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A fondo
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Las tribulaciones, para nada, del Brexit

Demasiado bien librados han salido los británicos del arrebato cuasi-xenófobo-antieuropeísta del 2016

Juan Ignacio Crespo
Boris Johnson y David Cameron
Los ex primeros ministros de Reino Unido Boris Johnson (izquierda) y David Cameron, en una imagen de archivo.Peter Macdiarmid ( GETTY IMAGES )

Desde que los británicos votaron mayoritariamente en favor de su salida de la Unión Europea, el Reino Unido ha pasado por las mismas vicisitudes que los demás (desde la pandemia hasta la subida de los tipos de interés que, en su caso, están en el 5,25% para el tipo de referencia del Banco de Inglaterra) y otras añadidas que les han sido específicas y consecuencia de aquella malhadada decisión.

De tal forma que, si la mayoría de los países desarrollados han tenido una recesión en los ocho años transcurridos desde entonces (la provocada por los confinamientos diversos que afectaron a todos en mayor o menor medida) en el caso de Reino Unido las recesiones han sido dos, ya que hay que añadir la del segundo semestre de 2023 (+0,1% en el conjunto del año) de la que están saliendo débilmente, a juzgar por el 0,3% de expansión en tasa anual de su PIB en el primer trimestre de 2024.

Y, como las desgracias nunca vienen solas, a esas desdichas hay que añadir una que se está olvidando con mucha rapidez (a pesar de que se produjo hace menos de dos años) y que provocó la dimisión de su primera ministra de entonces, Liz Truss. Se trata de la crisis financiera más importante sucedida desde la afamada de 2008, ya que puso en riesgo grave el sistema privado de pensiones del Reino Unido. Y, con sus 425.000 millones de libras esterlinas en pérdidas en octubre de 2022, también hizo peligrar la estabilidad del sistema financiero mundial. Todo por el caos interno del partido de los conservadores británicos y su consiguiente falta de capacidad para crear opinión, tanto política como económica.

Demasiado bien librados han salido los británicos del arrebato cuasi-xenófobo-antieuropeísta que afectó a la mayoría de los votantes con ocasión del referéndum de 2016. Una xenofobia selectiva antieuropea de lo más curiosa, en un país donde la población inmigrante de sus antiguas colonias ha alcanzado grandes proporciones. Hasta donde yo sé, no se ha estudiado mucho el fenómeno, aunque sí que hubo hace tres años una encuesta nacional bastante clarificadora sobre la “evidencia de la igualdad”. En la encuesta participaron 14.000 personas y fue llevada a cabo por profesores de la Universidad de St Andrews, de Manchester, y del King’s College de Londres. Los resultados se recogieron en un libro titulado Racismo y desigualdad étnica en tiempo de crisis.

Alguno de los resultados fue sorprendente porque no respondía a lo que habitualmente suele entenderse por racismo y xenofobia. Por ejemplo, los irlandeses sufren comportamientos discriminatorios con más frecuencia (41%) que los inmigrantes procedentes de países africanos o de Pakistán, India, China u otros asiáticos (entre el 30% y el 40%). También son más discriminados los gitanos (62%), judíos (58%) y mulatos (48%). Y menos, aunque bastante (20%) los europeos del este. El “fontanero polaco” es el ejemplo al uso…

El problema no parece, por tanto, y contra lo que cabría esperar, que sea exactamente una cuestión de gente blanca o gente de color. Por eso resulta tan difícil de entender desde fuera del Reino Unido (suponiendo que dentro de él sean capaces de entenderlo mejor…).

Quienes asustados por la pérdida de identidad nacional votaron en favor de la salida de la Unión Europea han visto sus expectativas defraudadas, ya que muchos de los argumentos que se utilizaron en la propaganda antieuropea se han revelado falsos (eso sí que fueron fake news y “fango fango”, aún por popularizar entonces) aunque no había necesidad de que pasaran ocho años para saber que esa propaganda era manifiestamente falsa.

En cualquier caso, los resultados de largo plazo van a ser especialmente descorazonadores: una pérdida de 4% de productividad de la economía británica; una disminución del comercio del Reino Unido de un 15% (tanto en exportaciones como en importaciones) respecto al que sería su nivel esperado si el Brexit no se hubiera producido; la evidencia de que los tratados individuales de libre comercio de Reino Unido con otros países tras salir de la Unión no han conseguido ventajas mayores que las que ya tenía dentro de la Unión Europea (una excepción podría ser el firmado con Australia que, según la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria añadirá un exiguo 0,1% de PIB en el largo plazo) y, finalmente, una vuelta al punto de partida en un aspecto fundamental: la dependencia comercial de quien por cercanía y grado de desarrollo económico era y sigue siendo su principal contraparte, la Unión Europea.

Justo antes de que se produjera la votación del Brexit las importaciones británicas de productos europeos superaban con mucho las exportaciones. De ahí que el déficit por cuenta corriente del Reino Unido alcanzara el 6,4% del PIB.

Entre los años 2016 y 2019 esa situación mejoró hasta ser del 2,05%. Después, la pandemia, el período de transición y la evolución de los precios de la energía no permiten una explicación totalmente convincente de lo sucedido, pero el caso es que la tendencia se ha invertido y en 2023 ese déficit volvía al 6,3% del PIB británico. Después ha mejorado algo.

Es decir, un viaje en el que, con un comportamiento relativo peor del volumen de comercio de lo que hubiera sido dentro de la Unión (y el empobrecimiento que eso comporta) ha dejado el déficit por cuenta corriente como porcentaje del PIB casi en el mismo nivel que antes del Brexit.

Para ese viaje no se necesitaban alforjas. ¡Suerte al nuevo Gobierno!

Juan Ignacio Crespo es economista y estadístico del Estado.

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