COLUMNA

Japón padece un declive demoeconómico

Japón -décima potencia demográfica y tercera potencia económica del mundo, tras los Estados Unidos y desde este trimestre tras China, que acaba de arrebatarle la segunda posición-, atraviesa desde 2008 una contracción económica más fuerte que la que conoció tras la crisis energética de 1973: el PIB ha caído varios puntos los dos últimos años o crece, como en el último trimestre un exiguo 0,1%; la demanda interna y la inversión en capital retroceden año a año; las exportaciones (tan ligadas a sectores como la automoción, los productos electrónicos y los bienes de capital y que representan casi un 20% de su base económica) se han visto afectados por la desaceleración mundial; el yen da signos de haber agotado su potencial alcista con respecto a la moneda única y, para completar el marco económico-financiero, soporta, además, la mayor deuda pública de las naciones industrializadas que a finales de 2010 representará el 200 % de su PIB. Todos estos hechos han llevado a afirmar recientemente a su ministro de Política Fiscal que la economía japonesa está en su peor estado desde el final de la segunda Guerra Mundial.

Pero ¿cuál es la diferencia entre la actual crisis y la de los 70 del pasado siglo? En nuestra opinión y al margen de los factores ligados a la política económica mundial y a la aceleración del proceso de globalización, a la que tanto ha contribuido Japón, el elemento diferenciador entre una y otra crisis es el demográfico: en 1975 la población japonesa presentaba una estructura demográfica altamente favorable. El país supo aprovechar para superar aquella crisis el dividendo demográfico que representaba una pirámide de población, en la que los grupos dominantes eran los adultos-jóvenes, esto es, la población entre 25 y 45 años. Sin embargo en la actualidad la base de la pirámide se reduce año a año como consecuencia de bajísima fecundidad del país (3,65 hijos por mujer en 1950; 1,5 en 1990 y 1,2 en la actualidad) en tanto que la cúspide incrementa su peso relativo al ritmo más alto del mundo (los mayores de 65 años, que tenía un peso relativo del 4,9 % en 1950 y del 12% en 1975, pasarán del 23 % actual al 39,6 % en 2050), como consecuencia de la alta esperanza de vida (79,5 años los hombres; 86,4, las mujeres) y de las reducidas tasas de mortalidad, reflejo de su altísimo nivel de desarrollo sociosanitario

El país se halla en plena "segunda transición demográfica". Si la primera transición demográfica llevó a Japón la modernización social y al crecimiento poblacional que su expansión económica necesitaba, esta "segunda transición demográfica" está llevando al país al envejecimiento, al declive poblacional (los 127 millones de habitantes actuales se reducirán hasta los 115 en 2025 y hasta 95 en 2050), a la desestructuración de su pirámide de población y a un desequilibrio creciente entre una población activa -o potencialmente activa- en retroceso y una población dependiente -y muy especialmente en las edades más altas- en incesante crecimiento. Un dato significativo: en 1990 había alrededor de seis personas que trabajaban por cada pensionista, en 2025 la relación será tan solo de dos a una, paralelamente la población económicamente activa disminuirá en los próximos quince años más de un 20%. El efecto de esta envejecimiento en el plano financiero internacional será muy negativo: Japón cuyas necesidades de inversiones nacionales y de exportaciones fueron en las ultimas décadas financiadas en buena parte merced a su capacidad de ahorro interno, puede convertirse en país prestamista en país prestatario neto si quiere hacer frente a los costos futuros de los salarios (en Japón los salarios correlaciona positivamente con la edad) así como de las pensiones y del sistema sanitario del país más longevo del mundo. A esta hecho hay que añadir otro no menos importante: la capacidad de ahorro de las nuevas generaciones, demográficamente más reducidas, será mucho menor que la de las precedentes.

En la crisis de los setenta la demografía fue la aliada perfecta de la economía japonesa y se convirtió en la base para superar ésta. En la presente década y en las siguientes se va convertir en el principal obstáculo para retomar la senda del crecimiento y de la expansión económica. Y entretanto las fronteras a la inmigración de trabajadores extranjeros se mantienen cerradas. No podrá ser por mucho tiempo. Los dos millones de trabajadores extranjeros actuales (200.000 ilegales) representan una cifra muy baja. De estos 2.000.000 inmigrantes, 607.000 son coreanos, 487.000 chinos, 268.00 brasileños -la mayoría de los cuales de origen japonés- 199.000 filipinos, 48.000 norteamericanos y 288.000 de otros países: indios, bangladeshíes…).

Japón deberá abrir sus fronteras a contingentes de trabajadores extranjeros y globalizarse también en el plano demográfico como lo ha hecho en el informacional, en el comercial y en el financiero. De no hacerlo así su futuro como potencia económica quedaría seriamente comprometido y con él la estabilidad política y económica del mundo al debilitarse su -hoy ya, según información publicada oficialmente por el Banco Mundial- tercer pilar económicamente más importante.

Pedro Reques Velasco. Catedrático de Geografía Humana de la Universidad de Cantabria