Editorial

Una construcción con la medida adecuada

Cuando la economía española estaba en el grado máximo de ebullición en la pasada década, allá por 2006, la construcción aportaba un 14,2% del valor añadido de la economía, absorbía nada menos que un 13,3% del total de la ocupación y acaparaba inversión por valor del 22,2% del PIB y casi dos terceras partes de cuanta movilizaba el país. En seis años de saneamiento, en el primer semestre de 2013, el valor añadido del sector constructor ha descendido al 8,6% del total, el empleo generado, al 6,2% del total del país, y su inversión sobre PIB ha descendido al 10,7%, y puede considerarse, mídase por la variable que se mida, que el sector ha tocado fondo. No ha tocado fondo la deriva contractiva de los precios inmobiliarios, donde la inflación que tensionó los costes y precios del resto de las actividades tardará más en corregirse. Pero si hubiere descensos adicionales en la actividad inversora y constructora, sería ya muy marginal.

No obstante, el peso de la construcción en el valor añadido bruto de la economía sigue siendo muy elevado, de los más elevados de Europa, por el relativamente escaso peso específico de las actividades industriales en España. Dado que los valores alcanzados en los últimos años no serán fáciles de recuperar, porque para ello sería preciso un avance de la población muy fuerte que solo estaría justificado si fuera paralelo a un crecimiento similar de la actividad, la economía tiene que acoplar el modelo de actividad a este tamaño de la construcción residencial. Esa es la gran cuestión que la política económica tiene que resolver y que solo muy parcialmente ha corregido en los últimos trimestres, más allá de colocar la intensidad del ladrillo en su justa y necesaria medida.

Los últimos trimestres, más por reducción de los costes laborales y precios finales que por intensificación de la inversión, han mostrado un muy buen desempeño de la actividad industrial destinada a la exportación, hasta el punto de colocar el saldo comercial casi en el equilibrio en algunos meses, como en mayo pasado. De hecho, por ahí, por la demanda externa, han comenzado siempre las recuperaciones en España. Pero no existe musculatura suficiente en la actividad manufacturera como para convertirse en un motor de suficiente potencia como para considerar que tenemos una economía con un nivel de competitividad pleno.

Es cierto que España no tiene en su cartera de ventas al exterior el monocultivo turístico de antaño. De hecho, la cartera de exportaciones cuenta con una cantidad creciente y muy abultada ya de servicios no turísticos (ingenierías, finanzas y seguros, etc.), y la diversificación geográfica de sus clientes es un hecho, con avances muy fuertes en los países emergentes de todos los continentes, y con una demanda creciente de Estados Unidos y Japón. Pero sigue sin existir una política explícita de fomento de la producción de bienes de medio y alto valor añadido que se conviertan en el núcleo duro de las exportaciones nacionales. Si no se pone en marcha, las ventas españolas girarán siempre en torno a la industria agroalimentaria y los servicios turísticos, que deben cuidarse en todo caso también para el futuro, porque los competidores se mueven y hay que pelear las cuotas de mercado cada día.

El Gobierno no dispone de herramientas fiscales para movilizar la actividad industrial en las franjas más intensivas en tecnología, y solo cuando los objetivos de déficit fiscal estén medianamente garantizados podrá liberar recursos para ello. Pero si en alguno de los programas de gasto debe ser activo el presupuesto es en éste en cuanto se produzca un respiro en las cuentas públicas. El grado de gasto en investigación, desarrollo e innovación sigue en las últimas posiciones de Europa, y bajando, tanto por la escasez de recursos públicos como por el escaso compromiso de las empresas privadas.

Pero no precisa demostración alguna que cada euro invertido en tales actividades, si se hace de forma constante, al igual que los que se destinan a formación, proporciona unos retornos muy superiores a los limitados y perniciosos de la construcción. Esta conclusión es conocida por todos, y está en los discursos de todos. Sin embargo, tiene que empezar a estar en las decisiones, porque sin ello no habrá soluciones fáciles para una sociedad con seis millones de parados.

 

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