Editorial

El precio, rey del mercado, marca su territorio

Hace ahora año y medio, por marzo de 2012, advertíamos seriamente en estas mismas páginas de la necesidad de acompañar la bajada de costes imprescindible para recuperar la competitividad de la economía con una rebaja de similares proporciones en los precios finales de los bienes y los servicios. La reducción de los costes, incluidos los salarios, era moneda de cambio por entonces como fórmula única de recomposición de las cuotas de mercado por parte de las empresas, y hoy, pasado ese año y medio, podemos decir que asistimos, dado que había pocas escapatorias reales, a una bajada bastante generalizada de los precios. Se ha concentrado en determinadas actividades donde habita la competencia de ofertas de forma muy intensa, pero comienza a extenderse como una contagiosa y vivificadora mancha de aceite que movilizará las apagadas tasas del consumo privado. La alimentación, la distribución en general, la telefonía, el equipamiento personal y del hogar, los seguros, el cine, cosas tan básicas como el pan de cada día, y hasta las casas, ese rocoso activo raíz que nuestros mayores siempre dijeron que nunca bajaba, cada vez más cosas, casi todo al final, ha entrado en una metamorfosis comercial que acaba en un descenso de los precios de venta.

Aunque en España existe cierto recelo intelectual a considerar que el mercado es el terreno de juego donde los agentes económicos se disputan todo y en el que el precio es el verdadero árbitro y rey, parece que comienza a aceptarse que rechazar tal esquema en los primeros años de la crisis únicamente tuvo un elevadísimo coste en empleo. Ante la resistencia a reducir el precio del factor trabajo (el salario) el ajuste de la economía se produjo por la cantidad nada despreciable de tres millones de puestos de ocupados. Así, en esos primeros ejercicios de la crisis convivieron vigorosas subidas salariales y de precios de consumo con una descomunal destrucción de empleo.

Ahora, la reducción de salarios se ha abierto camino en muchas actividades económicas, se ha establecido un nivel notablemente inferior de salario de entrada en el mercado, y se ha abaratado de forma apreciable la salida del mercado (el despido), hasta el punto de que los costes laborales unitarios han recuperado la pérdida relativa respecto a los de los países competidores del euro. Desde la entrada en la moneda única europea, España ha acumulado un punto adicional de precios anual, y, ayudado por la burbuja inmobiliaria y sus cotizaciones, los ha llevado a unos niveles anticompetitivos, fuera del mercado.

Este ejercicio comienza a ser secundado con las batallas particulares de precios finales en todos esos sectores citados, y otros muchos, que solo ven posibilidades de incrementar sus ventas agregadas si reducen sus precios unitarios.

Los temores de una espiral deflacionista no se sostienen, puesto que las caídas son localizadas y acaban de llegar, y bastará que la oferta atisbe una reacción alcista de la demanda para volver a las andadas de la inflación, considerada siempre el mejor amigo de los negocios, cuando siempre ha sido su más peligroso disolvente. Este fenómeno de contracción de precios allí donde la competencia aprieta ha tomado ya tal dimensión, que se está convirtiendo en un instrumento de recomposición de la capacidad adquisitiva de la ciudadanía, que ha visto previamente cercenada su renta, sea por pérdida de empleo, sea por pérdida de salario, sea por subidas de impuestos, sea por recorte de servicios antes gratuitos.

Para que sacrificio y beneficio sean lo menos asimétricos posible en esta transformación de la manera de producir y de consumir, debe mantenerse una larga temporada el acompasamiento entre la búsqueda de costes competitivos y la búsqueda de precios competitivos. Deben prolongarse los escenarios de la moderación de los salarios para evitar subidas reales de los costes, y deben explorarse ganancias adicionales de poder de compra por la vía de permutar contracciones de márgenes unitarios por ganancia de cuotas de mercado. Y deben vigilarse, y combatirse, los comportamientos monopolísticos y oligopolísticos que quieren quedar al margen de una corrección virtuosa de precios y costes por el simple hecho de estar al abrigo de la competencia.

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