Tribuna

La segunda oportunidad es la primera

La vida es una sucesión constante de amenazas y oportunidades. De hecho, lo relevante no es la secuencia sino la capacidad para afrontar una u otra. La propia evolución del homo sapiens es una prueba contrastada de esa capacidad de superación. El ingenio del denominado hombre moderno, su descaro en el empleo del ensayo-error, su capacidad para adaptarse a nuevos entornos son claves para entender su permanencia en el tiempo. El caos es el entorno que define al homo sapiens. La previsibilidad, la costumbre, la reiteración... definían al hombre de neandertal. Le definían y lo extinguieron.

Es legítimo equivocarse en la vida; en la personal y en la profesional. Caminas, te caes, te levantas, vuelves a caminar. Durante la crisis económica, la sociedad española se ha descubierto a sí misma como caminante. Por desgracia, esta denominación poco ha tenido que ver con la proclama de Machado y del camino que se hace al andar. Víctima de su era, el perfil del caminante medio español ha sido más parecido al errático e iracundo avanzar de los zombis que imperan en la actual cultura del entretenimiento. Víctimas de un virus insidioso –no mata pero lo parece– conocido como “aquel que vivió por encima de sus posibilidades” la sociedad se ha lacerado hasta tocar hueso. Y cuando no se tiene nada que perder, cuando el nervio está a flor de piel, la cosa se vuelve bronca de verdad (la famosa volatilidad del voto que planea sobre todas las encuestas) y es poco sensible a una mejora objetiva de la atmósfera en sus capas altas (la también famosa recuperación económica como estrategia política).

En este teatrillo, con un sinfín de decorados electorales, es donde se enmarca la Ley de Segunda Oportunidad aprobada por el Gobierno vía decreto. La esencia de esta ley es propiciar la recuperación del tejido económico otorgando a pymes y autónomos un techo de deuda que les permita seguir pagando en lugar de ahogarlos. El postulado es tan razonable que casi parece innecesario pero, en esta lógica, surgen las preguntas inevitables. ¿Por qué se ha tardado tanto? ¿Por qué no se ha tramitado en el Congreso con un consenso garantista? ¿Cuántos beneficiarios quedarán en pie después de leer la letra pequeña? En definitiva, ¿por qué esta segunda oportunidad es la primera que se da a autónomos y pymes en la larga travesía del desierto iniciada en 2008?

El problema no reside en las preguntas sino en las respuestas que se pueden dar a todas y cada una de ellas. En realidad, la rentabilidad política de este tipo de leyes (p.e. renta mínima para parados de larga duración) es tan pírrica que empiezan a cuestionar la tradición del año electoral como barra libre del ejecutivo. Las leyes no son electoralistas, son buenas o son malas. Igual que los impuestos. No hay impuestos altos o impuestos bajos. Hay impuestos bien empleados o impuestos malversados.

Llegamos así a la conexión nerviosa que existe entre la decisión política y la realidad social. A primera vista se observa que cada vez es más inestable. Y no lo es por capacidades comunicativas o, al menos, no en la forma en la que se está explicando. La comunicación que se quiere vender en clave política es directamente impostura: soy una cosa, vendo otra y finalmente hago lo que buenamente puedo (véase la ley del aborto en el caso del PP o la defensa de las diputaciones provinciales en el caso del PSOE). El problema no es decir, es hacer. Lo contrario, que es el bucle donde se mueve nuestra realidad en estos momentos, nos lleva al principio filosófico que sostiene que decir por decir es tontería.

Durante décadas se defendió que el hombre de neandertal nunca llegó a tener otra relación con el homo sapiens que la de vigilarse, luchar y matarse. Los avances en la investigación del ADN han favorecido la aparición de teorías sobre el cruce entre especies. Estos estudios sostienen que nuestro código genético presenta un porcentaje de entre un 5% y 6% de herencia neandertal. Más aún, sus últimos espacios de subsistencia se ubican el sur de Europa y, en concreto, en la península Ibérica. La reminiscencia del hombre que odiaba el cambio parece subyacer en la psique del que vive en el cambio. En cualquier caso, el problema no reside en el cambio, sino en la sociedad que resulta del mismo. Y ese es un proceso en el que la improvisación está reñida con la eficacia, como el decreto ley lo está con la soberanía popular.

 

Xurxo Torres es director general de Torres & Carrera

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