COLUMNA

Europa, ¿quién te quiere, bonita?

Se temía lo peor y pasó lo peor en unos momentos políticos y económicos que tampoco son los mejores. De nuevo, los bravos irlandeses han dicho no al Tratado de Lisboa. Ya lo hicieron también con el Tratado de Niza.

Mucho se especula sobre lo que ocurrirá en la Unión Europea con el no irlandés respecto al Tratado de Lisboa, teniendo en cuenta que excepto el Gobierno checo, que parece arrastrar los pies, el resto de países miembros están decididos a continuar con sus procesos de ratificación.

Esta posición es la más razonable y la que me permite deducir que una vez ratificado el Tratado de Lisboa por todos los Estados miembros se repetirá la misma situación que se produjo con el no irlandés sobre el Tratado de Niza: se preparará alguna declaración, algún retoque mínimo y nuestros bravos irlandeses tendrán otra oportunidad para organizar un segundo referéndum que deberá ser afirmativo.

Hoy falla clamorosamente el liderazgo europeo. Nadie lo quiere ejercer. Todo es agenda política nacional

La posibilidad de otro veto llevaría a Irlanda al caso límite y nunca conocido en la UE de denunciar el Tratado y eventualmente poner en marcha un complejísimo sistema de abandono de la Unión. Creo que no lo harán cuando comprendan que fuera de la UE Irlanda perderá muchas de las cosas que ha ganado.

Estamos terminando de recorrer un camino que nos hará reflexionar sobre los límites del proceso de integración europeo. Hace unos años el gran debate consistía en descubrir cómo llevar Europa al corazón de los ciudadanos ya que se suponía la existencia de un enorme alejamiento de las instituciones europeas por parte de una ciudadanía que no comprendía gran cosa de lo que allí se decidía.

El método llamado de las conferencias intergubernamentales, nombre pomposo de una conferencia diplomática clásica entre los Estados miembros, debía terminar. La construcción europea debía hacerse desde la propia sociedad, por los elegidos democráticamente, por los ciudadanos. Así nació la idea de crear una convención, una especie de estados generales europeos, para elaborar por primera vez una Constitución europea.

La convención presidida por Valéry Giscard d'Estaing elaboro y adopto un proyecto de Constitución europea que representaba un logro histórico para la integración europea. Todos nos felicitamos. Pensábamos que ningún Gobierno, ningún dirigente político se opondría a su entrada en vigor y difícilmente se le podría achacar a la Constitución ser el producto de la denostada burocracia de Bruselas o el resultado del secretismo de las transacciones entre las diplomacias de los Estados miembros.

Se pusieron en marcha los referéndums. En España, el Gobierno Zapatero fue pionero y se aprobó la Constitución. Luego todo empezó a torcerse cuando se utilizó el referéndum sobre la Constitución para dirimir cuestiones de pura coyuntura nacional. Francia fue el primer caso. Se quería aprobar la Constitución pero se organizó un formidable debate político para saber quién sería el candidato a presidente de la República.

Por los socialistas, Fabius organizo el no, para desde del resultado negativo hacerse elegir candidato a la presidencia de la República. No le salió bien. Luego, en las primarias ganó Ségolène Royale. Desde la mayoría, Sarkozy le imputó a la Constitución europea los peores desastres para la República, mientras que el ingenuo de Villepin la defendía. Salió el no y Sarkozy hizo suyo el triunfo del no como plataforma para ganar las presidenciales. Le salió bien. Pero a la pobre Constitución europea la mató un debate estrictamente nacional sobre las pretensiones presidenciales de unos y otros.

Vino luego Holanda. País fundador y ejemplo de compromiso con la integración europea. El referéndum fue un desastre y los antisistemas se hicieron dueños de la situación. El asesinato de Fortuyne crispó de tal manera el debate interno que la Constitución pasó a explicar todos los males venidos y sobrevenidos a un país considerado como ejemplar. Otro no.

Luego los británicos nos dijeron que, visto lo acontecido, mejor no organizaban su referéndum y aunque una mayoría había cumplido con sus responsabilidades constitucionales... había llegado en momento del realismo. Mejor enterrar la idea de Constitución europea y aprobar un tratado clásico, con una negociación clásica, a través de los canales diplomáticos clásicos, ya que de esta manera se harían las cosas mejor evitando los espontaneísmos y las ambiciones de la convención que dio origen a la Constitución europea.

Así llegamos al Tratado de Lisboa y al no irlandés. ¿Cómo es posible que un pueblo noble y voluntarioso como el irlandés que le debe su desarrollo y modernización a la UE haya dicho que no? Respuesta: porque a nuestra querida Europa no la tratan bien, salvo raras excepciones. Hoy falla clamorosamente el liderazgo europeo. Nadie lo quiere ejercer. Todo es agenda política nacional, en general, de corto recorrido.

Manuel Marín. Profesor de la Universidad de Alcalá de Henares