La UE del revés
Sede de la Comisión Europea con un cartel de euro de Letonia
Sede de la Comisión Europea con un cartel de euro de Letonia

Bruselas pulsa el botón de alarma por la falta de inversión

Parafraseando a Manuel Jabois, podría decirse que Bruselas se ha pasado los últimos cinco años “entre la inmundicia, la desazón y la paranoia”, pendiente de una crisis económica que ha llegado a amenazar la propia existencia de la Unión Europea.

El amargo trago parece haber pasado. Pero las secuelas de la enfermedad y, sobre todo, de su brutal tratamiento, podrían dañar de manera permanente, no solo al llamado Estado del bienestar, como se alerta a menudo, sino también al tejido productivo, industrial y tecnológico del Viejo Continente.

Al menos, ese temor es el que cunde ahora en la capital europea, donde empiezan a sonar las alarmas por la prolongada caída de la inversión. En el conjunto de la UE, la inversión ha caído un 17% de media entre 2008 y 2013, según un informe del Banco Europeo de Inversiones (BEI) publicado la semana pasada. Y el desplome, según el mismo documento, oscila entre el 40% y el 55% en los cinco países más golpeados por la crisis: Grecia, Irlanda, Portugal, España y Chipre.

El fenómeno se interpretaba hasta hace poco como el impacto inevitable de un ciclo económico a la baja y de las políticas de austeridad adoptadas como respuesta. Pero tras cinco años de caída o estancamiento, las alarmas empiezan a saltar en los organismos europeos, en las patronales y en las organizaciones sindicales.

El daño, advierte el BEI, podría ser irreparable, porque la falta de inversión conlleva un deterioro creciente de los bienes de equipo de las empresas europeas y una menor innovación. El problema, señalan en el BEI, puede resultar especialmente grave en un país como España, donde gran parte de la inversión en investigación procedía de pequeñas y medianas empresas que ahora no pueden o no se atreven a invertir

En contra de la percepción más generalizada, el informe del BEI no achaca la caída de la inversión a la carencia de financiación, sino a la incertidum bre y a la falta de confianza. “Existe una estrecha correlación en la evolución de esos factores”, explica Debora Revoltella, economista jefe del BEI.

Revoltella asegura que “la incertidumbre ha pasado de ser una consecuencia de la crisis a ser una de sus causas”. Y urge a las instituciones europeas y a las autoridades nacionales a completar las reformas, como la unión bancaria, para fortalecer de una vez por todas la frágil confianza. “Es verdad que algunos países tenían un exceso de inversión antes de la crisis”, señala Revoltella. “Pero una caída tan profunda y larga puede dañar el potencial de crecimiento a largo plazo”, añade durante la presentación de un exhaustivo informe sobre el problema, realizado este año por primera vez.

El diagnóstico lo comparten las patronas europeas, agrupadas bajo el nombre de BusinessEurope. Su director general, Markus J. Beyrer, advertía el mes pasado que “desde el comienzo de la crisis hace cinco años, Europa está perdiendo competitividad en el terreno internacional”. Y lamentaba que mientras el Viejo Continente se ha limitado a la gestión de la crisis, “en otras partes están invirtiendo masivamente en formación, infraestructuras e investigación desarrollo”.

El informe del BEI parece confirmar esa tesis. Y muestra que la caída de la inversión entre 2008 y 2012 ha sido el doble en Europa que en EE UU o Japón. La entidad financiera de la UE advierte que “resulta esencial revertir esa tendencia para lograr la recuperación y crecimiento sostenible a largo plazo”.

A pesar de las alarmas, sin embargo, la UE sigue atenazada por la desazón ante una crisis que no termina y la paranoia de que los mercados vuelvan a dar un latigazo. La confederación europea de sindicatos reclama un plan europeo de inversión equivalente al 2% del PIB durante 10 años, con una contribución proporcional a la riqueza de cada país.

Pero la cumbre europea del pasado jueves y viernes en Bruselas se limitó a hacer balance de los modestos planes de crecimiento acometidos desde ju-

nio de 2012. Y la canciller alemana, Angela Merkel, supeditó cualquier gesto de solidaridad transnacional a que cada país suscriba un contrato vinculante con las reformas que está dispuesto a llevar a cabo para mejorar su competitividad. La propuesta no prospera, entre otras cosas, porque Berlín no concreta la contrapartida económica que podría ayudar a Europa a olvidarse del todo de la impudicia.

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