Editorial

Un modelo productivo que genere riqueza

España ha tenido una evolución contractiva de la renta per cápita durante la crisis económica, pero en absoluto más violenta que el resto de las variables económicas. Desde el máximo logrado en el año 2008, por encima de los 19.600 euros anuales de riqueza, ha descendido en algo más de siete puntos (poco más de un punto por año), hasta algo más de 18.000 euros. Y el descenso ha sido más pronunciado por el hecho de que la población residente en el país ha mantenido, pese a la crisis económica y de empleo, un avance ininterrumpido, con la única excepción de 2014. En todo caso, los niveles actuales son los propios de 2005 o algo superiores, y en términos relativos a nivel mundial España ha mantenido el tipo, incluso ha mejorado un par de posiciones en el ranking desde 2007 hasta 2013, último año disponible en los informes del Banco Mundial.

Pero la gran víctima de la crisis si ha sido el empleo, que ha descendido en casi un 20% mientras que la producción lo hacía en torno a un 6%, dada la alta concentración de actividad en sectores muy intensivos en mano de obra y con muy alta sensibilidad a la evolución de la demanda. La construcción y sus alrededores han concentrado los mayores índices de ajuste de actividad y de puestos de trabajo. Esta circunstancia es una lección que debe generar una puesta en revisión de un modelo de crecimiento demasiado sensible a las contracciones en efectivos laborales, para desarrollar otro en el que las altas tasas de productividad limiten los efectos de las crisis.

Es inevitable que una parte muy importante de la producción siga girando alrededor de los servicios, fundamentalmente el turismo o la restauración. Pero al igual que estos deben buscar reforzar su oferta hacia productos integrales con un mayor valor añadido, es la actividad manufacturera la que ha demostrado en toda Europa una mayor resistencia a las acometidas de la crisis, entre otras cosas porque su naturaleza la lleva a diversificar los mercados geográficamente.

En el motor de la recuperación de la economía está la mejora competitiva de la industria y los servicios españoles, fundamentalmente por la reducción de los costes de generación (salarios fundamentalmente) de los últimos años. Además, se ha incrementado de manera exponencial el número de empresas exportadoras en los últimos años. Pero deben darse pasos adicionales para atraer nuevas inversiones en proyectos industriales e intensificar la digitalización de la economía, tanto en los procesos productivos como en los logísticos y comerciales. Es imprescindible para que España pueda tener un perfil industrial que estabilice la economía cuando los periodos críticos sequen drásticamente la demanda en las actividades dependientes de los mercados locales.