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Una pizca de locura para cambiar el mundo

Dice el presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial, Klaus Schwab, que el mundo necesita de hombres y mujeres poco razonables, sobre todo en época de transformaciones profundas. Uno de ellos, Muhammed Yunus, comenzó en la década de los años setenta una ardua tarea para demostrar que las mujeres pobres son solventes. Sin embargo, reconoce Schwab, el mundo tardó más de 30 años en reconocer el valor de los microcréditos. '¿Cuántas personas irracionales como Yunus existen? Centenares, quizá miles'. Sus palabras sirven de prefacio en El poder de la locura, escrito por John Elkington y Pamela Hartigan y editado por Deusto. O lo que es lo mismo: los secretos empleados por empresas rentables para cambiar el mundo.

La obra presenta una serie de los emprendedores sociales de más éxito. Para empezar, intentan negar la importancia de las limitaciones de la ideología o la disciplina, identifican y aplican soluciones prácticas a problemas sociales, combinadas con innovación, inventiva y oportunidades, innovan encontrando un producto, servicio o enfoque nuevo a un problema social.

Se centran, en primer lugar, en la creación de valor social y, con ese espíritu, están dispuestos a compartir sus innovaciones y opiniones para que los otros las repitan. Este tipo de emprendedores se lanzan antes de asegurarse de que cuentan con todos los recursos. Tienen confianza plena en la capacidad innata de cada persona, a menudo sin tener en cuenta los estudios, para contribuir notablemente en el desarrollo económico y social. Muestran, a su vez, una determinación tenaz que los lleva a arriesgarse en casos en que otros no se atreverían. Equilibran su pasión por el cambio con celo por valorar y supervisar su influencia. Además, tienen muchas ganas de enseñar a las personas que realizan cambios en otros sectores. Y demuestran una impaciencia sana (por ejemplo, no se les da bien la burocracia, que puede generar múltiples trámites a medida que sus organizaciones van creciendo y casi, inevitablemente, se vuelven más burocráticas).

Este tipo de personas muestra una determinación tenaz que les lleva a arriesgarse en casos en que otros no se atreverían

¿Qué convierte a un emprendedor en poco razonable? En primer lugar, quieren cambiar el sistema. También son irremediablemente ambiciosos, les mueve la emoción, creen que conocen el futuro, buscan beneficios en lugares no rentables, ignoran la evidencia e intentan valorar lo invalorable. Se dice que son incompetentes, aunque todo depende de la definición del término competente. Muchos de ellos son, entre otras profesiones, ingenieros, médicos, abogados, profesores, pero este tipo de credenciales es diferente a ser productivo. Y se niegan, por encima de todo, a que alguien se atreva a convertirlos en superhéroes.

Lecciones para el líder del futuro

Innovación y creatividad, conviene centrarse en soluciones emprendedoras ampliables. Por suerte, el potencial de las soluciones innovadoras es cada vez mayor. Se requiere coraje para intentar lo que es aparentemente imposible. Es lo que siempre han hecho a lo largo de la historia los grandes emprendedores. No se andan por las ramas y bucean todo tipo de respuestas para sacar el máximo provecho de sus empresas, pero a la vez para cambiar los sistemas políticos, administrativos, sociales y económicos.

Están preparados para fracasar, pero también para aprender de los errores. Los emprendedores con muchas aspiraciones deben estar preparados para contratiempos de todo tipo. La pena es que hay países que penalizan los fracasos más duramente que otros. Ha de gustarles, además, experimentar con nuevos modelos empresariales. Otro objetivo es acabar con las diferencias salariales entre empresas comerciales y sociales. El espíritu emprendedor social sólo triunfará si las empresas de este tipo cuentan con talento en sus filas. Y a los mejores hay que pagarles bien.

Otro reto consiste en ayudar a democratizar la tecnología, pero los principios del movimiento del código abierto pueden contribuir a alinear la tecnología con los valores y las prioridades de una parte más amplia de la sociedad civil. Por último, el libro recomienda, dentro de lo razonable, cultivar el arte de ser irrazonable.