TRIBUNA

Sangría de la economía norteamericana

El déficit de cuenta corriente es una herida abierta que sangra permanentemente a la economía norteamericana. Según datos del Departamento de Comercio (12 de marzo de 2004), aunque el déficit de cuenta corriente se haya reducido en 7.800 millones en el cuarto trimestre, durante todo el año 2003 el déficit creció en 6.100 millones, hasta llegar a 541.800 millones de dólares (dato preliminar). Esta cifra representa casi el 5% del PIB de EE UU.

La cuenta corriente resume todas las transacciones en bienes, servicios y rentas de inversión de EE UU con el extranjero, y en cierta manera es un índice de la capacidad de producción y de crear valores reales de la economía americana con respecto a otros países. Un déficit persistente en cuenta corriente implica desequilibrios macroeconómicos profundos (entre el ahorro y la inversión, por ejemplo) y una sistemática pérdida de competitividad en relación con otros países. Un déficit de cuenta corriente tan grande y tan prologando como el de EE UU tendría que deprimir el valor de su moneda en términos de las monedas de países que tienen una cuenta corriente equilibrada o con excedente, como es el caso de la UE. Los movimientos recientes del dólar con respecto a las principales monedas, y sobre todo con el euro (dejado a su suerte por el Banco Central Europeo), son el resultado de esa tendencia básica a la devaluación.

Si el dólar no se hunde, es decir, no alcanza tasas de devaluación del 40% o 50 %, es porque EE UU tienen un excedente o superávit en la cuenta financiera de la balanza de pagos. La cuenta financiera refleja las entradas del capital que llega al país para realizar inversiones reales o inversiones de cartera. Para sostener el valor de la moneda, la magnitud de los flujos de dinero tiene que ser suficiente para financiar el déficit en cuenta corriente. Es decir, que el país necesita por cada día hábil de mercado un flujo de capital extranjero por un valor de unos 2.000 millones de dólares.

Mientras llegue ese dinero, el déficit de cuenta corriente se financia sin que sufra el valor relativo de la moneda, pero en cuanto el capital extranjero flaquee, la moneda se tambaleará. No es muy aventurado ni excesivamente inteligente predecir que, si no se dan nuevas tragedias o convulsiones sociales de otro tipo, el dólar tendrá que seguir su lenta carrera a la baja, mientras no se comience a corregir la actual tendencia del déficit de cuenta corriente.

Es una situación de debilidad, coyuntural quizás, pero objetiva, de la economía norteamericana, cuyo funcionamiento depende en última instancia de la decisión de banqueros, financieros y empresarios extranjeros de adquirir activos financieros norteamericanos. El dinero extranjero podría cesar de afluir en esas cantidades si el déficit fiscal americano, causado por la recesión económica y la reducción de impuestos, no se pudiera sostener sin elevar los tipos de interés o los impuestos, algo que en un futuro no muy lejano parece inevitable.

Los déficit gemelos de cuenta corriente y fiscal nos delatan que la norteamericana es una economía demasiado vulnerable, inestable y dependiente de la benevolencia de inversores extranjeros como para sostener una política exterior agresiva, unilateral, de guerras preventivas y otras intervenciones en países lejanos, en medios sociales, religiosos y políticos que le son extraños, a un costo humano y financiero muy elevado.

Mientras los Estados Unidos de América continúan con sus aventuras imperiales, la economía se desangra y la situación se asemeja cada vez más a lo que el historiador de la ruina de los imperios Paul Kennedy denominaba imperial outstrecht, o sobre extensión imperial. Con este término el historiador se refería a una proliferación excesiva de compromisos militares, que la economía a la larga no puede sostener. Eso le sucedió al imperio español, al británico y más recientemente al imperio soviético. Si a esta circunstancia exterior se le junta el constante repliegue de la gran clase media americana en disponibilidades de empleo, servicios sociales, salarios reales y derechos civiles, que se vienen dando en los últimos años, se podrá hablar con todo derecho de la decadencia de los Estados Unidos de América, de que son un gigante con pies de barro.