COLUMNA

Un cúmulo de cosas por hacer

Las turbulencias de los mercados reflejan sus temores y sus expectativas. En la coyuntura actual es difícil predecir la evolución de las economías en un horizonte próximo pero los mercados se decantan cada vez con más insistencia en las hipótesis pesimistas. Resulta difícil, por otro lado, asumir interpretaciones amables de la situación económica cuando diversas autoridades económicas llevan a cabo medidas de estímulo monetario y anuncian medidas de estímulo fiscal. También resulta comprensible que, a pesar de éstas, la confianza en los mercados se resista en instalarse.

Tras el periodo de incertidumbre sobre cuantas instituciones financieras, y en qué grado, estaban afectadas por la crisis de las subprime, ahora la atención se centra en dos cuestiones básicamente: si la economía americana va a entrar en recesión, o si sólo va a sufrir una desaceleración importante de su crecimiento, y si el resto del mundo, en especial Europa, va a poder librarse del contagio; es decir si se producirá el fenómeno denominado decoupling.

Las opiniones son diversas, incluso entre los economistas más prestigiosos. La clave se encuentra en si el consumo de las familias americanas va a frenarse o a reducirse. Un descenso en el consumo agravado por destrucción de empleo llevaría al peor escenario. Por otro lado, podría admitirse cierta capacidad del resto del mundo de despegarse de las circunstancias americanas en el caso de que éstas no fueran muy negativas. En el caso de recesión, es difícil pensar que el resto del mundo tenga capacidad para aislarse.

El riesgo es que la crisis actual termine con medidas de política económica estimuladoras clásicas

No obstante, aún no hay evidencia clara de cómo va a ser la evolución. Hay economistas, como Robert Shiller, que compara la situación actual con la crisis de los años 1920-1930 y hay economistas, como Kenneth Rogoff, que hablan de una suave recesión.

Resulta sorprendente cómo ha pasado a un segundo plano la atención sobre el efecto negativo de las subprime; sobre, como se comentaba, 'cuántos muertos en los armarios iban a aparecer'. Hay que recordar que se señalaba el primer trimestre del año como crucial dado que se renegociaban hipotecas y vencían periodos de lock out de fondos de inversión. Esta situación implica que el sistema financiero se encuentra también en el punto de mira.

No hace falta ser muy perspicaz para reconocer que la coyuntura es difícil. No se olvida que las economías han mostrado crecimientos elevados los años pasados, de forma generalizada en todas las zonas geográficas. Además, con la excepción de EE UU y de algún otro país, con desequilibrios macroeconómicos importantes, el crecimiento se ha podido calificar de saludable. La solidez del crecimiento es un elemento amortiguador si las condiciones económicas se complican, pero no es un factor aislante.

La política económica parece haber reaccionado con prontitud con medidas de estímulo monetario, para atajar el riesgo de crisis financiera, y con estímulos fiscales, para reducir el posible impacto negativo sobre la economía. Nuevamente, puede haber controversia sobre la magnitud de las medidas, sobre su articulación o sobre su temporalidad. Es normal encontrarse con diversidad de opiniones. Sin embargo, lo que parece discutible y sobre lo que no hay mucho comentario es sobre la incorrecta previsión económica y las fallidas políticas preventivas, a todos los niveles, públicos y privados, de entidades del sector real y financiero. El mundo estaba viviendo una situación de complacencia inusitada y de confianza ciega en las entidades privadas.

Los fallos parecen importantes: no parecen haberse anticipado los efectos distorsionadores de las medidas de estímulo fiscal en EE UU en las ganancias de capital por compra de vivienda ni de la relajación crediticia en general en la concesión de hipotecas, no se han revisado (o se han dado por buenos) los resultados de los Programas de Evaluación del Sistema Financiero que el FMI hace a todos los países para ver la solvencia de sus instituciones, no se habían detectado los conflictos de interés de las agencias de rating, no se han cuestionado ni revisado los procesos de control de riesgo operativo (caso Société Générale) ni de riesgo financiero (valoración de activos).

Así pues, el riesgo es que la crisis actual termine con medidas de política económica estimuladoras clásicas y que se olvide que hay que corregir todos los fallos que han contribuido a la misma. Si esto fuera así, se podría reducir el efecto económico negativo, pero no conseguirían una restauración de la confianza en las instituciones.

Nieves García-Santos Economista