Editorial

La permanente duda del PIB y la banca en el mundo

En el otoño de 2008, un año largo después de estallar la crisis financiera mundial, unos meses solo después de que reventase Lehman Brothers, se reunieron los presidentes del G20 para analizar lo que estaba pasando y tomar algunas decisiones enlazadas que frenaran la sangría del crecimiento, del empleo y de la riqueza general de las economías. Además de una larga lista de decisiones puntuales sobre la regulación y supervisión financiera, se adoptaron dos medidas que tuvieron efectos diferentes: la capitalización de la banca en cantidad suficiente para hacer frente a un fuerte ajuste por el endeudamiento privado de varias zonas del mundo y una inyección descomunal de dinero público para compensar la recesión. La primera se cumplió a medias y solo como solución a desastres bancarios consumados, y nunca como medida precautoria, que era como el entonces primer ministro británico, Gordon Brown, lo había planteado. Y la segunda, el giro keynesiano de las economías, surtió un efecto a corto plazo en algunas economías, pero fue perverso en aquellas en las que los excesos del crédito fácil habían hecho estragos en la deuda de particulares y empresas, muchas de las cuales terminaron engordando el debe público y generando la mayor crisis de deuda soberana que se recuerda.

Seis años después persisten aún las dudas sobre las dos cuestiones cruciales que aquellas decisiones querían resolver: el crecimiento de la economía y las dudas sobre la solvencia de la banca. El avance de la actividad se ha resuelto de forma asimétrica, con mejores resultados aparentes en EE UU que en Europa (donde Italia ha vuelto a entrar en recesión y Francia camina muy débil), si bien el logro solo fue posible con la expansión cuantitativa de los últimos años, que ha llevado al balance de la Reserva Federal a valores peligrosos, y cuyo lento desmontaje vuelve a generar dudas a corto plazo y fundados sudores fríos a largo.

Y la recapitalización de la banca ha entrado en el enésimo capítulo, con unos test de estrés que den credibilidad en Europa por vez primera después de varios intentos, y con la permanente mosca detrás de la oreja de los inversores por episodios extraños como el de Banco Espírito Santo. Un caso que aporta doble sorpresa porque se trata de un banco en un país bajo vigilancia de la troika europea que supervisa el rescate del Estado, y que esconde auténticas bombas de relojería que pasaron desapercibidas para los supervisores nativos y visitantes.

La agitación que en las últimas jornadas experimentan los mercados, con caídas severas en las Bolsas (en la española ha estado a punto de perderse el 10% que habían avanzado los índices desde enero) y repuntes en las rentabilidades de la deuda, tiene bastante que ver con el riesgo de sorpresas adicionales en los análisis de la calidad de los activos de la banca y los exámenes de solvencia, dos variables que están directamente relacionadas con el crecimiento. Y precisamente las últimas estimaciones sobre la actividad en el mundo no son tan optimistas como hace unos meses, entre otras cosas por la irrupción de varios frentes de inestabilidad geopolítica (Irak, Siria, Gaza, Ucrania...) que amenazan con remover los fundamentos del crecimiento, todavía débil, de unas cuantas economías que siempre habían actuado como motrices.

En Europa se ha entrado ya en la que parece la última fase de uso artillero por parte del Banco Central Europeo para reactivar el crédito, tras haber encontrado una solución, bancaria y financiera, para la crisis fiscal. En septiembre volverá a vaciar el cargador de munición para que la banca pueda poner a disposición de particulares y empresas crédito en aceptables condiciones, y además lo hace con menos celo en la esterilización de la liquidez que pone en el mercado. Solo hace falta que compense, al menos en las expectativas, el efecto contractivo que puede tener la retirada definitiva de los estímulos monetarios de la Fed en EE UU, y que los problemas de crecimiento en los emergentes se solventen (China apunta en tal sentido) para garantizar estabilidad cambiaria.

La española necesita como ninguna economía todas esas condiciones, además de mantener el ritmo reformista, para recuperar avances de actividad y empleo más sólidos. Las dudas permanentes sobre solvencia bancaria y crecimiento fuera pueden quebrar la recuperación dentro.