TRIBUNA

¿Hacia un después peor que el antes?

Se ha visto brutalmente que no hay baluartes de nuestra civilización invulnerables, por sólidos que parezcan.

La tragedia causada por el ataque terrorista contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono en Washington ha conmocionado al mundo entero. En ese estado de cosas es natural que las primeras reacciones obedezcan más a los ánimos consternados que a la reflexiones de la razón.

Sin embargo, cuanto mayor es el estupor que provocan acontecimientos como los del martes, mayor ha de ser la rapidez con la que los dirigentes políticos de los países democráticos pasen a encauzar los sentimientos desde la responsabilidad y mediten en común sus actuaciones para el futuro inmediato.

Tras los atentados, escuchamos demasiadas frases hechas y vimos decisiones precipitadas que alarmaron aún más a las gentes, que de por sí ya estaban suficientemente alarmadas viendo, en directo por televisión, el horror de la muerte que encarnada en esos aviones comerciales, como los que muchas de ellas cogen con frecuente normalidad, se cernía sobre los habitantes de Manhattan y los empleados del Ministerio de Defensa en la capital federal estadounidense.

Unos hablaron de guerra, casi todos de perseguir y castigar a los culpables y a sus cómplices, sin saber a ciencia cierta quiénes habían sido los responsables de tan salvajes actos.

La práctica totalidad de los Gobiernos europeos decretó estados de emergencia al tiempo que pedía tranquilidad a sus ciudadanos. Pero no se sincronizaron con la misma diligencia para cerrar los mercados bursátiles, donde los principales inversionistas desataron el pánico contagiándolo en pocos minutos a todos, medianos y pequeños, hasta provocar las fuertes pérdidas con las que terminaron todas las Bolsas la jornada del pasado martes.

En la catástrofe hicieron su agosto los especuladores, abandonaron los valores de la economía productiva, provocaron la subida del petróleo y del oro a la vez que corrían a suscribir deuda pública. En pocas horas dieron un empujón brutal a la economía mundial para llevarla de la desaceleración a la recesión. Paradójicamente, evitar ese tránsito indeseable depende en gran medida de enfoques que predominen en el campo político.

Si en lugar de combinar mejor que hasta el presente la iniciativa pública con la privada en la reorientación de las inversiones generadoras de riqueza y de empleo se da rienda suelta a los programas para el rearme -como el escudo espacial antimisiles, inútil por otra parte para evitar atentados como el sufrido- y el incremento del gasto público solamente se concentra en el capítulo de defensa, no harán más que precipitar la recesión, el desempleo y las desigualdades sociales.

Entre las frases recurrentes de estos días se ha utilizado la que marca "un antes y un después" del fatídico 11 de septiembre, apuntándose que ahora es cuando debe establecerse un "nuevo orden mundial".

Pero los ingredientes insinuados para tales cambios apenas han pasado hasta el momento de abundar en el combate firme y coordinado contra el terrorismo internacional, lo que siendo tan necesario ahora como antes puede, si no se atiende más que al impulsivo empeño de cazar al terrorista y destruir a sus cómplices reales o simplemente sospechosos de serlo, debilitar aún más la mejor vía para erradicarlo, que es la universalización de la democracia y de la justicia, minusvalorada hasta el momento y susceptible de ser definitivamente sacrificada en aras de la seguridad por encima de la libertad. Y que en lugar de coordinación nos encontremos con la asimilación del todo vale en la persecución de todo aquello que sea tildado, con o sin fundamento, de terrorismo por los poderes fácticos de cada país, ya sean chechenos en Rusia, kurdos en Turquía o palestinos en Israel, haciendo pagar a los pueblos que justamente aspiran a que se les reconozcan sus derechos por los pecadores que utilizan el terror.

Si el nuevo orden mundial, tan anhelado desde la caída del Muro de Berlín, el que iba a sustituir la bipolarización de la guerra fría por la cooperación entre las múltiples regiones del planeta, se cristaliza en aceptar un papel subsidiario respecto de una única y gran superpotencia, el después que nos espera será peor que el antes en el que vivimos todavía.

Ser complacientes con quienes prefieren la injusticia al desorden es colaborar a una entropía más acentuada, a un desorden mayor, en el tiempo y en el espacio.

Ningún ciudadano ni los poderes públicos de cualquier Estado democrático pueden regatear en estos momentos la solidaridad con el pueblo estadounidense y la colaboración con su Gobierno, pero se prestarán mejor y más eficazmente sustituyendo las relaciones jerarquizadas por la cooperación igualitaria, máxime cuando tan brutalmente se ha demostrado que no hay baluartes de nuestra civilización invulnerables, por muy sólidos que parecieran.

Derrotar al terrorismo no se limita a detener y castigar a los terroristas de cada lugar tras cada uno de sus crímenes, es lograr que la ciudadanía de esos mismos lugares se sienta tan afectada por la acción terrorista como sus víctimas inmediatas, que el verbo atentar se entienda en todo el mundo como el más opuesto a luchar y que en cualquier causa por la que se luche destierren como a su principal enemigo a quienes la esgriman en vano atentando contra la humanidad.

Ese es un reto para la política antes que para la milicia, porque primar la política entraña el esfuerzo por desarrollar la inteligencia de los seres humanos para superar sus conflictos, mientras que el recurso a las armas siempre ha sido inducido por la necedad de alguna parte de la humanidad que acaba convirtiendo los problemas en desastres.