EDITORIAL

El reto de las nuevas tecnologías

El Instituto Valenciano de Investigación y la Fundación BBVA han actualizado recientemente los datos sobre la capitalización de la economía, y en ese cualificado trabajo concluyen que la mitad del stock de capital de la economía española está en inmuebles residenciales, con un apreciable incremento en los últimos años. Cierto es que la economía ha acumulado también capital en infraestructuras de transporte y comunicaciones, así como en tecnología, pese a que aún no sobrepasa el 56% de la media europea; pero tiene un preocupante sesgo hacia el atesoramiento inmobiliario residencial, cuyo recorrido productivo es francamente poco prolongado. Unos niveles y los otros, el de capital residencial, el del tecnológico y el del productivo, reflejan el modelo de crecimiento del país, en cuyo giro están empeñados, unos con más interés que otros, el Gobierno y las empresas.

Cambiar un modelo de crecimiento no es tarea de un mes, ni de un presupuesto, ni siquiera de una legislatura. Pueden indicarse señales de giro y pueden desarrollarse políticas diferentes, pero los frutos tardan en aparecer cuando el arraigo en las preferencias de la demanda es tan profundo, salvo que se haga un sobreesfuerzo en reeducar la mentalidad de la sociedad. Consciente de que las posibilidades de la industria manufacturera son limitadas, España ha apostado, al menos en el discurso, por la sociedad de la información para transformar la economía.

Sin embargo, los resultados, que han mejorado en los últimos años, no permiten ninguna euforia. Todos los indicadores sintéticos sobre el nivel que tiene España en generación y uso de las tecnologías de la información la sitúan no antes del lugar vigésimo en el mundo, cuando su PIB la coloca como la octava o novena economía del planeta. La sociedad de la información está en evolución constante, y si España pedalea, las demás sociedades también lo hacen. Sólo se avanza más pedaleando más deprisa, y no hay garantía de mejora si gasta la mitad que la UE en I+D y sólo la tercera parte de lo que desembolsa EE UU.

Además, una docena larga de países emergentes, entre ellos los de la Europa del Este, han alcanzando estándares tecnológicos superiores al español porque han quemado etapas rápidamente para saltar de la era preindustrial a la del conocimiento; han pasado, gráficamente, de un solo salto, del pasado al futuro.

Pese al retraso en generación y uso de las tecnologías, así como en la generación de patentes, los niveles formativos de los españoles son sobresalientes comparados con los de la UE. Existe, sin embargo, una constante incapacidad para transformar el conocimiento en riqueza, y es ahí donde debe producirse la transformación. La difícil conexión entre la Universidad y la empresa, el contrastado descenso del nivel de esfuerzo exigido en la educación secundaria, la pérdida de vocaciones profesionales de carácter técnico, el escaso impulso fiscal a la formación ajena al círculo e itinerario público, el desprecio por la formación de grado medio y la sobreapuesta por la universitaria deben ser superados por una reflexión meditada de Gobierno y la sociedad civil. Entre ambos han de diseñar un boceto sobre cómo debe ser la economía española dentro de una quincena de años. Y desarrollarlo con urgencia.