COLUMNA

La ingenierías de Ángel Galíndez

Los tiempos mediáticos que se viven hacen que sólo interese el presente y que las noticias de cada día impidan ver de dónde se viene y adónde es probable que se vaya. Si a ello se añade que la mediocridad de algunos dirigentes les lleva a esconder su inseguridad íntima en alardear de vivir en el mejor momento de la historia, es comprensible que los noticiarios rebosen más propaganda que información.

E intenten hacer creer que los niveles de calidad de vida, protección social, integración europea o desarrollo de infraestructuras y servicios es fruto de lo hecho en el último lustro. Sin percatarse de que la mayoría tiene algunos lustros más y sabe que para ser una economía competitiva cuenta mucho más el saber hacer aprendido durante años que el creer que la historia empezó ayer.

De ahí que no sea ocioso recordar, y más cuando se viven vergüenzas y retrasos como los que se aprecian en el tendido de los nuevos AVE, que España lleva décadas siendo una potencia en ingeniería civil y que los servicios financieros están mucho más modernizados y en punta de lo que cabría colegir si se hace una valoración global de cómo está la sociedad de la información por estos pagos.

Pues a nadie se le escapa que una cosa es lo poco acertadas que suelen estar resultando las iniciativas públicas a la hora de promover la innovación y la difusión tecnológica, y otra muy distinta que aquí hace ya años que se sabe hacer túneles, se han hecho presas imaginativas y avanzadas y los sistemas recaudatorios y de seguridad social se han automatizado de manera excelente. Aunque para ello se haya precisado del trabajo, el cacumen y la voluntad de innumerables personas, técnicos y equipos, que han demostrado mayor sensatez y perspectivas que las que lucen algunos arrogantes mandatarios. Que bien les valdría, ahora que acaba de desaparecer una figura como la de Ángel Galíndez, en reparar en las maneras que lució siempre el ingeniero agrónomo de Abadiano.

Hoy, quizás por esa fiebre mediática a que se aludía, es posible que no haya muchos que recuerden los afanes de este personaje singular, que fue capaz de hacerse decisivo en la ejecución final de las obras civiles que definieron el sistema de presas del Duero. Y que fue, igualmente, determinante para que el Banco de Vizcaya llegase a ser el agitador bancario de los ochenta. De él se ha recordado ahora su paso por este banco, resaltando que fue el primero de los directivos que llegó a unas presidencias reservadas para las familias tradicionales y clave en cómo se fraguó la fusión con el Banco de Bilbao.

Pero lo escueto de la noticia no ha dado pie para resaltar que para que se lograse tal éxito habían sido esenciales los procedimientos de agilidad y operatividad que se habían alcanzado en su banco antes de la llegada del malogrado Pedro de Toledo. Y que rememoraban muchas de las inteligencias operativas que había aplicado en el diseño y construcción de la presa de Aldeadávila, que popularizase las secuencias finales de Doctor Zhivago, o en la no menos espectacular de Almendra-Villarino.

Ahora es posible que pocos recuerden lo que ha supuesto en la economía española el contar con un sistema como el que se construyó en los Arribes y que permitió gestionar las aguas tanto del río principal, como del Esla y del Tormes con la misma inteligencia con que el proyectista decía gerenciar sus dolencias cuando le aconsejaba a su sucesor en el banco para que cuidase su salud.

Y que haya quizá menos que estén interesados en rememorar las ingenierías que llevaron a la fusión de los bancos vascos y en los que la desaparición de uno de los copresidentes frustró una integración más rápida de culturas y eficacias. Hasta el extremo de que, cuando se lleva más la preocupación por el color de unos rótulos o por la elección de una consigna publicitaria, todavía sea posible distinguir cuál es la procedencia bancaria de cada empleado sólo con ver la diligencia y dedicación con que atienden los requerimientos de los clientes que se salen del tran tran cotidiano.

Lo cierto es que muchos de los logros que se ven hoy se fraguaron desde que gentes como Galíndez se empeñaron en repensar los cursos de los ríos o implantar procedimientos que se guiaban menos por el boato bancario que por tenacidad e innovación.

Aunque para ello tuviesen que preguntar y aprender fuera, buscar cómo captar a los mejores y más atrevidos e intentar aleccionar a los que habían escogido para sustituirles. Por ventura ahora es fácil apreciar cómo se han generalizado muchas de las capacidades operativas que escaseaban cuando el ingeniero de Iberduero hubo de aplicarse en configurar el Consorcio de Aguas de Bilbao. Lo cual hace ver el futuro con más esperanza que la que cabría deducirse de los talantes que demuestran quienes creen que las ingenierías pueden dictarse desde los despachos ministeriales, sin percatarse que hay arcillas que son refractarias a tales órdenes o que no basta con ser ministros para doblegar geologías ni se acortan plazos cuando se prefiere a los afectos antes que a los mejores.