COLUMNA

Veinticinco años no es nada

Dadas las fechas que corren y los aniversarios que se celebran resulta difícil sustraerse a la tentación de comparar unos cuantos datos con perspectiva de 25 años (*). De ese modo cumplimos con la Constitución y buscamos un motivo para felicitarnos las Navidades.

La primera impresión que puede sacar quien mire los datos es que, a pesar de lo mucho que nos enorgullecemos de nuestro crecimiento económico, su reflejo numérico no es tan espectacular para un país cuya sociedad ha cambiado tanto en términos de educación, sanidad, moderación de la conflictividad laboral y del comportamiento salarial, incorporación de la mujer y los jóvenes a la población activa y apertura al exterior. A pesar de todo lo anterior y de las cuantiosas subvenciones recibidas de la Unión Europea, en este cuarto de siglo nuestro crecimiento en términos de PIB solamente ha superado en un 9% al de la Unión Europea.

Gracias a la incorporación a la Comunidad Europea primero y la adhesión al euro después el crecimiento de las exportaciones ha duplicado al crecimiento del PIB. Este fenómeno ha compensado que en comparación con la media europea (Unión Europea 15) la tasa de actividad de nuestra población -en particular de las mujeres- haya sido menor, y que la productividad haya disminuido en relación con aquélla en los últimos diez años.

Que el crecimiento no haya sido mayor a pesar de los bajos niveles relativos de desarrollo de los que se partía algo debe tener que ver con que la inversión privada sea hoy del 22% del PIB, no muy distinta del 21% que era hace 25 años; o que la inversión pública apenas ha pasado del 2% al 3% del PIB.

La incapacidad para crecer más se ve reflejada en el comportamiento del paro, que ha crecido ligeramente en el periodo considerado si bien con impacto desigual entre hombres, mujeres y jóvenes. La mayor incorporación de mujeres y jóvenes al mercado laboral va en paralelo con su mayor nivel de desempleo, incluso cuando se tiene en cuenta el aumento de su participación en el mercado. Los hombres, por su parte, mantienen una tasa de desempleo similar.

Como consecuencia de ello, la tasa de empleo masculino español es equivalente a la media europea y la femenina se encuentra a 20 puntos porcentuales de distancia. Pero el empleo se ha modificado cualitativamente. En los últimos 20 años, por cada contrato indefinido registrado se inscribieron 14 temporales. Cabe pensar que este cambio haya influido en la actitud del trabajador ante el trabajo y la empresa.

La participación de la mujer en el mercado laboral tiene mucho que ver en España con su nivel de estudios y con la mayor necesidad de contar con ingresos propios para mantener a otros, como ponen de relieve los datos de la encuesta de población activa.

Por su parte, los precios, tanto de los bienes corrientes como de los activos en los que se invierten los ahorros de las familias, siguen siendo un motivo de preocupación. En estos años los precios de los bienes de consumo se han multiplicado por cinco, y el del metro cuadrado de vivienda, por siete. Nuestro IPC ha crecido un 55% más que la media europea durante todo el periodo constitucional.

Finalmente hay que recordar que hace 25 años la inversión directa que recibía España quintuplicaba la que nuestro país realizaba en el exterior. Hoy en día la segunda se encuentra próxima de la primera. Esto solamente ha sido posible tras un proceso notable de concentración empresarial, saneamiento financiero y aumento de la capacidad de endeudamiento de las empresas, esto último en buena parte favorecido por la pertenencia a la zona euro.

En fin, productividad que empeora en relación con Europa, empleo inseguro y precios volátiles. Menos mal que estamos más sanos, mejor educados y más abiertos al exterior.