Tribuna

Gestionar la riqueza familiar

En el mundo del dinero siempre han abundado los arribistas. Preguntará usted que dónde no, pero imagínese en un entorno caracterizado por la riqueza. El comisionista, el asesor, el portavoz, son muchos los que se acercan al calor del patrimonio generado por una persona de éxito, que arriesgó su capital y su tiempo y obtuvo en recompensa una empresa rentable. Por esto resulta reconfortante leer, e incluso estudiar, Gestión del patrimonio familiar, de Borja Durán. 20 años en la industria financiera garantizan que el autor, además de estar cualificado como Chartered Financial Analyst, no torea de salón, y esto resulta patente a lo largo de las más de 300 páginas.

El célebre estudio Built to Last, Successful habits of visionary companies, de Collins y Porras, demostró que el largo plazo es el aliado natural del éxito empresarial, y que las sociedades que son gestionadas con criterios éticos, reciben su recompensa en forma de una revalorización bursátil superior a las de sus competidores.

¿Quién está mejor posicionado para permitirse el lujo de gestionar con visión de largo plazo? Nadie mejor que la empresa familiar. La empresa cotizada, con miles de accionistas, adolece de dos riesgos que le son consustanciales. En primer lugar se enfrenta al problema de agencia, por el cual los gestores pueden defender objetivos no alineados con la propiedad. Es el caso del empire building, en el que los directivos maximizan su reputación profesional, incluso si esto es perjudicial a largo plazo para la empresa. En segundo lugar, la empresa cotizada tiene como problema idiosincrásico la explotación del accionista minoritario a manos del socio de control, que la literatura denomina tunneling o extracción de rentas. En la empresa familiar ambos problemas están mitigados, incluso si es cotizada. Y es que nada mejor para el gobierno corporativo que un dominus o varios accionistas de referencia que supervisen la gestión del negocio y se controlen entre sí. En la empresa familiar no se dispara con pólvora del rey, y esto permite combinar la prudencia y gestión del riesgo, con la ambición de hacer crecer el patrimonio familiar, incluida la protección y nutrición de un activo intangible tan precioso como la reputación corporativa.

Borja Durán no se ha limitado a escribir un manual de gestión financiera, sino que ha hecho el esfuerzo de bajar al terreno de la empresa familiar, de tanta relevancia para la economía española. El autor comienza mirando a la familia como sistema y analizando la cohesión familiar, describiendo los hábitos ejemplares de las familias exitosas y el proceso inversor, la política de inversiones, la fiscalidad patrimonial, los riesgos en la gestión patrimonial familiar y las distintas estrategias de inversión. De particular interés resulta la descripción de comportamientos irracionales de los inversores y el contenido dedicado a la ética, el lado humano del patrimonio familiar y el gobierno corporativo. Todos los asuntos relacionados con el buen gobierno corporativo de la empresa familiar, tales como la asamblea familiar y el consejo de familia, nos parecen de la máxima relevancia, pues suponen un hito fundamental en su profesionalización y proceso de madurez y contribuyen a preparar a la empresa para su posible salida a bolsa y para la venta o entrada de socios externos.

El autor describe con acierto el proceso dinámico que requiere su gestión para adaptarse continuamente no solo al mercado, sino al ecosistema familiar y todas sus decisiones, como la profesionalización de la gestión patrimonial, el diseño de estructuras eficientes a través de las que vehiculizar las inversiones o la transición generacional.

La empresa familiar no solo requiere una puesta en común de recursos, sino que precisa de consenso para definir los objetivos de la comunidad de intereses que constituye. Y este consenso requiere de un análisis del origen del patrimonio, los intangibles reputacionales a preservar o la ética de las inversiones. Resulta curioso constatar la forma en que los patrimonios familiares concentran su valor en activos inmobiliarios y renta fija, lo que nos hace pensar que en muchos casos predomina la preservación del patrimonio por encima de la generación de valor.

Esta preferencia está sin duda relacionada con la sucesión: tarde o temprano el líder que está en el origen de la fortuna familiar ha de ser reemplazado, de ahí la importancia de planificar la sucesión, de forma discreta si se desea, pero con la anticipación suficiente.

José María Noguiera es economista. @josemaeco

Normas