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Los juegos de poder de Rusia

Rusia probablemente obtendrá condiciones terribles en el acuerdo de gas que acaba de firmar con China. El precio de los 30.000 millones de metros cúbicos de gas natural aún no se ha acordado, pero China tiene la sartén por el mango en las conversaciones. Moscú está bajo presión económica y política de sus vecinos occidentales. Sin embargo, para Vladimir Putin, el anuncio realizado ayer supone principalmente dar un mensaje importante.

El presidente de Rusia tiene una larga lista de desafíos económicos: las sanciones occidentales, la fuga de capitales, el crecimiento cero del PIB y una moneda en depreciación, por no hablar de la caída repentina en el precio del petróleo, principal producto de exportación del país. Para los líderes políticos en Europa y Estados Unidos, la respuesta correcta es obvia. Putin debería moderar su agresiva política exterior y dejar de apoyar a los separatistas rusos en Ucrania.

El presidente ruso no parece interesado en seguir ese camino. Pero tiene la intención de demostrar que las sanciones no le obligarán a cambiar la política. Su respuesta es típica, y por lo general razonablemente eficaz.

Estados Unidos y los líderes europeos son muy conscientes de la limitada potencia de las armas económicas tradicionales. Están probando con las llamadas sanciones inteligentes contra algunas industrias y figuras clave. El resultado es que el debilitamiento de la economía rusa es muy lento y bastante soportable. La esperanza es que se sume a sus antiguos problemas económicos, y fuerce un cambio. No ha funcionado hasta ahora.

Los acuerdos de gas de China –en mayo se firmó uno mayor– muestran el problema básico de las sanciones: los estados modernos suelen tener alternativas económicas. China puede ser un comprador menos atractivo que los clientes europeos, pero una relación comercial cálida reduciría el aislamiento económico de Putin.