TRIBUNA

De la caridad a la estrategia

Las incertidumbres que están atenazando los mercados financieros, a las que se suman las muestras cotidianas de carencias de liderazgos públicos y privados que abriesen algún resquicio a la esperanza, están llevando a preguntarse por las bondades de unos modelos económicos que hasta ayer no se cuestionaban. Ni eran sospechosos de estar cimentados en modelos de gobierno de las empresas y las instituciones tan frágiles e inadecuados como los que se aprecian por doquier.

Lo cual, aunque algunos por estos lares sigan pensando que el capitalismo es el paraíso terrenal, está llevando a los más sagaces a preguntarse cómo salir de estos atolladeros y lodazales. A los que no sólo ha contribuido el caso Enron, la crisis de las TMT (empresas de tecnología, medios y telecomunicaciones) o el desfallecimiento de ilusiones europeas, por citar algunos de los más notables fiascos.

Se duda, por tanto, de la capacidad institucional y gerencial para afrontar la gobernabilidad de sistemas que son algo más complejos que una mercería o un negociado. Pues ahora no basta con tramitar expedientes y es obligado tener unas perspectivas algo más globales y de mayor proyección temporal que las que marcan los ritmos del día a día empresarial o los calendarios electorales de un municipio.

Por lo que, como los modelos administrativos no parecen adecuarse a lo que se necesita, hace tiempo que se viene apelando a que se podrían aplicar determinados ejemplos empresariales para devolver la confianza ante tanto desconcierto público. Amén de señalarse que en un mundo zarandeado por más de una estrategia o práctica de las corporaciones no estaría de más que se empezase a asumir desde las empresas su cuota de responsabilidad en la marcha de los asuntos colectivos.

Lo malo es que a la vista de los últimos acaecidos empresariales es delicado suponer que sea desde estas esferas privadas desde las que se puedan espigar algunas recetas para recuperar la confianza en que se sabe hacia dónde se va. Máxime cuando se constata que más de un gestor no ha tenido escrúpulos para transgredir las más elementales reglas de conducta con tal de acrecentar sus retribuciones personales. O se comprueba que, en medio de esa nueva moda que son las buenas prácticas de las empresas socialmente responsables, más de una corporación trata de entender sus responsabilidades comunitarias como una mera palanca con que levantar sus alicaídas reputaciones. Creyendo, más por estulticia que por malicia, que lo de la imagen pública se mejora sólo con cumplir unos preceptos que en buena lógica ya era obligado asumir y que resulta ridículo alardear ahora con su cumplimiento.

Se asiste, por tanto, a discursos bienpensantes que insisten en que las empresas no deben explotar a la tierna infancia, no deben verter residuos tóxicos y deben preocuparse por hacer alguna buena obra de forma que sus clientes y conciudadanos se convenzan que no son capitalistas desalmados ni especuladores sacamantecas. Confundiendo así el cumplimiento de la legalidad y de unas prácticas indeclinables con un nuevo y fútil camino de santidad corporativa.

Y es que lo de la responsabilidad social no pasará de ser una moda cursi, en la que algunos líderes acabarán mostrando su mediocridad y falta de capacidad gerencial, si se queda meramente en el cumplimiento que lo que se aconseja en los numerosos códigos y libros verdes que ahora se difunden y se suscriben enfáticamente.

Sobre todo en un momento en que si se quiere entender el futuro de los negocios no queda más remedio que preocuparse por las amenazas que se ciernen sobre los mercados y, por ende, sobre los asuntos colectivos. Que de concretarse darían al traste con más de una visión estratégica que se hubiese preocupado sólo por mejorar sus productos, no contaminar los entornos físicos y no contribuir a acrecentar el conflicto social en sus dependencias.

La responsabilidad social, que es mucho más que las acciones de caridad que algunos presentan y que no son más que sucedáneos de unos nuevos roperos corporativos, tiene que ejercitarse como la responsabilidad estratégica de quienes tienen que perfilar los futuros empresariales.

A sabiendas de que éstos son imposibles de esbozarse si quienes tienen que hacerlo dan la espalda a los problemas que hacen nuestras sociedades ingobernables y que contribuyen a que los mercados tengan que jugar a la ruleta rusa a medida que los noticiarios dan cuenta de los múltiples conflictos y cuellos de botella que en aquélla se producen a diario.

Y es que para ser socialmente responsables no basta con destinar algunos excedentes a paliar las miserias de las cercanías, ni pregonar que en la cadena de valor no se han ensartado fases de explotación infantil o prácticas corruptas. Hay, además, que comprometerse con favorecer la gobernabilidad de los asuntos decisivos del mañana. Y más cuando a los políticos no les queda más tiempo que para pelear a diario con las encuestas que se encargan para saber quién seguirá mandando.