TRIBUNA

El honor de los sondeos electorales

Los sondeos electorales o de carácter político tienen la molesta cualidad de mostrar las tendencias de los ciudadanos en intención de voto o su opinión sobre cuestiones candentes y resulta por ello lógico que sean denostadas por unos u otros cuando no reflejan lo que ellos consideran su realidad. Los que nos dedicamos de manera profesional a la elaboración de estas magníficas herramientas sociológicas estamos más que acostumbrados a esta situación y contamos de antemano con un considerable caudal de críticas al resultado de nuestro trabajo. Pero cuando conceptos como manipular, amañar o cocinar sondeos se convierten en piezas del lenguaje común y se instalan de forma machacona en el entorno social, entonces llega el momento de poner algunos puntos sobre algunas íes.

Cualquier sondeo, y mucho más uno de carácter electoral o político, es el fruto de una metodología muy precisa en la que intervienen elementos científicos y éticos. Y me gustaría incidir en los éticos, pues son los que confieren respetabilidad a los datos que fluyen de las frías, aunque exactas, fórmulas estadísticas. Según cómo se plantee el sondeo y cómo se respeten una serie de cuestiones previas depende en gran medida la veracidad del resultado final. Y aquí, la ética nos impone una serie de ideas muy claras. No aceptamos resultados previos por parte del cliente que generen titulares vistosos en los medios de comunicación. En casi todas las ocasiones, son el resultado inevitable de una serie de preguntas que sólo sirven para provocar al encuestado o que estén formuladas de manera que unas respuestas influyen en las siguientes.

El equilibrio en el cuestionario, llegando incluso a redactar las preguntas de la misma manera que en sondeos anteriores para asegurar una comparación rigurosa, es algo que cuidamos de forma estricta. Aplicamos un estricto control de calidad para verificar a quién se llama para hacerle la encuesta, qué cuestionario se le hace y cómo se gestionan los datos obtenidos. Todos los datos y todas las ponderaciones estadísticas que hacemos las guardamos en bruto para que cualquiera pueda comprobar la exactitud de los resultados obtenidos.

Nosotros, los artífices de los sondeos, no determinamos los resultados e incluso en el caso de que ese resultado resulte verdaderamente sorprendente, si la metodología ha sido la correcta, los publicaremos y aguantaremos el chaparrón. Siempre, en todos los casos, negociamos con nuestro cliente la forma de presentar los resultados. Nuestra integridad profesional está en juego en ese momento. En los medios no abundan los expertos estadísticos y la búsqueda de un titular atractivo es siempre imperiosa, por lo que es necesario mostrar el que de verdad refleja el resultado del sondeo, sea el que sea. Con una metodología matemática que no entiende de subjetividades, un análisis riguroso de los datos y unos planteamientos éticos cuidados al extremo, trabajando -como mínimo- sobre una muestra de 1.000 encuestados y con un margen de error del 3%, las empresas de sondeos somos capaces de mostrar la realidad social sobre una cuestión política o económica concreta, con una aproximación o índice de confianza del 95,5%.

Los sondeos electorales o políticos esporádicos muestran la realidad del aquí y ahora, no pronostican nada. Muestran la clasificación en un momento concreto, no quién va a ganar la Liga. De ahí la necesidad de no dar valor absoluto a un único sondeo o a una sola toma de datos en un momento concreto del tiempo: lo razonable y honesto es adoptar la postura de medir consistentemente a lo largo del tiempo, para estudiar la tendencia evolutiva, tener en cuenta tanto hechos especiales o extraordinarios que pueden alterar el curso de los acontecimientos, así como el devenir corriente en que no hay altibajos en el estado de ánimo de los encuestados. Los comportamientos y las tendencias se anticipan siempre y cuando hayamos medido con muchísima frecuencia, y con muestras muy amplias a lo largo del tiempo.

Como hizo la Campaña por América del presidente Obama, durante los años 2007 y 2008 en su carrera hacia la Casa Blanca, cuanto más frecuentes y abundantes sean las encuestas, mejor. Mayor muestra -siempre y cuando ésta haya sido elaborada con criterios estadísticos rigurosos-, que representa fielmente el universo de potenciales votantes, siempre es garantía de mayor índice de probabilidad y de reducir el margen de error (hasta un límite matemático, claro está). Utilizar las metodologías más adecuadas: en ocasiones, entrevistas personales; otras, telefónicas. Con ciertos colectivos de posibles votantes, las encuestas online, a través de internet, suelen ser especialmente eficaces. Y, siempre que sea posible, utilizar -combinándolas-, tanto técnicas de investigación cualitativa como cuantitativa, y con tanta asiduidad como sea posible.

De esta manera sí es posible anticipar comportamientos y predecir tendencias; aunque, como todo en la vida, el acertar, exija más dedicación, recursos y esfuerzos.

Jorge Díaz-Cardiel. Director de opinión pública de Ipsos Public Affairs España