COLUMNA

¿Paños calientes?

La crisis del mercado americano de hipotecas de alto riesgo -y su contagio a algunos mercados europeos- ha puesto en duda la capacidad de los mercados financieros para distribuir el riesgo de forma que éste se pueda calibrar claramente y conocer qué entidades lo soportan así como su fortaleza para hacer frente a los mismos. Entre otros quebraderos de cabeza, tan difícil pero previsible situación ha venido a poner en solfa, por decirlo llanamente, la capacidad de las instituciones públicas encargadas de la regulación de quienes en ellos intervienen y de las prácticas habituales en su operativa. De momento, la Reserva Federal ha tenido que olvidarse de sus tranquilizadores juicios respecto a la situación de los mercados hipotecarios, a lo que se añade que comienza en estar en tela de juicio su capacidad para analizar y valorar adecuadamente situaciones tan críticas como las que ahora se están viviendo. Por si fuera poco, a este lado del Atlántico, el venerable Banco de Inglaterra -la Old Lady- ha acaparado al parecer justas críticas por sus indecisiones a la hora de actuar en el caso del Northern Rock, una sociedad hipotecaria cuyos depositantes han hecho cola ante las ventanillas para retirar su dinero hasta que el Ministro de Hacienda aseguró públicamente que todos esos depósitos estaban garantizados -algo que un ministro de Hacienda jamás debería hacer cuando legalmente no lo están-.

En todo caso, el que el banco central americano el 18 de septiembre redujese su tipo de interés en medio punto y que casi dos semanas antes su homónimo europeo se guardase, como implícitamente había comenzado a desvelar, de subir el suyo, fue recibido con alegría por los mercados, que no se detuvieron demasiado tiempo en analizar las cuestiones de fondo que podrían convertir tales decisiones en lo que el título de este artículo anuncia. Y esas dos cuestiones, como los diez mandamientos, se resumen en dos: cuáles son las verdaderas pérdidas derivadas de la crisis iniciada en el mercado hipotecario -así como qué entidades van a sufrirlas- y, en segundo lugar, en qué medida las 'turbulencias' financieras van a afectar a unas economías que empezaban a mostrar síntomas espontáneos de fatiga.

En cuanto a lo primero nadie se atreve a hacer cálculos si bien algunas estimaciones resultan preocupantes; por ejemplo, en EE UU podría haber casi un billón de dólares en productos estructurados moviéndose en el mercado y en Inglaterra cálculos oficiales para comienzos de este año permiten sospechar que la diferencia entre créditos vivos y depósitos en los grandes bancos británicos oscilan entre el medio y el billón de euros en estos momentos. O lo que debe añadirse los casi 400.000 millones a que ascienden los riesgos anejos a los productos estructurados en hipotecas de alto riesgo y otros activos igualmente inseguros que los sistemas bancarios de la moneda común europea mantienen al parecer fuera de balance.

Nada concreto sabemos respecto a nuestros mercados pero las discrepancias en el seno de la AEB sobre un posible comunicado, las conclusiones de los responsables de la CECA sobre las futuras condiciones de los nuevos créditos y el sentido común -por no mencionar la evolución de los tipos de interés- no auguran un futuro desahogado en cuanto a la futura financiación de empresas y hogares y alimentan las especulaciones respecto a la seguridad de tal o cual entidad financiera en particular.

La cuestión es, pues, cómo y cuándo van a afectar a la economía real las restricciones crediticias que están comenzando a aflorar. Para aclarar ideas es preciso recordar que en algunos países -EE UU es el principal ejemplo- el ritmo de crecimiento había comenzado a flaquear antes del inicio de la crisis financiera mientras que en la UE algunas de sus economías veían obscurecerse sus perspectivas económicas. Es claro que el viento frío cruzará el Atlántico en dirección este, con un dólar tambaleante, y si bien la economía americana no es ya el gigante que era, sus compras en el exterior siguen siendo vitales para las exportaciones de no pocos países y sus mercados financieros gozan de una primacía incontestable. Evidentemente, en tal caso los bancos centrales pondrán en marcha sus mecanismos y contemplaremos nuevas reducciones de los tipos de interés; sin duda.

Pero la política monetaria funciona lentamente; por ejemplo, según el Banco de España, una reducción de los tipos de interés de un 1% tarda unos 3 años en traducirse en un incremento de nuestro PIB del orden de tres cuartos de punto y en una mejora del consumo privado de un poco más de medio punto. Es de suponer que algo parecido a esto es lo que tiene en mente el FMI cuando pronostica que el año que viene convendrá abrocharse los cinturones.

Raimundo Ortega. Economista