La atalaya

Miedo al contagio

La falta de confianza de Wall Street, provocada por los recientes escándalos contables, no ayudan a otras economías más frágiles y necesitadas de confianza que la de EE UU. Lo hemos visto en la última semana en Iberoamérica, donde empieza a instalarse una especie de fatalismo ante la posibilidad de que la crisis argentina, hasta ahora localizada en la República del Plata, pueda extenderse a sus vecinos y, especialmente, a Brasil, que parecía inmune al contagio. Uruguay se ha visto obligado a dejar flotar el peso ante la continua sangría de sus reservas, provocada por una retirada masiva de los depósitos bancarios por el temor a una congelación a la argentina de los mismos. Paraguay sufre una de las peores recesiones de su historia, agravada por los continuos rumores sobre un posible golpe contra el presidente Luis González Macchi. Y en Perú, el presidente Alejandro Toledo ha tenido que dar marcha atrás en sus planes privatizadores ante las violentas protestas.

La gran incógnita sigue siendo Brasil, la mayor economía latinoamericana. Un análisis serio de los datos económicos no debería mover a la inquietud. Como en el cine, cualquier parecido entre Brasil y Argentina es pura coincidencia. Mientras que la deuda argentina es en su mayor parte externa, la brasileña es interna. Brasil supo sacudirse a tiempo el corsé de la paridad con el dólar y dejó flotar su moneda. Y la diversificación de las exportaciones es infinitamente superior a la argentina, que sigue dependiendo de las ventas de carne y cereales. Sin embargo, los mercados están nerviosos ante la posibilidad de una victoria electoral en octubre del eterno candidato del Partido de los Trabajadores, Luiz Inácio Lula da Silva, que hasta ahora lidera los sondeos.

De nada ha servido que Lula haya prometido que, si es elegido, aplicará una política económica ortodoxa, incluido el pago de la deuda, el compromiso de mantener el superávit actual del 3,75% del PIB y la lucha contra la inflación. Ni que haya nombrado candidato a vicepresidente a uno de los hombres más ricos del país, que milita en un partido liberal-conservador. Sus antecedentes izquierdistas radicales hacen dudar a los inversores, que temen que las promesas de Lula se evaporen una vez alcanzada la presidencia. El presidente Fernando Henrique Cardoso tampoco contribuye a calmar las inquietudes de los inversores con su machacona insistencia de que Brasil se convertirá en 'otra Argentina' si el candidato de su coalición de centro-derecha, José Serra, no es elegido en octubre. Y, como a perro viejo todo se le vuelven pulgas, al secretario del Tesoro estadounidense, Paul O'Neill, no se le ocurrió otra cosa que declarar que 'la concesión de más ayudas a Brasil sería un error', afirmación que tuvo que ser inmediatamente desautorizada por la Casa Blanca.

Hasta ahora, y cuando la crisis ha amenazado sólo a Argentina, EE UU ha preferido mantenerse al margen y dejar la solución en manos de los organismos internacionales, una actitud que contrasta con la diligencia de Washington ante la crisis de México. La amenaza de extensión de la crisis al resto de Iberoamérica y, sobre todo a Brasil, puede forzar a Washington a abandonar su indiferencia porque una crisis en el hemisferio sur afectaría a todas las economías emergentes. Es previsible que presenciemos en los próximos días una mayor diligencia en las negociaciones del Fondo Monetario Internacional con Argentina y el resto de los países afectados.