EDITORIAL

La hora de trabajar por los europeos

Más de un centenar de muertos en un atentado en Pakistán; el presidente ruso Vladimir Putin hablando de rearme nuclear para, según dice, evitar que Rusia sea pasto de una invasión como la iraquí; tensión fronteriza creciente entre Turquía e Irak; el precio del barril del petróleo desbocado; la cotización del dólar en caída libre frente al euro, y el G-7, reunido en Washington el fin de semana, exigiendo por enésima vez a China, pero esta vez de forma más contundente de lo habitual, que revalué su moneda frente a las principales divisas del planeta.

A pesar del estruendo y la alarma internacional, los líderes de la UE supieron el pasado jueves y viernes encerrarse en sí mismos para discutir durante siete horas cómo sentar 351 eurodiputados en 350 escaños. La ingeniosa fórmula de descontar al presidente del Parlamento Europeo resolvió el dilema y permitió a la UE cerrar siete años de bronca institucional. El acuerdo culmina la probablemente última reforma exhaustiva del Tratado de la UE y sienta las bases para que el club funcione con los 27 miembros actuales y los que están a punto de entrar. España, aunque perderá parte de su peso en el Consejo de Ministros de la UE por la introducción de un sistema de voto proporcional a la población, ha ganado cuatro escaños en el Parlamento y contará con 54 la próxima legislatura.

Nadie niega que el marco institucional es imprescindible para que un club tan heterogéneo como la UE funcione de forma apropiada y permita conjugar los intereses, muchas veces contradictorios, de los 27 socios. Pero encadenar cinco reformas del Tratado (Ámsterdam, Maastricht, Niza, la frustrada Constitución y Lisboa) en menos de 25 años y dedicar a las dos últimas casi siete años parece excesivo.

Mientras la UE se enmarañaba con sus propias normas de funcionamiento, el mundo se ha transformado: China dispone de fondos públicos multimillonarios para invertir y, junto a Rusia e India, ya aporta la mitad del crecimiento mundial, según acaba de constatar el FMI; Gazprom recuerda con cortes de suministro que el 25% del gas consumido en Europa procede de las reservas rusas, y materias primas como el trigo y otros cereales alcanzan precios casi de metales preciosos.

Por eso resulta un enorme alivio que la UE haya decidido pasar la página de su reforma interna. Los 27 deben concentrarse ahora en ratificar cuanto antes el nuevo Tratado y profundizar en el desarrollo de las políticas comunes más prioritarias: energía, inmigración, seguridad y política exterior. Las cuatro áreas siguen en estado casi balbuciente, aunque los líderes y la opinión pública coinciden en que el valor añadido de una intervención comunitaria sería muy elevado.

La integración de los mercados financieros y su supervisión es otro punto que exige atención urgente en la UE. El contagio transatlántico de la crisis de las hipotecas subprime de EE UU ha mostrado que las entidades financieras europeas se encuentran expuestas a riesgos de las que muchos reguladores nacionales ni siquiera son conscientes. Con buen criterio, los líderes comunitarios acordaron el viernes otorgar la máxima relevancia política a las reformas necesarias para aumentar la transparencia y el control de esos mercados, sin caer en un intervencionismo que les reste agilidad.