Tribuna
Papeletas con las distintas opciones políticas en un colegio electoral de Barcelona.
Papeletas con las distintas opciones políticas en un colegio electoral de Barcelona. EFE

Una cosa son las encuestas publicadas y otra, la realidad

El CIS nos avisó que había un 32,4% de electores indecisos. Un porcentaje que puede hacer cambiar cualquier encuesta y votación

Decía Alfonso Guerra en campaña electoral que “hubo un tiempo en que las encuestas servían para conocer la realidad. Ahora, en cambio, se contratan para orientar el voto”. Se refería, por supuesto, a las encuestas publicadas y no a las privadas, que no siempre coinciden en sus resultados. Alfonso Guerra lo sabe bien porque, siendo número dos del PSOE con Felipe González y vicepresidente del Gobierno de España, fue un gran consumidor de encuestas.

Otros líderes políticos (tanto del PSOE como del PP) también insistieron en que disponían, en campaña, de encuestas cuyos resultados eran mejores para ellos, que lo que decían los sondeos publicados. La realidad ha dado la razón a esos líderes, con los datos de sus encuestas: el PSOE sigue siendo el primer partido del centro izquierda y, por consiguiente, no ha habido sorpasso, y el PP ha vuelto a ganar las elecciones, aumentando su victoria en votos y en escaños.

¿Por qué se ha producido esta divergencia entre encuestas publicadas -que, casi unánimemente, venían a decir prácticamente lo mismo; fenómeno inédito- y, primero, las encuestas privadas del PP y del PSOE y, segundo, el resultado final de las elecciones? Dejemos de lado el apasionamiento y las expectativas de los partidos y los líderes políticos. Acudamos a un análisis objetivamente técnico para encontrar las respuestas.

España es un país complejo, sociológicamente. Hay más diversidad sociodemográfica en España que en casi ningún otro país de Europa y, por supuesto, Estados Unidos. Hay enorme disparidad entre españoles en cuanto a ingresos, tipología de trabajos, edad, nivel de estudios, tamaño de hábitat en que viven…, por no hablar de las diferencias profundas geográficas. Lejos de los tópicos, muchos estarían de acuerdo en que castellanos, andaluces, vascos, catalanes, gallegos, etc, somos distintos unos de otros. Y, dentro de cada comunidad autónoma también hay enormes diferencias sociodemográficas. Por tanto, tratar al potencial electorado como un todo uniforme puede conducir a error. Hay que descender al detalle y al matiz. Para conseguir este objetivo, las encuestas han de cumplir ciertos requisitos.

Excelentes características técnicas de las encuestas son esenciales cuando, como decía Alfonso Guerra, se quiere acertar. El tamaño de muestra, la metodología…, son claves. Digamos lo obvio: a mayor tamaño de muestra y más adecuada metodología, mejor índice de confianza estadística y menor margen de error. Pongamos ejemplos: si se entrevista a mil personas y se distribuyen proporcionalmente al tamaño poblacional de ayuntamientos, comunidades, etc, a regiones pequeñas, le corresponden muy pocos entrevistados, por lo que el margen de error se dispara y, con él, la capacidad de equivocarse. Es mejor, como hace el CIS, entrevistar a 2.500 que a 1.000.

Segundo: leemos en algunas fichas técnicas de encuestas publicadas: “entrevista mediante teléfono fijo a hogar”. Según el INE, el 20% de los hogares españoles no tienen teléfono fijo en hogar, sino móvil. Esas encuestas, por tanto, dejan fuera de su trabajo de campo y su análisis al 20% de los hogares de España. Consecuencia: el margen de error se dispara exponencialmente. De las encuestas online, ¿qué decir, sino que el 74% de los españoles -de nuevo, datos del INE- tiene acceso a internet? Cuando, como en Canadá, casi el 100% de los españoles tengamos acceso a internet, entonces, las encuestas electorales online serán más fiables que hoy.

Cuando las personas votamos, tenemos muchos factores en la cabeza y en el corazón: situación económica, ideología, historia personal, simpatía por líderes y partidos, nuestro entorno, etc. Quizá no hagamos una lista escrita de todas las motivaciones de nuestro voto, pero, al final, todas confluyen en la toma de una decisión en el momento de ir a votar. Y las motivaciones no son estáticas, porque -al menos, eso pensamos nosotros- no hay determinismos, aunque haya condicionamientos-. Muchos no tienen claro qué votar (indecisos) y otros cambian la orientación del voto a última hora. Aquí está otra de las claves de la divergencia entre encuestas publicadas y resultado real. El CIS nos avisó que había un 32,4% de electores indecisos. Es un porcentaje tan elevado que puede hacer cambiar el resultado de cualquier encuesta y votación.

Tercero, el análisis poselectoral dice que un relativamente importante porcentaje de votantes cambió de opinión durante el fin de semana: bien, no le hacía tanta gracia el sorpasso; bien, decidió volver a apostar por la estabilidad prometida. En ambos casos un número suficiente de electores evitó que el PSOE dejara de ser la primera fuerza política de izquierdas y consiguió al PP una victoria mejor que en diciembre.

Jorge Díaz Cardiel es socio director Advice Strategic Consultants.