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Breakingviews
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Las grietas francesas dejan al descubierto el desorden de la casa fiscal italiana

Su sobresaliente crecimiento se debe a unos enormes créditos fiscales para reformar edificios, que habrá que pagar

gobierno italia
Mario Draghi, el 13 febrero de 2021, recibiendo el testigo como nuevo primer ministro de Giuseppe Conte, en el Palacio Chigi de Roma (Italia).FILIPPO ATTILI HANDOUT (EFE)

La apuesta electoral del presidente francés, Emmanuel Macron, está echando por tierra la labor de reducción de la deuda de Giorgia Meloni. Los inversores temen que un inminente cambio de Gobierno en París pueda agravar los problemas presupuestarios de Francia. En la vecina Italia, la casa fiscal ya cruje debido al despilfarro en créditos fiscales. Con la ralentización del crecimiento y el probable caos político de Francia, la tregua de los mercados con Roma podría acabar.

A la primera ministra italiana, Meloni, le gusta recordar a los votantes que el niño problemático de la zona euro ha crecido más rápido que la media europea. La líder posfascista llegó al poder en octubre de 2022, y el PIB de Italia creció un 4% en 2022 y un 0,9% en 2023. Está por encima del crecimiento económico medio del 3,4% y el 0,4%, respectivamente, de los 20 países de la zona euro. Los 27 miembros de la UE crecieron a niveles similares a estos.

A primera vista, es un logro notable. Después de todo, la dependencia de Italia del gas importado la dejó tambaleándose tras la crisis de la energía que siguió a la invasión de Ucrania en febrero de 2022. Y la expansión económica anual del país había sido sistemáticamente inferior a la media de sus homólogos durante la década anterior, salvo por un gran repunte posterior a la pandemia, en 2021.

La triste verdad, como explicó el FMI el 20 de mayo tras una visita al país, es que el aparente milagro económico de Roma se debió en gran medida a los extravagantes incentivos fiscales lanzados en 2020 por el Gobierno de izquierdas de Giuseppe Conte. En el marco del llamado plan Superbonus, Roma se comprometió a cubrir el 110% del coste de las mejoras destinadas a hacer los edificios más eficientes desde el punto de vista energético. Otro proyecto ofrecía incentivos fiscales por valor del 90% del coste de arreglar las fachadas. Pese a las claras señales de alarma, el sucesor de Conte, Mario Draghi, expresidente del BCE, no anuló el plan.

Dadas sus generosas condiciones, no es de extrañar que los incentivos se hicieran inmensamente populares. En abril de 2023, el ministro de Economía, Giancarlo Giorgetti, admitió que el coste total de los incentivos a la construcción se había disparado hasta los 219.000 millones de euros, casi el 10% del PIB, y mucho más que los casi 35.000 millones estimados inicialmente por el Gobierno de Conte para el Superbonus. Esto se debe en parte a que los dueños de viviendas tenían pocos incentivos para negociar precios más bajos con los contratistas. Los créditos fiscales también desencadenaron un bum de la construcción. En 2021 y 2022, el sector creció un 20,6% y un 10,7% respectivamente, con diferencia el crecimiento más rápido de cualquier componente del PIB del país, según los datos oficiales.

Meloni ha tardado en abordar el problema. Las desgravaciones fiscales desaparecerán a finales de 2025, pero la factura de semejante generosidad fiscal se pagará durante años. Debido a la caída de los ingresos fiscales y al menor crecimiento, la deuda del país, que aumentó en más de 100.000 millones hasta casi 3 billones en 2023, alcanzará casi el 140% del PIB en 2026, frente al 137% de 2023, prevé el Gobierno. Esta cifra contrasta con el nivel de deuda de Francia, algo superior al 110% del PIB el año pasado, cuando Italia registró la segunda mayor deuda en términos de PIB después de Grecia. Con más del 7% del PIB, el déficit de Italia en 2023 era proporcionalmente el mayor de la UE e incumplía las nuevas normas fiscales. Roma, al igual que París, se enfrenta ahora a un “procedimiento de déficit excesivo” oficial de la UE y tendrá que mostrar a Bruselas cómo planea reducir tanto su déficit como su deuda.

Hasta hace poco, los inversores internacionales habían prestado escasa atención al costoso embellecimiento de las fachadas italianas, que se produjo a expensas de servicios públicos como escuelas y hospitales o de medidas para canalizar el dinamismo en el osificado sector empresarial. Esto se debe principalmente a que Meloni presentó su propia fachada embellecida, mostrando un firme compromiso con la OTAN y enterrando su anterior retórica contra el euro.

Pero las turbulencias francesas pueden poner a prueba las credenciales económicas de Meloni al reavivar el escepticismo de los inversores. Antes de las elecciones europeas, el diferencial entre el retorno de la deuda pública alemana e italiana a diez años –un indicador clave de la ansiedad del mercado en torno a las finanzas de Roma– rondaba los 130 puntos básicos, su nivel más bajo en más de dos años y muy por debajo de la marca de 300 puntos básicos que desató la preocupación de los inversores en el pasado. Sin embargo, desde la sorprendente decisión de Macron de adelantar elecciones, esa diferencia ha subido a unos 150 puntos básicos.

Incluso con un panorama empeorado, Italia tiene algunas cartas por jugar. La eliminación progresiva de los incentivos fiscales se producirá justo cuando el país está poniendo en marcha unos 200.000 millones en subvenciones y préstamos de los fondos europeos de recuperación para la pandemia. El grueso del dinero, destinado en su mayor parte a proyectos de infraestructura y construcción, debe estar totalmente desembolsado para mediados de 2026 y ayudará a levantar la economía, aunque la magnitud de ese impulso es difícil de cuantificar.

Esto significa que Meloni tiene quizá un periodo de gracia de dos años para intentar invertir el rumbo. No será fácil. En el lado positivo, una caída gradual de los tipos de interés de la zona euro, tras el primer recorte del BCE del día 6, reducirá los pagos de intereses de la deuda del país, que alcanzaron el 3,76% de media el año pasado, los más altos desde la crisis de 2008. Pero esos beneficios se reducirán si la preocupación de los inversores por el contagio de Francia al resto de Europa empuja al alza los retornos de los bonos italianos. La inflación, que ha incrementado el PIB nominal de Italia y, por tanto, ha reducido la ratio de deuda, también está retrocediendo desde sus recientes máximos, lo que hace más ardua la tarea de Giorgetti.

Meloni ha descartado medidas de austeridad impopulares como subir impuestos. Pero ya le está costando encontrar los cerca de 20.000 millones anuales necesarios para prorrogar los recortes fiscales a los ciudadanos de rentas bajas y medias que introdujo en 2023. Recurrir a una serie de amnistías fiscales, como tiende a hacer su Gobierno, o vender parte del capital de empresas controladas por el Estado, como hizo en mayo con Eni, podría recaudar hasta un 1% del PIB. Pero no son respuestas a largo plazo a los problemas de deuda y crecimiento.

Por supuesto, las reformas vinculadas al despliegue de los fondos europeos pueden hacer a Italia más competitiva y menos burocrática con el tiempo, ayudando a impulsar el crecimiento, dicen los economistas. Pero factores como el envejecimiento, la baja fertilidad y la disminución de la mano de obra pueden contrarrestar ese efecto positivo, sobre todo mientras el país siga oponiéndose firmemente a acoger inmigrantes.

El afán rehabilitador de Roma ha dejado, por desgracia, una desordenada casa fiscal justo cuando crece la incertidumbre política en Europa. Si Meloni tarda en afrontar el reto de la deuda, los inversores podrían empezar a notar las grietas que aparecen en la nueva fachada de Italia.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías

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