COLUMNA

Rescate

Decíamos hace 15 días que era crucial poner en marcha una intervención pública que condujera al restablecimiento de los flujos de crédito seriamente dañados por la explosión de las burbujas inmobiliaria y financiera. De no hacerlo, tendría consecuencias devastadoras sobre las economías y sobre los ciudadanos. Decíamos también que la intervención tenía que ser rápida y suficiente, reducir al máximo el coste para los contribuyentes y tratar adecuadamente el riesgo moral.

En estas dos semanas han pasado muchas cosas. Por un lado, la situación de la banca europea se ha mostrado más crítica de lo que se pensaba y, por otro, se han sucedido planes de intervención en varios países, al mismo tiempo que se agudizaba la crisis de confianza a ambos lados del Atlántico.

Parece que el plan británico se va a acabar imponiendo y que pudiera funcionar. Como el plan sueco de los noventa, dota de recursos propios a los bancos en dificultades, resolviendo, al menos temporalmente, sus problemas de solvencia y, adicionalmente, dota a los bancos, avalando emisiones a medio plazo, de una fuente de liquidez a un plazo muy superior al proporcionado por las líneas del Banco Central, lo que ayudará a restablecer los flujos de crédito. Es altamente probable que en un futuro el Estado (el Tesoro) pueda recuperar el capital inyectado a los bancos y, también, que la ejecución de los avales no sea necesario, si los bancos mantienen su solvencia, con lo que el coste a medio plazo para los contribuyentes sea pequeño, o incluso, nulo.

Se espera que los directivos de los bancos intervenidos sufran las consecuencias de su mala gestión y los accionistas van a ver diluida su participación en el capital y congelados sus dividendos mientras dure la intervención.

El plan norteamericano despertó algunas dudas y está bajo revisión sin haber entrado en funcionamiento. Las dudas se debieron al peculiar proceso de aprobación en un Congreso en periodo electoral, a la imprecisión sobre qué activos tóxicos iban a ser adquiridos por el Tesoro y a la forma en cómo se iba aplicar. No pudo evitarse la impresión de que se ponía a los pirómanos al frente del equipo de extinción. En primer lugar, porque hay que recordar que en 2004 los bancos de inversión, con Paulson a la cabeza, solicitaron y consiguieron la eliminación de uno de los pocos límites que tenía su actividad (una ratio máxima endeudamiento/recursos propios) y, en segundo lugar, por la impresión de que los gestores del plan (ex empleados de Goldman Sachs coordinando a agencias de gestión de activos) podían entrar en conflicto de intereses al tener que gestionar la subasta de activos con bancos que han sido sus clientes y lo serán en el futuro. æscaron;ltimamente parece que, adicionalmente, van a utilizar parte de los fondos aprobados por el Congreso para inyectar capital en los bancos. Pero todo está resultando un poco lento y algo confuso. Esperemos que acaben las dudas y se actúe.

En cualquier caso la intervención tardará en tener sus efectos y, mientras, la recesión económica avanzará. Es altamente probable que Estados Unidos esté ya en recesión, al igual que varios países europeos. Pero el rescate del sistema bancario permitirá reducir sustancialmente la intensidad y duración del periodo recesivo.

Es indudable que la crisis cambiará los planteamientos de regulación (abandonando la loca idea de la autorregulación) y supervisión y, probablemente también, se abandonará la concepción de una política monetaria persistentemente expansiva como la seguida por la Reserva Federal y otros bancos centrales durante años, porque, como decíamos, ha habido un fallo grave de mercados no regulados pero también ha habido un fallo de intervención (monetaria).

La idea de la autorregulación sólo puede ser defendida cuando la mayor parte de los afectados por un mercado con información imperfecta y asimétrica participan en la autorregulación (hay algunos casos en la historia en el que se dieron esas condiciones y funcionó). Pero los actuales mercados financieros distan mucho de esa situación. Las deficiencias de información en estos mercados son muy grandes y, como estamos viendo, todos estamos afectados por su funcionamiento.

Sería conveniente resistirse a la ley de péndulo y no caer ahora en un exceso de regulación. Hay que volver a recordar que la mayor crisis bancaria anterior a ésta se produjo en los noventa en Japón con un sistema bancario altamente intervenido. Ni cualquier regulación es buena ni toda innovación financiera es perversa. Ni siquiera las innovaciones que se han producido en EE UU en las últimas décadas. Eichengreen afirma, no sin razón, que uno de los factores que explican que la productividad en aquel país haya crecido más deprisa que en Europa son las innovaciones que se han producido en la financiación a las empresas.

Sobre España: es posible que efectivamente el sistema bancario español no necesite por ahora inyecciones de capital y sí el restablecimiento de la liquidez para que pueda seguir financiado al sector privado. Pero es alarmante el avance de la morosidad. Cada dato mensual supera ampliamente su previsión tendencial. En agosto era ya del 2,4% (2,9% para las cajas), cuando a finales de 2007 era del 0,9%. La actual tendencia apunta a una tasa de casi un 5% a final de este año (un 6,5% las cajas). ¿Hasta cuándo y hasta qué nivel seguirá esta tendencia explosiva?

Carlos Sebastián. Catedrático de Análisis Económico de la Universidad Complutense