El Foco

Paradoja educativa

Paraíso del desempleo juvenil, de los contratos temporales, de la inestabilidad laboral, de la escasa remuneración económica y de los que ni estudian ni trabajan. Con este diagnóstico de la OCDE, España arranca el nuevo curso. Los datos hablan por sí solos. Siete de cada diez jóvenes viven con contratos temporales. Su salario ha bajado un 35%. Su tasa de desempleo, aunque mejora ligeramente, es aún preocupante. Los nini rozan el 20%. Unas cifras que contrastan con la materia prima que tenemos en nuestras manos: la generación mejor preparada de nuestra historia. He aquí la paradoja educativa.

En las primeras etapas formativas, todas las miradas se dirigen hacia el abandono escolar. La formación profesional se posiciona como vía que incentiva la preparación de aquellos estudiantes que no desean cursar un grado universitario e, incluso, puede suponer un acicate para que consideren posteriormente esta opción. También lo es la formación en competencias sólidas que, tal y como señala la OCDE, podría garantizar su éxito en etapas formativas posteriores y así combatir esa cuarta parte de los estudiantes que abandona sus estudios antes de finalizar la etapa obligatoria. Pero, ¿qué ocurre con los estudiantes que sí acceden a la educación superior? ¿Se trata de un modelo con garantías reales de empleabilidad? Los informes demuestran que los titulados universitarios multiplican por tres sus posibilidades de encontrar trabajo pero también ponen de relieve que algo no funciona.

Algunas de las cuestiones que acucian el debate sobre la calidad del sistema universitario español son las voces críticas que denuncian el exceso de centros así como el avance del modelo privado y su convivencia con el público. Países como Dinamarca o Alemania, donde el estado soporta una mayor financiación del sistema educativo, tienen un mayor número de plazas universitarias por habitante que España. Y, de hecho, consiguen que una mayor proporción de jóvenes accedan a la universidad. Además, nuestro país está experimentando un cambio en la forma de entender la educación a lo largo de toda la vida. Datos recientes del ministerio de Educación hablan de un incremento de estudiantes de posgrado en universidades privadas. Un hecho que tiene dos lecturas. El incremento de las tasas en el sistema público, sin duda, pero también, la competitividad del modelo privado. Por lo tanto, la cuestión no es si sobran centros, que no es el caso, o si la educación debe ser privada o pública exclusivamente, que tampoco lo es, ya que la coexistencia de ambos modelos puede y debe ser enriquecedora. La cuestión es qué medidas acometer para mejorar nuestro modelo universitario de calidad y desarrollar así el talento de los jóvenes y dar la respuesta adecuada a la necesidad de formación a lo largo de toda la vida.

El fomento de la colaboración, la innovación y la generación de un entorno universitario más dinámico, donde se den las condiciones para intensificar el desarrollo personal y la capacidad de generar un impacto positivo por parte del estudiante, resultan esenciales. Creer en la misión transformadora de la universidad como un agente que debe vivir integrado en la sociedad trabajando con la comunidad educativa en el sentido más amplio y con la empresa, un agente vital en este diálogo, también lo es. Así podremos construir un modelo que mejore la empleabilidad de los jóvenes, aquí y en cualquier parte del mundo, y su preparación como ciudadanos capaces de contribuir al progreso de la sociedad desde el primer momento de su ejercicio profesional; así como incrementar la producción científica, siendo conscientes de que la situación actual no es la más propicia por la reducción de recursos. No debemos olvidar que la universidad tiene como misión contribuir a tener una sociedad mejor a través de la generación de conocimiento y de su transferencia, además de la formación.

Por tanto, para lograr este objetivo de la empleabilidad, que debe ser el de todos y cada uno de los centros de formación superior, es necesario conseguir una inmersión profesional en las aulas desde el primer día y aplicar modelos de enseñanza-aprendizaje muy distintos de los tradicionales. Desde metodologías que favorezcan la participación del estudiante y el desarrollo de un espíritu crítico, a la incorporación del aprendizaje experiencial y práctico, sin perder de vista la conexión con el mundo real. Un modelo que permita la adquisición del conocimiento y el desarrollo de competencias y valores que demandan los empleadores en un entorno de trabajo global, ya que muchos de ellos afirman no encontrar a los candidatos que necesitan. Titulados que, además de poseer robustos conocimientos técnicos, posean un fuerte desarrollo competencial como liderazgo o pensamiento global, que les permita unirse a sus equipos aportando valor desde el primer día. Y también demandan profesionales que ejerzan su profesión con responsabilidad y valores.

La tecnología y la interdisciplinariedad también son retos muy relevantes para nuestro sistema educativo, así como el desarrollo de una oferta educativa que favorezca el aprendizaje a lo largo de la vida. De las 81 universidades españolas, seis son exclusivamente online y aglutinan, según los últimos datos del Ministerio, al 17% de estudiantes que optan por la formación superior. Un porcentaje que se incrementa considerablemente cuando se suman los alumnos de las universidades que combinan formación presencial con modelos híbridos. La necesidad de compatibilizar estudios y trabajo, de recibir formación para actualizar conocimientos y ser más competitivos en sus puestos de trabajo, son algunos de los motivos que han provocado la irrupción de este modelo.

Con el nombramiento del nuevo ministro de Educación, Cultura y Deporte y la proximidad de elecciones generales como telón de fondo, debemos conseguir que todos los agentes implicados mantengan el diálogo para posicionar la educación española donde debe estar. En el centro del debate social y político y como asunto urgente y prioritario.

Isabel Fernández, rectora de la Universidad Europea

Normas