COLUMNA

El futuro del FMI

Este año se celebra el 60 aniversario del Fondo Monetario Internacional (FMI), y es quizás la primera vez en muchos años en que no hay una crisis inminente, ni un candidato obvio para la próxima crisis. El problema argentino se ha resuelto, al menos por ahora, Brasil se ha graduado del FMI, y Turquía presenta un cuadro macroeconómico mucho mas saneado. Los países del sur de Asia están creciendo fuertemente y han reforzado sus reservas, y Europa del Este disfruta de las ventajas de la convergencia con Europa.

Es un buen momento, por tanto, para reflexionar y plantearse el futuro del FMI. El FMI tiene tres áreas de negocio básicas: surveillance, o vigilancia (análisis de las políticas económicas de los países desarrollados), préstamos condicionales a tipos de interés elevados de asistencia a países emergentes en situaciones de crisis de balanza de pagos, y préstamos condicionales a tipo concesional para países muy pobres. En las tres áreas es lícito poner duda la sostenibilidad del modelo actual de negocio del FMI.

El valor tradicional de la surveillance del FMI radicaba en la calidad superior del análisis, el acceso privilegiado a fuentes de información y el acceso también privilegiado a las autoridades de los países. Hoy en día, la ventaja comparativa del FMI ha decaído significativamente. La calidad del análisis de mercado ha aumentado considerablemente, a medida que funcionarios del FMI se han transferido al sector privado; el acceso a bases de datos de países emergentes y la transparencia de sus políticas ha mejorado mucho, y el contacto entre los mercados y las autoridades de los países emergentes ha aumentado en calidad y en cantidad. Pero además de esta perdida relativa de valor, hay cada vez más dudas sobre la independencia del análisis del FMI, especialmente en lo que respecta a los países grandes desarrollados. Cuando los accionistas y los clientes son las mismas entidades el riesgo de conflicto de intereses es alto, sobre todo a la hora de señalar cuestiones que puedan causar problemas políticos domésticos.

Cada vez hay más dudas sobre la independencia del análisis del FMI, especialmente en lo que respecta a los países grandes desarrollados

En un momento en el cual varios de los principales riesgos para la economía mundial se encuentran en países del G7, el FMI debería poder ejercer la labor de surveillance de manera independiente, sin tener que contar con la aprobación del consejo de administración, ya que no hay riesgo financiero. Si no, la credibilidad de las opiniones del FMI será cada vez menor.

En el negocio de préstamo, el riesgo que corre el FMI es quedarse sin clientes, por dos razones fundamentales. En el área de lucha contra la pobreza, hay una corriente de pensamiento que arguye que es contraproducente otorgar préstamos a países pobres y endeudados, aunque sean a tipos muy bajos, y que esta ayuda se debería canalizar a través de ayudas a fondo perdido.

El argumento no es concluyente, pero pone en duda una de las fuentes recurrentes de financiación del FMI -y sobre todo del Banco Mundial-, los intereses de los préstamos.

En el área de asistencia en crisis de balanza de pagos, el futuro es todavía más incierto. No sólo porque las políticas de los países emergentes son cada vez mejores -lo cual indica el éxito del trabajo anterior del FMI-, sino porque la estructural actual del Fondo no es adecuada para el tamaño e interrelación de las economías y de los mercados de capitales actuales.

Los países emergentes han extraído una conclusión muy clara de las crisis de los últimos años: el coste de una crisis moderna de balanza de pagos -que típicamente implica salida masiva de capitales, depreciación de la moneda, riesgo de crisis bancaria y muy probablemente recesión- es muy alto. Por tanto, los países emergentes están adoptando políticas para asegurarse contra futuras crisis. La primera es el desarrollo intenso de los lazos económicos regionales, sobre todo en Asia, para proporcionar un ancla nominal de crecimiento que limite las fluctuaciones -el proceso de ampliación de Europa del Este es similar-. La segunda es la acumulación de reservas y la creación de mecanismos regionales de apoyo para la provisión de liquidez en momentos de crisis, por ejemplo, la iniciativa de Chiang Mai en Asia, o el ERM2 una vez que los países de Europa del Este entren en el sistema.

¿Qué significa esto? Los países emergentes están diciendo en voz alta que no confían en la capacidad del FMI de evitar una situación como la de 1997, y por tanto están buscando soluciones alternativas. Y esto sucede porque el FMI provee un mecanismo de resolución de crisis de solvencia, pero no un mecanismo de gestión de crisis de liquidez que evite que se conviertan en problemas de solvencia.

Los clientes del FMI están pidiendo a gritos un mecanismo de seguro automático, que les permita gestionar crisis transitorias de liquidez de manera rápida y eficaz, similar al mecanismo de protección de los sistemas bancarios nacionales. Dicho sistema debería tener reservas suficientes para alejar cualquier duda sobre su efectividad, y para ello haría falta modificar y aumentar de manera radical la capitalización del FMI, a través de un aumento de cuotas y del establecimiento de líneas de crédito permanentes con los Gobiernos.

Sin estas dos reformas, la independencia del proceso de surveillance y la creación de un mecanismo de seguro automático fuertemente capitalizado, el FMI corre el riesgo de convertirse en una institución obsoleta.