Tribuna

Un día internacional para la mujer

Es un hecho muy conocido el motivo por el que el día 8 de marzo se consagró como el Día internacional de la mujer en recuerdo a lo que sucedió en 1908 en la empresa textil estadounidense Sirtwood Cotton. Miles de mujeres se declararon en huelga reclamando la reducción de la jornada a diez horas, exigir un sueldo digno y la prohibición del trabajo infantil. Murieron todas en un incendio, seguramente provocado, precisamente como contestación a esta pacifica protesta.

Para recordar este triste suceso una trabajadora alemana, Clara Zetkin, en una conferencia celebrada en Copenhague propuso que esta trágica fecha para no olvidar este inmenso dolor, se estableciese como el Día Internacional de la Mujer, resolución que quedó aprobada desde entonces.

Hemos de recordar que a pesar de la Declaración universal de los derechos del hombre y del ciudadano en 1789, “los derechos universales” solo se concedían a los hombres, incluso era peligroso exigirlos. Prueba de ello es que una revolucionaria, Olimpie De Gouges, intentó que se extendieran los derechos a las mujeres publicando una Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana y fue ejecutada por orden de los revolucionarios, sus compañeros.

Algunos escritores se oponen a señalar un determinado día internacional para las mujeres, pero no hará ninguna falta cuando se alcance la verdadera igualdad y las mujeres no sufran discriminación por el hecho de serlo. Aún hoy estamos lejos, a pesar de las numerosas leyes que existen en la sociedad occidental, incluso llega a ser noticia que una mujer acceda a ser miembro de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo.

Gracias a la señora Zetkin, las mujeres alemanas consiguieron el derecho al voto en 1918, negado hasta el momento. Otras mujeres, a veces olvidadas o poco recordadas han luchado por la mejora de las condiciones de vida de la mujer trabajadora (hablar de mujer trabajadora es una redundancia, pues todas o casi todas las mujeres trabajan en el hogar en jornadas sin horario, sin descanso y sin salario y además realizan una actividad laboral fuera del hogar, doble tarea que no está justificada).

En Francia el clima tampoco era propicio en los primeros años del pasado siglo, cuando una escritora existencialista, Simone de Beauvoir, se atreve a escribir un ensayo intentando demostrar la igualdad de todos los seres humanos diciendo: “si todos los seres nacen con plenos derechos, ¿por qué las mujeres, más de la mitad de la humanidad, son relegadas y cualquier hombre mediocre”, añade, “se cree un semidios frente a una mujer?”. Su obra, titulada El segundo sexo, tuvo un gran éxito, vendió miles de ejemplares y se tradujo a varios idiomas, incluso al japonés, aunque en Estados Unidos algunos editores censuraron determinados capítulos.

En España, Doña Clara Campoamor también sufrió desprecios por sus opiniones igualitarias. La primera mujer diputada exigió el derecho a votar negado insistentemente por el Parlamento. Hay que destacar la lucha de mujeres como Concepción Arenal, Victoria Kent o Mercedes Formica, a las que se ha considerado herederas de Sor Juana Inés de la Cruz. Debemos recordarlas en estas fechas, aunque las consideren plañideras por reiterar la presencia y exigir que la sociedad rechace cualquier discriminación, incluso las mínimas como la publicidad, que las relega al espacio doméstico.

Parece que la blancura de la ropa o la preparación de la comida fueran sus más valiosas competencias y los chascarrillos que con una sorna cruel no acaban de erradicarse. Es triste tener que luchar por lo evidente, decían los estudiantes del mayo francés, por eso no debe importar que siga existiendo el día internacional dedicado a la mujer, que es hoy el pilar de la familia y de la sociedad. Falta mucho para llegar a la igualdad. Si ahora la teoría es igualitaria, la práctica está muy lejos. “Mientras se siga pensando que su primera obligación está en su casa, el techo de cristal que la limita seguirá sin romperse”, como mantiene el doctor Miguel Lorente en su obra Mi marido me pega lo normal.

Guadalupe Muñoz Álvarez es académica correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.