EDITORIAL

El G-20 deja muchos deberes por hacer

Las prioridades del G-20 han cambiado. Si el pavor ante una larga recesión y la premura por ponerle coto marcaron las cuatro reuniones anteriores, en Seúl se ha escenificado el individualismo de unos líderes cuyo principal objetivo es acelerar el crecimiento de sus respectivas economías. De este modo, la colaboración multilateral aparece herida de muerte en favor del proteccionismo y la lucha sin cuartel.

El director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn, reconoció el viernes que la de Seúl era la primera cumbre de la segunda fase del G-20. Los líderes parecen creer que esta nueva etapa está más alejada de la amenaza de una recesión mundial y, por tanto, ya no está sujeta a tantas urgencias. Sólo así se explica la ausencia de medidas concretas y la decisión de aplazar a próximas reuniones la toma de decisiones. Sólo así se entiende que dejen para el futuro lo que debían haber resuelto ayer.

Es preocupante que la guerra de divisas se haya despachado con un vago compromiso de abstenerse de realizar devaluaciones competitivas. Falta saber qué se entiende con ello. Por ejemplo, la decisión de la Reserva Federal de comprar 600.000 millones de dólares de deuda soberana hasta el próximo junio, ¿es una manipulación de la divisa con el fin último de mejorar las exportaciones estadounidenses? El resto de los países así lo pensaban antes y seguramente después de reunirse en Corea del Sur.

En la declaración no se manifiesta tampoco una mínima repulsa a China por los intentos de frenar artificialmente la revalorización de su moneda. Poco le cuesta a Pekín comprometerse a no depreciar el yuan. Se conforma con evitar que se revalúe.

La guerra de las monedas no ha sido el único problema sin acuerdo de una cumbre que ha dejado muchos deberes por hacer. La guerra comercial, directamente ligada a la anterior, quedó igualmente aparcada. Estados Unidos ha tenido que conformarse con el encargo de elaborar unos indicadores que señalen a los países, ricos o emergentes, que contribuyan a generar desequilibrios externos. El poderío diplomático del Gobierno de Barack Obama fue incapaz de imponer la curiosa, aunque inviable, propuesta de establecer límites del 4% tanto a los superávits como a los déficits por cuenta corriente de todos los países. Cabe recordar que antes de la crisis España alcanzó déficit del 10% al consumir ingentes cantidades de ahorro internacional para financiar el crecimiento.

El reequilibrio es deseable para los países deficitarios como Estados Unidos, pero resulta complicado articular fórmulas para obligar a Alemania y China a reducir sus exportaciones. Para China parecería más entendible, ya que sus productos, de limitado valor añadido, basan su competitividad en una moneda artificialmente débil. No es el caso de Alemania, cuyos productos se venden por su excelente calidad y unos precios competitivos gracias al control de los costes laborales unitarios. No sería lógico exigir a una economía eficiente como Alemania caer en las ineficiencias de sus competidores. Por el contrario, corresponde a éstos aumentar la competitividad. El poder de China, sin embargo, reside en una política económica dirigida desde el Estado con escaso respeto a las reglas del mercado. En este sentido, el G-20 deberá volcar mayores esfuerzos en desencallar la Ronda de Doha y frenar las inquietantes amenazas proteccionistas que ponen en riesgo la recuperación mundial.

Seúl se cierra con el único acuerdo concreto de rubricar las reglas establecidas en Basilea III para exigir más capital y liquidez a la banca. La exigencia trae de la mano dudas sobre los criterios que se van a establecer para determinar qué bancos deben considerarse como sistémicos. Si el principal argumento es el tamaño o incluso la internacionalización sería un error. Cabe pensar que con estos parámetros Lehman Brothers probablemente se habría quedado fuera y su quiebra fue un desencadenante claro de la crisis financiera. Otros elementos como el nicho de negocio -comercial o trade- es mucho más relevante, pues los primeros, con una actividad más tradicional y con unos niveles menores de riesgo, son menos peligrosos que los segundos.