Postal desde el pueblo de Frau Merkel

Postal desde el pueblo de Frau Merkel

Hamburgo, una de las ciudades más ricas de Alemania, carece de la majestuosidad de Berlín, la elegancia de Munich o la altura acristalada de Fráncfort. Su perfil portuario encaja mejor con el pragmatismo espartano de la actual canciller alemana.



Aquí nació Angela Kasner (1954), a orillas de un río Elba que, según la historiografía, marcaba el límite entre germanos y eslavos, la frontera donde la romanización se hace más tenue. Hoy se percibe también cierto aire de periferia del capitalismo, acentuado por la adusta reconstrucción de la postguerra, la ausencia de glamour y el rechazo popular a las tarjetas de crédito.

El padre de Angela, pastor protestante, cruzó el limes aún más hacia el este, para predicar en tierras comunistas. Decisión que inició la excepcional trayectoria vital de su hija: nacida en la República Federal; criada y formada en la República Democrática; y canciller de una Alemania unificada que duda entre convertirse en el eje del continente europeo o dejarlo rodar a su suerte.

Los Kasner salieron de una ciudad arrasada por los bombardeos de la Operación Gomorra durante la II Guerra Mundial y por la que todavía hoy resulta difícil orientarse dada su escasa coherencia urbanística. Solo el impresionante puerto, uno de los mayores de Europa (por detrás de Rotterdam y Amberes), parece sentirse cómodo en una trama urbana cubierta de cicatrices y rellena con botox inmobiliario de escasa calidad.

La prensa local comenta estos días las vacaciones en Italia de aquella Angela que emigró recién nacida para volver con otro apellido (el de su primer marido) y ocupar la jefatura de Gobierno del país durante al menos ocho años (desde 2005) y tal vez 12 años si gana las elecciones legislativas de septiembre. De todos modos, las portadas no son para ella, sino para el primer lobo avistado en Hamburgo en más de un siglo. Y para Justin Bieber, claro, que actúa en la ciudad.

Los Beatles y el 11-S también se engendraron aquí

Dicen que en verano es una delicia sentarse en una terraza a contemplar el interminable atardecer de estas latitudes y ver el trasiego de unos hamburgueses tan correctos como serios (y que, como suele ocurrir en Alemania, se desconciertan al mínimo contratiempo o ante un imprevisto para el que no tienen una solución preparada). Pero en esta Pascua tempranera de 2013 el frío se antoja digno de un informativo de televisión, si no fuera porque las cámaras no pueden transmitir una humedad de plexiglás.

La historia también se trasparenta en las calles desalmadas por las que pasearon John Lennon y Mohammed Atta, en los muelles de los que partieron hacia América miles de alemanes con la receta de una revancha gastronómica llamada hamburguesa.

Los paisanos y/o descendientes de aquellos emigrantes se refrescan hoy con Fritz-Kola como si no existiera otra zarzaparrilla en el mercado. Solo Alemania se atreve a ignorar así la supremacía de un producto del otro lado del Atlántico.

Y parece lógico, porque Hamburgo, como el resto del país, puede reivindicar su pa/maternidad cultural sobre unos Estados Unidos que probablemente le deben mucho más que a las islas británicas. Quizá por eso los Beatles probaron aquí suerte antes de cruzar el charco para lograr la fama mundial.

Por cierto, que los de Liverpool grabaron su primer disco muy cerca de la vivienda donde 50 años después se instaló el estudiante egipcio que planeó y perpetró los atentados del 11-S en Nueva York.

Foto: mural en la lujosa galería comercial Stilwerk, Hamburgo (B. dM., 2-4-2013).


Comentarios

Muy interesante. Está bien visitar las ciudades que no son museos, sino presente bien vivo, y con puerto.
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