Análisis

El G-20 pone la primera piedra del cambio

La cumbre de Washington intentará reforzar la coordinación en la supervisión de la banca, pero no resolverá de un día para otro los errores que han motivado la crisis

El presidente de EE UU, George Bush, recibe a José Luis Rodríguez Zapatero en la Casa Blanca
El presidente de EE UU, George Bush, recibe a José Luis Rodríguez Zapatero en la Casa Blanca

El mundo que amanezca el domingo, tras la reunión del G-20 del sábado en Washington, será el mismo que el de este viernes. Un día no basta para refundar el capitalismo y no es suficiente tampoco para rebajar la gravedad de la actual crisis financiera y económica que sufre el planeta. El desafío es gigantesco y las expectativas creadas ante la reunión en Washington no lo son menos, aunque la cumbre del G-20 es sólo el principio de los cambios que serán necesarios para devolver la confianza al sistema financiero y para sentar las bases para prevenir crisis futuras. En febrero o marzo de 2009 se celebrará un segundo encuentro de jefes de Estado en Reino Unido, según adelantó el viernes la delegación brasileña.

El programa de este sábado marca una duración para las sesiones plenarias que no llega a las tres horas, un tiempo a todas luces insuficiente para abordar la complejidad del problema. No más de diez minutos para cada uno de los líderes que acuden este fin de semana a Washington. Los más escépticos recuerdan estos días la frase de la novela El Gatopardo, de Giussepe Lampedusa: todo debe cambiar para que todo siga igual. Y, en el fondo, la cumbre del G-20 no va a dar ni mucho menos carpetazo al libre mercado, como ya se ha encargado de recordar el presidente saliente de Estados Unidos, George Bush, ni va a decretar la abolición de prácticas financieras que, como la titulización, han esparcido por el mundo los riesgos de crédito. Pero la cumbre de Washington debe ser el punto de partida para mejorar los dos aspectos fundamentales que están en el epicentro de la actual crisis: la solvencia bancaria y una regulación adecuada con la que evitar los excesos.

Los expertos prevén que la cumbre se resolverá con un acuerdo de mínimos, una declaración general de buenas intenciones en la que los gobiernos se comprometerán a aportar solidez y rigor a sus respectivos sistemas financieros. En opinión de Federico Steinberg, investigador de economía internacional del Real Instituto Elcano y profesor de la Universidad Autónoma, hay que entender el significado de la cumbre del G-20 en dos planos, el político y el técnico. En lo político, 'hay que redefinir la capacidad de influencia de los países emergentes en los foros internacionales'.

El peso de China, Brasil o India en el Fondo Monetario Internacional es herencia de los acuerdos de Bretton Woods, celebrados en 1944, y en los que EE UU y Reino Unido sentaron las bases del modelo económico posterior a la Segunda Guerra Mundial. Más de sesenta años después, el mundo es muy diferente y además, 'ha quedado completamente deslegitimado el modelo bancario anglosajón', añade Steinberg.

Los países emergentes no van a dejar pasar la ocasión de reivindicar un mayor papel en el diseño de un nuevo modelo de banca internacional. Más aún a la vista de que sus pujantes economías y sus divisas se han visto perjudicadas por los excesos cometidos por la hasta hace poco intocable gran banca occidental. Así, la creación de mecanismos para una mayor estabilidad en los tipos de cambio es una de las grande reivindicaciones económicas de los países emergentes.

Y en paralelo al pulso político entre los países emergentes y las grandes economías occidentales, surgirá el debate técnico, que pasa por varios aspectos fundamentales: el ajuste en los requerimientos de capital de los bancos, el control del grado de apalancamiento, la regulación de los mercados de derivados privados -conocidos como OTC (over the counter)-, la transparencia de los productos estructurados, el papel de las agencias de calificación financiera y los límites a los bonus de los ejecutivos.

Más coordinación

Pero, ¿quién será el encargado de poner orden en las finanzas mundiales? Cada país tiene la soberanía de su propio sistema bancario y es competente en su supervisión y regulación. Pero la crisis ha puesto de relieve el efecto multiplicador de la globalización, hasta el punto de que las carencias regulatorias en la banca de inversión de EE UU han sembrado el caos en el mercado bancario internacional. 'Hay que reforzar la coordinación en la supervisión y potenciar el papel de coordinador del FMI. Hay que establecer un mínimo común denominador. La cumbre de Washington va a suponer el fin de la autorregulación financiera sin más', sostiene Rafael Mínguez, socio del bufete Cuatrecasas.

'El FMI tiene nula capacidad de supervisión, ya se vio durante la crisis asiática. Y aunque los sistemas bancarios son la joya de la corona de cada país, es necesario que alguien coordine. Para que funcione bien el libre mercado, hace falta regulación y supervisión', afirma Xavier Mena, profesor de economía de Esade.

Reforzar la regulación

La reforma del modelo bancario desata inevitablemente la resistencia de los propios banqueros, que temen que una regulación demasiado estricta ponga cortapisas a su actividad. Será inevitable por tanto el debate entre un modelo de libre mercado a ultranza, como el que defiende EE UU, y una economía más regulada, que defiende la UE y los países emergentes. En todo caso, no quedan argumentos con los que defender algunas de las prácticas de la banca de negocios, cuyo modelo ha se ha ido definitivamente al traste. 'Transferían el riesgo al último tenedor, a diferencia de lo que sucede en la banca española, donde quien origina el crédito, retiene el riesgo. Y el balance bancario tiene que ser fiel reflejo de los riesgos de cada entidad. Los cambios regulatorios deben ser más exigentes con las estructuras fuera de balance', explica Xavier Mena.

Mercados de derivados

Certificado el fracaso del modelo de originar y distribuir el riesgo, que permitió unos niveles de apalancamiento en la banca sin precedentes, otra de las de las lagunas regulatorias más urgentes tiene que ver con el mercado de derivados privados, que el anterior presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, se resistió a supervisar. En estos mercados se negocian los credit default swaps -seguros por el riesgo de impago de un emisor de deuda-, que mueven más de 40 billones de euros, libres de la supervisión de organismos reguladores del mercado, como la CNMV o la SEC estadounidense. Se negocian como contratos privados, entre comprador y vendedor, sin la exigencia de una contraparte que garantice la liquidez.

Agencias de calificación financiera

Otra de las grandes lecciones que deja la actual crisis es la de la cuestionada independencia de las agencias de rating y el rigor de sus análisis. La Comisión Europea ha propuesto ya varias medidas restrictivas con las que hacer más transparente su actividad y que expondrá en la cumbre del G-20. La reforma prevé que las agencias de rating no podrán prestar servicios de asesoramiento, con el fin de evitar conflictos de intereses con los clientes a los que a la vez están calificando. Además, tendrán que presentar un informe anual de transparencia y quedar sujetas a una doble supervisión, la de las autoridades nacionales y la de un Registro Europeo de Agencias de Calificación, que podrá impedir a una agencia su actividad en Europa si no cumple con la normativa.

'Sería un éxito si de la cumbre sale una hoja de ruta y un calendario para las reformas. Además, hay que lanzar un mensaje de confianza', apunta Federico Steinberg. Los Gobiernos han acudido al rescate de la gran banca internacional y de ellos se espera ahora firmeza en las decisiones. 'Hay que ir con cuidado para no cometer excesos regulatorios. Pero los políticos también quedaron en su día deslumbrados por la capacidad crediticia de la banca. Los excesos de liquidez han sido el opio de todo el mundo', añade Xavier Mena.

La disciplina regulatoria y la propuesta española

José Luis Rodríguez Zapatero ha conseguido estar presente en la cumbre de este sábado en Washington aunque España -pese a ser la octava economía del mundo- no tiene asiento propio en el grupo del G-20. El sistema de supervisión y regulación financiera aplicado a las entidades por el Banco de España será la principal carta de presentación de cara a la reunión de Washington, después de que el modelo bancario español haya recibido elogios de la prensa internacional y, en algunos aspectos, sea tomado como referencia en los foros regulatorios.

El sistema bancario español cuenta con un sistema de provisiones por insolvencias de carácter anticíclico o dinámico por el que las entidades han tenido que ir haciendo dotaciones extraordinarias en los tiempos de bonanza económica. La idea inculcada desde el Banco de España a las entidades financieras es que hay que provisionar no sólo el riesgo que entra en morosidad, o el genérico de la propia constitución de un crédito, sino también el riesgo que todavía no se ha manifestado pero que sí puede aparecer en el futuro, es decir, ante un cambio de ciclo económico.

Esta tarea de anticipación ante los malos tiempos y un modelo bancario más tradicional, donde los depósitos de los clientes respaldan buena parte de la actividad crediticia, son dos de los rasgos que mejor definen a la banca española y gracias a los que los bancos españoles están resistiendo en una situación más ventajosa que muchos de sus vecinos europeos y estadounidenses a la tormenta financiera. 'El modelo bancario español puede ser un referente hacia un nuevo modelo de banca', apunta Rafael Mínguez, socio del bufete Cuatrecasas, que recuerda que 'el esquema bancario de Estados Unidos se ha ido al traste con la crisis'.

De hecho, referentes más o menos periféricos como es el caso del español y su sistema de provisiones anticíclicas pueden tener mayor eco en un momento como el actual, en que el sistema de libre mercado y relajación en la regulación financiera ha quedado en entredicho.

Los sistemas bancarios de las grandes economías anglosajonas no sirven ahora como referente indiscutible, lo que pone de evidencia que, a diferencia de la mítica cumbre de Bretton Wooods de 1944, en la actualidad no hay un claro liderazgo económico, capaz de imponer sus tesis sobre el resto. 'La falta de un liderazgo mundial hará más difícil un acuerdo. Los países del G-20 tienen que aprender a crear un liderazgo compartido', advierte Federico Steinberg, del Real Instituto Elcano.

G-20+3

Tres países más se suman al G-20. También estarán presentes en la cumbre de Washington España, octava potencia económica mundial, Holanda y la República Checa, próximo país que presidirá la UE, en relevo de Francia.