El 52% de los turistas consultados por Booking se plantea cómo puede reducir su huella de carbono

Viajeros más sensibles y alejados de la masificación

El interés por los alojamientos sostenibles aumenta desde 2014, pero sin renunciar a la comodidad.

El ecoturismo va más allá del camping o de una casa rural, hoy se demanda lujo y confort.

El Saffirre Freycinet, en Tasmania, se entremezcla con la naturaleza exuberante de la zona, proporcionando un aura de quietud a todos sus visitantes.
El Saffirre Freycinet, en Tasmania, se entremezcla con la naturaleza exuberante de la zona, proporcionando un aura de quietud a todos sus visitantes.

Conocer La Habana a golpe de pedal. Alojarse en medio del campo en una villa portuguesa o en un lujoso hotel de Las Vegas que utilice energías renovables y potencie el consumo de productos locales...

La sensibilidad por el medioambiente se manifiesta cada vez más entre los viajeros, así como el deseo de practicar un turismo menos invasivo. Esto es, que potencie el desarrollo económico de la comunidad receptora.

Un estudio de la página de reservas Booking, con más de 780.000 hoteles en todo el mundo, constata esta tendencia. El 52% de los consultados, de una muestra de 32.000 viajeros en 16 países, se plantea cómo puede reducir su huella de carbono mientras planifica sus vacaciones.

Pero en este proceso también influye lo social, el impacto positivo que puedan generar en conjunto sus actividades recreativas. Estas preocupaciones comenzaron a registrarse desde noviembre de 2014.

“El viaje sostenible va más allá de la decisión de ser ecológico. Se trata de ayudar a preservar culturas, economías y entornos locales mientras se viaja. Si duermes sobre unas sábanas de algodón orgánico que son lavadas con agua calentada por la energía que genera el hotel o si almuerzas un plato elaborado con ingredientes adquiridos a 30 kilómetros del alojamiento, disfrutas de una estancia sostenible”, explica Daniel García, gerente del área de hoteles para España y Andorra de Booking.

Garija ampliar foto
The Hridayesh Spa Wilderness Resort, en Garija (India).

Sin embargo, no todos los países abrazan esta práctica. Brasil (74%), Australia (59%) y Norteamérica (53%) son más ecofriendly, mientras que en el otro extremo están Dinamarca (36%) y Holanda (39%), que muestran un menor interés, según el informe.

¿Pero qué criterios valora el viajero cuando elige una estancia ecológica? ¿Que sea un entorno rural, alejado del ruido y la faena urbana? ¿Que los hoteles usen equipos que ahorren electricidad, reutilicen el agua, reciclen sus residuos, contraten a gente local, susciten el consumo de alimentos orgánicos y de los bienes y servicios allí producidos...?

Para Booking supone cualquier experiencia que tenga tanto un impacto neutral como positivo en el entorno o la cultura. En cambio, Javier Bartolomé, propietario de Cumbres Viajes, una agencia enfocada en turismo de aventura, señala la incoherencia existente en el ámbito medioambiental. “Hay mucha hipocresía y mucho marketing en este tema”, afirma tajante.

Bartolomé explica que pese a los esfuerzos por motivar unas vacaciones ecológicas (en bicicleta, por ejemplo), el viaje en sí deja un rastro de CO2, porque el traslado se hace, finalmente, a través de un coche, autobús o aeronave. “Viajas a Nicaragua para hacer una ruta en bici, pero vas en avión; es contradictorio”, insiste.

Aunque considera que desde el punto de vista social tiene un mayor sentido. “Viajar solo o en grupos pequeños a un destino no masificado, utilizando operadores, intermediarios y hoteles locales es una señal de respeto, de sostenibilidad. De esta manera, no se transforma ni se destruye de forma arrolladora el lugar, sino que se beneficia a la comunidad”, defiende.

Verdes pero sin sacrificios

Campamento Rummana ampliar foto
Campamento Rummana, en Dana (Jordania).

Los gustos han cambiado. Ser verde no implica necesariamente sacrificar la comodidad y el lujo. Por tanto, internarse en la selva, hospedarse en una granja o en un camping o desplazarse para labores de voluntariado entran hoy en la categoría del ecoturismo tradicional.

Y las empresas turísticas han escuchado muy bien el mensaje, por eso amplían su oferta hotelera sostenible, como el Hotel Madarin Oriental, en Las Vegas (EE UU), “diseñado para maximizar su eficiencia energética, con certificación LEED”; el cinco estrellas Saffire Freycinet, en Tasmania (Australia), sobre un antiguo terreno para caravanas, “se mezcla con la vegetación de los alrededores, generando un efecto medioambiental mínimo y conservando, a la vez, su entorno”, o el Feynan Ecolodge, en la reserva natural de Dana (Jordania), una estructura de adobe a la que se accede en todoterreno.

Además, solo ofrece comida vegetariana, se ilumina con paneles solares y velas y sus ingresos se dedican a la protección de especies en peligro de extinción, de acuerdo con la información facilitada por estas empresas.

Así, esta combinación de estancias ecológicas con lujo seduce a la mayoría de los viajeros consultados por Booking frente a apenas un 10% que se decanta por el ecoturismo tradicional.
Los pisos compartidos o el alquiler privado son otras dos modalidades en boga, como parte de esta filosofía de consumo responsable.

Aunque aquí influye con diferencia el ahorro que supone para los viajeros. De hecho, un estudio de la plataforma de alquiler de apartamentos Wimdu indica que el coste de hospedaje se abarata hasta un 70% en este tipo de estancia frente a los hoteles, como en Palma de Mallorca, Málaga, Barcelona o Valencia. Este mes, una noche de hotel cuesta 142,31 euros de media, mientras que en un piso es de solo 42,23.

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