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El Foco
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Del miedo a la exuberancia financiera en solo once meses

Los abultados beneficios bancarios han servido para exorcizar el fantasma de otra crisis, lo cual es razón suficiente para celebrarlos

Christine Lagarde
La presidenta del Banco Central Europeo (BCE), Christine Lagarde.RONALD WITTEK (EFE)

Pudiera creerse que desde 2020 vivimos una etapa dickensiana de la historia, la llamada permacrisis, palabra del año en 2023. Por momentos pareciera como si el pandemónium de los fantasmas de las navidades pasadas volviera a visitarnos. Pandemia, guerra en Europa, y, más concretamente, en economía, recesión durante el Covid, crisis energética del gas a la electricidad, o inflación.

Con esos precedentes, no debe extrañar que hace escasamente un año, concretamente once meses, todas las alarmas se encendieran ante el riesgo de una nueva crisis financiera. Recordemos que en pocos días quebraron tres bancos estadounidenses, inicialmente el Signature Bank y el Silvergate Bank, y poco después, el Silicon Valley, a la vez que se desplomaban las acciones de otros muchos, como los First Republic, Western Alliance o el Pacific West. Crisis financiera que parecía de nuevo potencialmente contagiosa con la quiebra en Europa del Credit Suisse.

Aunque cada banco arrastraba sus particulares dolencias, todas se agravaron por la brusca pérdida del valor de sus carteras de bonos del tesoro, tras las múltiples y rápidas subidas de los tipos de interés, que depreciaban de facto los bonos emitidos con anterioridad por su menor rentabilidad. Lo que les acabó complicando el normal acceso a la liquidez mediante la desinversión de la cartera de bonos ante una brusca salida de depósitos.

Con los funestos precedentes de la crisis financiera anterior, Biden pronunció una frase, de capital importancia y rápida efectividad, “let me also assure you (…) we will do whatever is needed”. Pero que, por su falta de originalidad, es complicado que pase a los anales de citas de la historia económica, dadas las obvias similitudes con la que Mario Draghi pronunció en 2012 (“the ECB is ready to do whatever it takes”). La relevante diferencia entre ambas es que Biden, con la experiencia de Draghi, solo tardó tres días en pronunciarla tras la quiebra del Silicon Valley, mientras que Draghi lo hizo cuatro años después de la caída de Lehman Brothers.

Rápidamente, la Reserva Federal arbitró un generoso programa de financiación bancaria que permanecerá abierto hasta el próximo marzo. Según The Economist, una máquina de dinero gratis que permite a los bancos obtener dinero en función del valor nominal de los bonos, y, en el último cuatrimestre, ingresos sin riesgo por arbitraje, a medida que los tipos de interés de mercado han ido descontando las esperadas próximas rebajas de tipos.

Y esa extremada rapidez en actuar es la principal razón de que hoy, menos de un año después, el miedo haya sido sustituido por la exuberancia de los abultados beneficios bancarios. Nuevo epicentro de la conversación económica, en este caso, sobre la racionalidad económica y hasta ética de los mismos. Debate que nos define como una sociedad con creciente desconfianza sobre las retribuciones excepcionales, ya sea de empresas o personas. Como el famoso plan de retribuciones, recientemente frenado una jueza, de 56.000 millones de dólares de Elon Musk en Tesla para, según su junta directiva, motivarle a alcanzar objetivos audaces.

Sin entrar en las ya ampliamente señaladas y casi consensuadas causas de estos beneficios bancarios extraordinarios, pero aceptando que una parte de los mismos son caídos del cielo por las actuaciones de los bancos centrales y, por tanto, ajenos a la propia gestión de las entidades financieras, lo que es indiscutible es que también tienen un aspecto positivo, ya que nos muestran un sistema bancario robusto que parece alejar el frío miedo del invierno pasado.

Ya que, a diferencia de la frase de Biden, más controvertido sería el comunicado conjunto que en esos días emitieron la secretaria del Tesoro, Janet Yellen, el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, y el de la Corporación Federal de Seguro de Depósitos (FDIC, por sus siglas en inglés). En dicho comunicado, por dos veces, se aseguraba que los rescates bancarios saldrían gratis a los contribuyentes norteamericanos. Pero si algo sabe la ciudadanía española es que, dichos rescates, por mucho énfasis que pongan los políticos de turno en negarlo, pueden acabar siendo tremendamente onerosos para las arcas públicas.

De hecho, hoy conocemos que el coste del rescate bancario español fue desproporcionado. Eurostat los cifró en 74.000 millones de euros, factura que está lejos de estar cerrada si tenemos en cuenta que la malograda Sareb sigue perdiendo más de 1.000 millones al año. Cifras a las que debemos sumar el más difícil de cuantificar sufrimiento social proveniente del mayor rigor financiero, en forma de duros recortes, a los que nos sometió la troika por solicitar el rescate bancario, o la brutal reconversión del sector, que ha destruido más de 150.000 empleos desde entonces, facilitando que las entidades hayan evitado entrar en una guerra de depósitos, retribuyéndolos por debajo de la media europea, lo que también ha impulsado estos abultados beneficios.

Por lo que, aunque solo hayan servido estos beneficios para exorcizar el fantasma de una próxima nueva crisis financiera patria, sería razón suficiente para celebrarlos. Más aún, cuando fuera de nuestras fronteras, hemos vivido en los últimos días nuevas turbulencias financieras, como las provocadas por los decepcionantes resultados del New York Community Bankcorp y el japonés Aozora Bank o, en otro orden de magnitud, los del Deutsche Bank. O, con resonancias locales, como las del nuevo Irangate, en un mundo hackeado donde el secreto bancario ya no es lo que era.

Aunque dicha celebración sería más dichosa si nuestras entidades financieras, conocedoras de esos resultados desde hace meses, hubieran acompañado su presentación con otros anuncios que mostraran que comprenden y comparten las nuevas sensibilidades sociales. Por ejemplo, sobre reducción de las comisiones, refuerzo de la obra social y de los planes de educación financiera o de nuevas condiciones, más laxas, para que más familias puedan acudir al plan de rescate hipotecario. Medidas que ayudarían a reverdecer el imprescindible e indisoluble vínculo entre una sociedad y su sector financiero.

José Ignacio Castillo Manzano es catedrático de Economía de la Universidad de Sevilla

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