EDITORIAL

Más inversión pública

El Gobierno se ha quedado solo defendiendo una previsión de crecimiento por encima del 2% para este año y del 3% para 2003. Ante las señales de alarma que envían las caídas sistemáticas de los indicadores adelantados de consumo e inversión, ha decidido confirmar las previsiones y no mover ficha, salvo que la guerra contra Irak se un hecho que cambie radicalmente el escenario internacional. La mayoría de los analitas de la coyuntura estiman que este año, en el mejor de los casos, la economía no crecerá más allá del 1,9%, dado que el segundo semestre se mueve con una pesadez no acostumbrada en España desde hace ya varios años. Y para el ejercicio que viene, señalan que la recuperación se consolidará si existe normalidad exterior, pero en ese caso con un aumento de PIB en torno al 2,5%, no más.

Hasta ahora la economía española ha demostrado una consistencia envidiable para generar empleo y mantener bajo control los principales desequilibrios. Ninguna de las variables parece desbordada, aunque algunas pueden alcanzar niveles de riesgo cierto. Lo que ha sido una balsa de aceite con fuerte crecimiento económico, puede convertirse en suelo resbaladizo sin él. De hecho, cuando el crecimiento ha empezado a recortarse, cuando la economía se ha quedado desnuda, empiezan a verse las carencias.

En primer lugar, la paralización de la actividad en las locomotoras mundiales (EE UU y Alemania) pone en evidencia la excesiva dependencia del entorno que sufre la economía española. Ahora se divisa con más claridad cómo el déficit cero (elemento clave en el control de los desequilibrios y artífice, por tanto, de buena parte de la financiación barata de la economía) ha resistido en parte por el sacrificio al que se ha sometido a la inversión pública. Y ahora se divisa también cómo las tensiones inflacionistas tenían la raíz más profunda de lo que se decía, puesto que persisten corregidas y aumentadas a pesar de que el consumo no crece.

Por tanto, podemos estar ante el momento de sacrificar los dogmas sagrados del equilibrio fiscal, y hacer keynesianismo de largo plazo, con un impulso a la inversión pública aprovechando el margen comparativo del que dispone España frente a Francia o Alemania. En caso contrario, España corre el riesgo de ser el único pasajero de la UE que paga el billete hacia la convergencia nominal, mientras otros viajeros más ricos como Francia y Alemania se siguen alejándose en convergencia real sin pasar el peaje del control del déficit.

Las reducciones de impuestos tienen su efecto sobre la actividad cuando la curva de crecimiento es ascendente, aunque añadan inflación. Puede que el recorte del IRPF de 2003, con un margen de crecimiento más estrecho sobre los socios europeos, únicamente ayude a recomponer el ahorro de las familias. Quizás el mejor destino de los 2.400 millones de esa rebaja fiscal sería impulsar la inversión pública no inflacionista para reanimar la actividad y aumentar el capital, el camino más corto para acortar los diferenciales de convergencia.