto del multilateralismo; Norteamérica no debe ser ni el único motor económico del mundo ni el policía del planeta, sino que, junto con otras naciones, ha de hacer lo posible por abandonar la Gran Recesión (2007-2009). Ese multilateralismo le empuja a tomar dos decisiones: primero, poner en funcionamiento al G20 en abril de 2009, en Londres, para resolver la recesión económica mundial. Segundo, al mismo tiempo, encarga a Hillary Clinton y a Tim Geithner (secretario del Tesoro) que inicien el diálogo económico y estratégico con China. La primera intención de Obama es tener buenas relaciones con China. En aquellos años (2008, 2009, 2010), el 32% de la deuda pública norteamericana estaba en manos chinas.

Este marco de relaciones murió con sus inventores: Clinton y Geithner, en el segundo mandato de Obama. Entonces, 2012, en contra de todos, publicamos en este diario que China no sería la primera potencia económica del planeta, que no “pasaría por la izquierda a Estados Unidos” y que su economía tenía pies de barro. El tiempo nos ha dado la razón y, en 2016, el mundo tiembla, porque China lleva creciendo –¡coincidencia!– al 6,7% en PIB tres trimestres seguidos; tiene dos burbujas: inmobiliaria y crediticia. Xi Jinping no está dando al pueblo lo que prometió y hay insatisfacción social. Por este motivo, las políticas internas de Xi se parecen tanto a las de Mao, de quien no se para de hablar en China últimamente.

Obama, de buscar la amistad con China, pasa a “el giro estratégico al sudeste asiático”. Los intereses de Estados Unidos no están en Oriente Medio. La resultante final fallida de la primavera árabe lo dejó meridianamente claro. Y las guerras de Irak y Afganistán han dejado la región hecha un erial. Sin embargo, Asia tiene economías boyantes como Vietnam, Corea del Sur (Samsung, LG, etc.), Japón –que tanto asustó a Norteamérica en los años ochenta, como lo hizo China a primeros de los 2000–, Nueva Zelanda y Australia. También, al otro lado del planeta, naciones, temporalmente boyantes, como Perú y México.

"El republicano va a aplicar este principio de “América primero”, al negociar individualmente con cada país"

Si se me permite la expresión, la gracia –irónica– del asunto es que Barack y Trump persiguen los mismos objetivos, pero por medios distintos. E, incluso, algunos coinciden: quien ha mandado a la flota más poderosa de América a las aguas de Japón para dejarle las cosas claras a China es Obama y, anécdota, el portaaviones más grande chino es 10 veces más pequeño que cualquier carrier norteamericano.

Tanto Trump como Obama quieren compensar y reducir la influencia de China en la región, puesto que el gigante asiático está ávido de buscar materias primas para mantener su ritmo de producción y cumplir sus planes económicos quinquenales. Pero Obama quiere hacerlo negociando con 12 naciones al mismo tiempo –por filosofía, en un mundo multipolar y por eficacia y eficiencia–, mientras que Trump ha anunciado que renegociará el tratado individualmente con cada país. Por un lado, este enfoque llevará más tiempo: 12 negociaciones en vez de una, como ha destacado Richard Nathan Haass, presidente del Council on Foreign Relations. Pero, por otro lado, Estados Unidos tiene más fuerza para negociar ella sola con Vietnam o con Perú que si tiene que hacerlo con 12. Aquí, el libro de cabecera del nuevo presidente es obra propia, The art of the deal y es, para mí, obvio que Trump va a aplicar este principio de América primero al negociar individualmente con cada país.

La América blanca y de clase trabajadora del norte, centro y sur del país que le ha votado se lo agradecerá. Asistimos a un nuevo tipo de globalización.

Jorge Diaz Cardiel es socio director Advice Strategic Consultants. Autor de Hillary Clinton versus Trump: el duelo del siglo.

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