COLUMNA

El arsenal del G-7, con paso lento

Superar la curva. Se supone que es el mantra de los ministros de Finanzas y de los gobernadores de los bancos centrales. O también: no espere para actuar hasta que el crédito se haya restringido, los bancos hayan quebrado y la recesión adquiera velocidad. Pero ahora mismo, la curva está cómodamente en cabeza.

La semana ha traído un ramillete de nuevos datos financieros deprimentes. El PIB japonés cayó un 3,3% en el cuarto trimestre de 2008, un pésimo 12,7% en tasa anualizada. La Confederación de la Industria Británica ha dicho que la economía de Reino Unido se hundirá un 3,3% este año; en noviembre ya se había previsto una revisión de la caída del 1,7%.

Los ministros de Finanzas de las economías más desarrolladas que componen el G-7 no han admitido que van con retraso. El comunicado de su reunión de Roma el pasado sábado elogió su propia respuesta política -tipos de interés hiperbajos y política monetaria no convencional- como 'rápida y vigorosa', y sus políticas fiscales como 'decididas'.

Pero la acción defensiva está haciendo pocos progresos. Las previsiones del PIB en 2009 siguen cayendo en todo el mundo. Y a pesar de la mucha ayuda pública, el sistema de crédito mundial está como mucho para ir tirando con dificultad. Unos pocos podrían argumentar como Jorma Ollila, el presidente de Nokia, que dijo que la recesión parecía 'mucho más difícil ahora' que hace unos pocos meses. No sorprende que esté presupuestando para años de lento crecimiento.

Quizá Ollila debe dar a la respuesta política tiempo para que funcione. No han pasado aún ni seis meses desde el punto de inflexión de la crisis, el súbito colapso de Lehman Brothers. Incluso, el arsenal del G-7 está yendo lento. Los tipos de interés están en cero o próximos a cero en las principales economías. El próximo paso es imprimir dinero, que es un juego peligroso.

Si el ritmo de la caída no se ralentiza pronto de forma significativa habrá que considerar más respuestas no convencionales. El menú de alternativas es una elección de males mayores o menores: proteccionismo destructivo, recapitalizaciones bancarias difíciles de digerir o un antiguo arrebato inflacionista. Pero dejen que el debate empiece ahora, antes que la curva se supere demasiado pasada. Por Edward Hadas

Más o menos intervención

El pasado está siendo un lastre para el futuro de Hypo Real Estate. El sector inmobiliario y de infraestructuras alemán está en apuros desde septiembre. El apoyo estatal ha escalado de los 35.000 millones de euros, correspondientes al momento de la primera caída de los bancos de inversión, a los más de 100.000 millones de garantías de deuda y líneas de crédito. Parece que ya ha pasado el momento de lanzar un plan comprehensivo de ayudas públicas.

Al menos parte del retraso tiene sus raíces en la historia. La última vez que el Gobierno alemán nacionalizó un banco fue en 1931. A la medida siguió una retirada masiva de fondos, lo que contribuyó a que el partido nazi se hiciese con el poder. La determinación de los políticos a que no volviese a ocurrir nada parecido les llevó a incluir fuertes medidas de protección de la propiedad privada en la Constitución redactada tras la Segunda Guerra Mundial. El resultado: Alemania no puede nacionalizar fácilmente Hypo Real Estate o cualquier otra compañía en serias dificultades.

Hay mucho que decir a favor de la conciencia histórica. La tan generalizada ignorancia sobre la historia financiera contribuyó a que se desencadenara la crisis global. Es más: los presidentes ejecutivos y políticos anglosajones han dejado de lado con presteza los principios del sistema capitalista. El banco británico Barclays y la minera anglo-australiana Rio Tinto han ignorado los derechos preferentes de los accionistas, mientras que nada más y nada menos que el Partido Conservador británico opina que se deberían romper los contratos legales en beneficio de la justicia sumaria de los bonos.

Pero Alemania parece estar en deuda con su pasado. Puede que la nacionalización de Hypo no guste ni a las autoridades ni a los accionistas, pero parece la menos mala de las alternativas. La capitalización actual de Hypo es de tan sólo 300 millones de euros, y probablemente necesite 10.000 millones más de nuevo capital. Tal y como aprendieron otros países, algunos agujeros son tan grandes que sólo los pueden tapar los Gobiernos.

JC Flowers, la compañía de capital riesgo que condujo el año pasado la compra del 24% de Hypo, parece estar jugando a la desesperada. Está retando a Berlín a que se haga por primera vez con una compañía. Y los legisladores están elaborando medidas de emergencia para que así sea.

Aún se podría llegar a un acuerdo para dar a los accionistas un pago simbólico a cambio del rescate público de Hypo. Si se llegase a un compromiso de este tipo se demostraría una decente dosis de respeto hacia una de las lecciones más importantes de la historia. Por Jeffrey Goldfarb