_
_
_
_
_
Tribuna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las tribunas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

La compra del Abbey, estímulo al modelo español

La operación de compra del banco británico Abbey National por el SCH supone la constatación de la fortaleza de nuestro sistema crediticio y la orientación de su expansión europea en el segmento de la banca minorista, que es nuestro modelo nacional, cuya eficiencia está muy por encima de los europeos. Sin petulancia alguna, hay que considerar bienvenida la iniciativa del SCH y desear que fructifique en la construcción de un gran banco minorista en la UE.

Desde agosto de 1974 en que se inició en España el fenómeno liberalizador con la ruptura del llamado statu quo bancario, se han vivido diferentes fases, bastante definidas, cuyo recordatorio sumario quizás pueda ayudar a entender iniciativas como la del Banco Santander. La primera, que va de 1974 a 1983, dominada por el crecimiento en número de bancos y oficinas que, al converger la crisis industrial de finales de los setenta y la gestión imprudente de algunos administradores, terminó en una crisis bancaria muy costosa que se llevó por delante más de 50 bancos.

En el período siguiente, que situamos entre 1983 y 1993, se producen tres fenómenos casi al unísono: gran concentración bancaria, consecuencia de la crisis anterior, desarrollo y crecimiento de las cajas de ahorros, que se convierten en un pilar básico del sistema, y la puesta en práctica de una competencia hasta entonces desconocida en materia de tipos de interés. Como estos eran altos, más de un 10%, y los márgenes eran holgados, los daños derivados de actuaciones agresivas o poco realistas fueron más limitados, pero importantes.

La época posterior a 1993 es la de la liberalización total, la culminación de fusiones de entidades, tanto bancos como cajas de ahorros, y, lo más significativo a mi juicio, la disminución progresiva de los márgenes de las cuentas de resultados por la bajada persistente y abultada del precio del dinero.

El rasgo común de esta historia que ya cumple 30 años es que ha habido reestructuraciones de envergadura, pero ninguna que haya supuesto la alteración de los objetivos fundamentales que giran alrededor del negocio minorista.

Tanto es así que el desarrollo más espectacular ha sido el de las cajas de ahorros, que de representar menos de un tercio del sistema crediticio se acercan casi a la mitad del mismo en algunas de sus actividades. Y son las cajas la expresión más genuina del negocio al por menor en el que todas las entidades, sin excepción, quieren participar, como es el caso de nuestros dos grandes bancos: el SCH y el BBVA.

Las cajas de ahorros, por su propia naturaleza y vocación territorial, no han adoptado iniciativas destacables en materia exterior y, por tanto, continúan la expansión de su negocio en el territorio nacional, con gran éxito hasta la fecha. En cambio, los grupos bancarios españoles, BBVA y SCH, han realizado ingentes inversiones en América del Sur, contribuyendo a modernizar los sistemas crediticios de diferentes países de la zona, no sin algunos tropiezos derivados de los altibajos que sacuden periódicamente al subcontinente americano.

Pero, hasta la fecha, las actuaciones en Europa habían sido limitadas quizás en parte por la presunción de que los gigantes bancarios europeos eran un hueso duro de roer.

La realidad de los últimos años, en los que hemos sido testigos de graves problemas estructurales y de gestión de bancos importantes de Francia, Italia, Alemania y el propio Reino Unido, puede haber influido en el cambio de enfoque de algunos banqueros españoles en relación con su expansión en la UE.

España tiene hoy un sistema financiero definido por su vocación minorista, con amplia red de oficinas, una por cada 1.000 habitantes, y muy bien dotado tecnológicamente, que se cuenta entre los más eficientes de la UE. Nuestro sistema es, además de solvente, bastante competitivo, como lo demuestra el hecho de que está ofreciendo a particulares y empresas los precios más bajos de la UE no solo en el crédito bancario, sino también en el hipotecario, la versión más genuina del préstamo a largo plazo. Su coste estructural es de algo menos de dos puntos sobre balances medios, con posibilidades limitadas de reducción, si se desea mantener o mejorar la calidad del servicio.

De lo expresado, parece deducirse la necesidad de organizar una expansión ordenada en mercados como los europeos, cuyos riesgos son más limitados que los de América del Sur y cuya banca autóctona se encuentra todavía por debajo de los niveles de eficiencia de la nuestra. Por eso, la iniciativa del Banco Santander merece el éxito en beneficio del propio banco y del conjunto de nuestro sistema crediticio.

Archivado En

_
_