Editorial

Las circunstancias apremian a Draghi

La tormenta de volatilidad que sacude a las Bolsas es el resultado de un cóctel de varios ingredientes. El detonante –algunos malos datos de la economía de EE UU y las dudas sobre cual será el desenlace del rescate de Grecia– no explican suficientemente los vaivenes generalizados en los parqués, que en el caso de España mantienen a la renta variable en pérdidas anuales. La realidad de fondo es que la gran sombra que atenaza los mercados es la desconfianza hacia una economía europea cuyo crecimiento no termina de arrancar, un petróleo con un precio en caída libre –el Brent se llegó a colocar ayer por debajo de los 50 dólares el barril, el mínimo desde 2009– y un persistente riesgo de deflación. La conjunción de esos factores ha desestabilizado el efecto balsámico de las previsiones económicas para este año y ha consolidado la tendencia bajista en los precios. La tasa de inflación interanual en la zona euro fue negativa en diciembre por primera vez desde 2009 por la rebaja del precio de la energía, un dato que agita de nuevo el fantasma de la deflación. Se trata de un temor comprensible, pese a que el fenómeno deflacionista no consiste en una caída de precios en un bien concreto, sino en el conjunto de los bienes y servicios que componen la cesta, ni circunscrita a un mes, sino durante un periodo prolongado de tiempo.

Todo ello no impide que sea necesario afrontar un hecho cierto, actual y muy serio: Europa se halla inmersa en un bache económico que no parece capaz de superar y que puede poner en peligro no solo las previsiones de crecimiento para este año, sino las de próximos ejercicios, así como la estabilidad política del continente. Hasta ahora la medicina aplicada a esta enfermedad –bajo la tutela de Mario Draghi, el presidente del Banco Central Europeo (BCE)– ha sido una combinación de parches de liquidez, advertencias, promesas y buena voluntad. Pero los mercados y las economías europeas necesitan un combustible más fuerte. Y el tiempo no corre a favor.

Si la medicina aplicada por Draghi en los peores momentos de la crisis de deuda ha servido para capear el temporal, el estancamiento que vive hoy la eurozona –y el riesgo de vuelta a la recesión– apuntan a que hay que apretar más las tuercas. El BCE ha pedido sin éxito a los Gobiernos europeos que acometan reformas estructurales y que se ajusten a los objetivos de déficit público como medio para sanear sus economías. Pese a la necesidad de abordar esa tarea, no resulta sencillo hacerlo en un entorno de enfriamiento económico como el actual. Es por ello que todas las miradas apuntan de nuevo a Draghi como el encargado de adoptar las decisiones que permitan a la economía europea salir de este bache. El presidente del BCE ha asegurado de forma reiterada su determinación de hacer lo que haya que hacer –incluso sin unanimidad del organismo– para estabilizar los precios y corregir las disfunciones financieras y crediticias de la zona euro. Esa actitud abre la puerta a la adopción de una receta que se aparta claramente de la ortodoxia en materia de política monetaria, pero que ha dado buenos resultados en Estados Unidos y no tanto en Japón: un programa de compra masiva de deuda pública y privada (quantitative easing o QE) en la línea del adoptado por la Reserva Federal (Fed).

A día de hoy, la cuestión no es solo qué hacer, sino también el plazo para hacerlo, que no debería ir más allá de la próxima reunión del BCE, el 22 de enero, o a más tardar en marzo, una vez despejado el sudoku electoral griego. Las razones de esta urgencia no son solo económicas, sino también políticas. Al tirón bajista del petróleo –que beneficia sin duda el consumo en la zona euro pero perjudica a países como Rusia y Brasil, cuyo peso en la economía global resulta clave– y a la caída de los precios hay que unir la cercanía de las elecciones en Grecia. Si los sondeos se confirman y la opción de Syriza gana los comicios –un partido que aboga por una quita de la deuda de Atenas y por rebajar las exigencias que impone la troika a cambio del rescate– Europa puede afrontar una tormenta financiera e institucional seria. Por todo ello, Draghi debe asumir, una vez más, que es hora de coger el timón de una Europa que sigue jugando con fuego, sin liderazgo ni gobernanza clara, y cuyo futuro económico no puede continuar por más tiempo plagado de incógnitas.