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La brecha financiera entre jóvenes y adultos

El distanciamiento cada vez mayor que existe entre las generaciones y el envejecimiento podrían ser tóxicos para la economía, un problema que los políticos deberían atajar.

Un pensionista paseando por la calle entre varios jóvenes.
Un pensionista paseando por la calle entre varios jóvenes.

La brecha financiera entre viejos y jóvenes es cada vez mayor. El estancamiento de los salarios, el envejecimiento de la población y el riesgo de unas pensiones inasequibles está dejando a los jóvenes que alcanzaron la mayoría de edad durante la década de los dos mil peor que sus padres. Si no se trata, el distanciamiento cada vez mayor entre las generaciones podría ser tóxico para la economía, los mercados e incluso la democracia.

En lo que respecta a los salarios, un estudio de McKinsey muestra que los ingresos de los trabajadores estadounidenses menores de 30 años solo con educación secundaria cayeron a casi el doble de la tasa de mayores de 45 años con una formación similar. Los ingresos de los más jóvenes con niveles educativos más altos también se redujeron en relación con sus compañeros de más edad.

La llamada generación perdida en los estados del sur de Europa como Grecia, España e Italia ha visto tasas de desempleo juvenil de entre el 40% y 50% en los últimos años, mientras que los derechos y beneficios de los que antes disfrutaban sus mayores han sido reducidos.

Pero no todo es malo para los millennials. Las caídas en la renta disponible ha sido más moderadas de lo que sugieren las cifras antes de impuestos gracias a las políticas fiscales y de bienestar que transfieren dinero de los hogares con altos ingresos a aquellos con bajos. Además, pese a la subida de los precios de las propiedades, los datos de la Reserva Federal muestran que los hogares estadounidenses hoy desembolsan menos dinero, medido como porcentaje de la renta disponible, en el endeudamiento que en la década de los ochenta.

Las cosas se complicarán para los ‘millennials’ a medida que la generación del ‘babyboom’ se jubile

Aun así, las cosas se complicarán para los trabajadores más jóvenes a medida que los babyboomers engrosen las listas de las pensiones tradicionales en la próxima década. El envejecimiento de la población implica que la relación entre trabajadores y jubilados caerá de forma significativa en gran parte de la OCDE, incrementando la carga sobre los trabajadores activos para financiar el aumento de los costes sanitarios y los programas de jubilación estatales. Con menos trabajadores pagando impuestos para apoyar a un número creciente de jubilados, hace falta una discusión política seria sobre cómo recaudar impuestos o recortar los beneficios prometidos la forma más justa posible.

Más políticas destinadas a compartir los costes de una población que envejece de manera equitativa entre jubilados y trabajadores ayudarían, pero también hay grandes obstáculos para las reformas. Por ejemplo, el poder de los votantes mayores en las urnas en Reino Unido ha dado lugar a la continuación de medidas como los subsidios para la calefacción en invierno y los autobuses gratuitos. Sumando el poder del lobby del babyboom a las tendencias demográficas, y un choque de generaciones se convierte en una posibilidad real.

La buena noticia es que el impacto de la tormenta demográfica y de la jubilación que se avecina puede reducirse significativamente con la combinación adecuada de reformas sensatas. Esto incluye adoptar una segunda mirada a las políticas que dan ventaja a los jubilados actuales. Los gobiernos tienen que seguir aumentando la edad a la que se empiezan a pagar los beneficios de pensiones y también deberían explorar cómo se relacionan con la inflación. Unos mayores impuestos a las herencias podrían también tapar parte de la brecha que se agranda entre viejos y jóvenes. Otras medidas podrían ser relativamente poco dolorosas para las generaciones mayores. Permitir que más inmigrantes en edad de trabajar paguen impuestos sería una opción.

Y con unos tipos de interés muy bajos para muchos gobiernos del mundo rico, los préstamos para financiar el gasto en infraestructura crearían puestos de trabajo para los jóvenes en paro sin sumar cantidades de forma insostenible a la deuda nacional que heredarán.

Más políticas radicales como el perdón de la deuda estudiantil a los que ganan menos y una renta básica universal también podrían considerarse. Ambas medidas podrían tener el beneficio añadido de redistribuir la renta disponible hacia aquellos grupos más predispuestos a consumir –es decir, los más jóvenes y los menos ricos– aumentando así la demanda en la economía en general.

Estas y otras ideas tienen que estar en la agenda mucho antes de que los millennials sustituyan a los babyboomers como generación en el poder.

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