2026: un mercado a 3 temperaturas
La geopolítica, la IA y la elevada deuda pública marcan la evolución del entorno en el que se desarrolla la realidad económica este año


Los principios de año son siempre momentos de revisión de carteras. La mayoría de los inversores se afanan en descifrar las señales del mercado para posicionar las carteras de la mejor manera posible. El inversor, entre muchas otras cosas, hoy debe prestar especial atención a tres factores que marcan la evolución del entorno en el que se desarrolla la realidad económica y la condicionan: la geopolítica, la IA y la elevada deuda.
La geopolítica: Donald Trump acaba de cumplir su primer año de su segundo mandato. Un mandato en el que se le podrán achacar muchas cosas, menos la inactividad. Su arranque ha sido frenético. El número de órdenes ejecutivas emitidas ha superado ampliamente las 200. Casi una por día laboral. Para que nos hagamos una idea, Biden, Obama y Bush no alcanzan las 50 de media en su primer año de mandato.
La política exterior de EE UU ha dado un vuelco. No se discrimina entre amigos y enemigos. La nueva administración “hace grande América otra vez”…enemistándose con sus aliados. ¿Quién nos iba a decir que Groenlandia podría generar una disputa entre Europa y EE UU en la que tuviese que mediar la OTAN?
Pero no solo es Trump. Rusia, China y Oriente Medio siguen haciendo que el nuevo orden mundial a día de hoy solo sea un gran desorden mundial. Y cuando los equilibrios globales se alteran, no suelen arreglarse ni rápido ni sin conflictos. Tanto comerciales como armados. Los baches que estamos viviendo son el principio del camino, no el final.
La IA es una revolución tecnológica que cambiará todo o casi todo. Las expectativas son enormes. Los analistas esperan mucho. Y eso suele ser un mal comienzo. Las nuevas aplicaciones de la tecnología están llamadas a incrementar la productividad de las compañías y sus beneficios. Pero lo harán principalmente a través de la reducción de puestos de trabajo, cambiando la estructura del mercado laboral.
De pequeños pensábamos que la tecnología evolucionaría para liberarnos de las tareas manuales y de esta manera aumentaría nuestro tiempo para otras tareas con mayor componente intelectual o artístico. Con cierta pesadumbre constatamos que la tecnología nos desplaza de las tareas con un mayor componente intelectual, para dirigirnos hacia los trabajos manuales.
En cualquier caso, el inversor debe vigilar de cerca la contribución real de la inteligencia artificial al incremento de los beneficios empresariales y al crecimiento económico global. La semana pasada el Fondo Monetario Internacional en su “World Economic Outlook Update 2026” nos alertaba de que una parte del crecimiento esperado viene precisamente de ese aumento de la productividad.
Por último, pero quizá más importante, la deuda. En 1992 se celebraron los Juegos Olímpicos de Barcelona. Pero también ese mismo año se fijaron los criterios de convergencia de Maastricht, que forzaban a los países que querían embarcarse en la moneda única a no superar un endeudamiento del 60% sobre el PIB y limitaba el déficit al 3%. Hoy esos niveles de equilibrio financiero parecen insultantemente austeros. La mayoría de los países desarrollados supera el 100% de deuda sobre PIB (124% en EE UU o 113% en Francia). Lo que es más alarmante: siguen añadiendo deuda incluso en épocas de crecimiento económico.
Parece que la deuda se ha convertido en un capital perpetuo en el que sólo hay que pagar intereses y nunca hay que preocuparse de devolver el principal. Eso funciona mientras te refinancian los vencimientos. Pero dar por hecho que siempre te van a refinanciar es un tanto imprudente. Recordemos que la deuda es el talón de Aquiles de países, compañías y familias.
El mercado global de renta variable hoy se cocina a tres temperaturas. Hay una parte caliente o incluso hirviendo: La Inteligencia artificial y su entorno echan chispas. Las valoraciones y las expectativas son exageradamente altas. ¿Burbuja? Sin duda. Y más grande que la de las puntocom, de 2000. La internet cambió el mundo pero arruinó a muchos inversores (¿Recuerdan Terra?).
La inteligencia artificial cambiará el mundo y también arruinará a muchos inversores que confunden el cambio tecnológico con expectativas de rentabilidad. Pero no solo la tecnología está caliente. Los bancos por ejemplo, se han comportado muy bien. En los últimos tres años han más que duplicado de media. Pero ahora cotizan a unos múltiplos exigentes sobre unos beneficios que asumen la continuidad de un margen de intermediación alto y una tasa de morosidad históricamente baja. Y cuando los bancos van bien, van muy bien. Pero cuando van mal… que se lo pregunten a los que invirtieron en 2008 que todavía hoy no han recuperado su inversión. O el sector defensa. Animado por la situación geopolítica, ha atraído mucho capital. Ahora las expectativas de incremento de gasto tienen que cumplirse. ¿De dónde saldrá el dinero?
En el otro extremo, nos encontramos con sectores fríos, en los que se combinan momentos de debilidad cíclica con retos estructurales del sector. Por ejemplo, el sector del automóvil. La transición al vehículo eléctrico (y su regulación en Europa), los cambios en los patrones de comportamiento de las nuevas generaciones (ya no es tan importante tener coche) o la entrada de nuevos competidores chinos. Y además llegan los aranceles. Pocas cadenas de montaje tan globales como la del automóvil y por lo tanto, tan expuesta.
Este pesimismo lleva a valoraciones muy bajas que pueden ser una gran oportunidad para el inversor que es capaz de aguantar las malas noticias. Y no sólo en autos. También en el sector químico (han vivido su propia tormenta perfecta) o en construcción en el norte de Europa donde las expectativas son tan bajas que las inversiones son atractivas. Si la tesis de inversión pivota sobre si se volverán a construir casas o no en algún momento, parece que no es muy difícil acertar.
Además de la zona caliente y fría, el mercado también ofrece zonas templadas en las que las compañías evolucionan en momentos más o menos dulces o más o menos amargos de su propio ciclo, pero que no captan la atención de los mercados. Son muchas compañías y algunas de ellas buenas, sin deuda y a precios razonables. Sectores industriales o de consumo de los que merece la pena no olvidarse.
Invertir en sectores calientes puede resultar atractivo como concepto, e incluso lucrativo en el corto plazo. Pero estas historias suelen tener final amargo. En el otro extremo, invertir en la zona fría puede ser muy rentable pero nos puede hacer el viaje más incómodo. Lo que no significa que no haya que aprovechar algunas oportunidades, pero siempre con prudencia. Pero no nos olvidemos nunca de la gran zona templada del mercado en la que podemos adquirir compañías para formar la espina dorsal de una cartera.
La elevada deuda seguirá empujando al alza la inflación, que se combate con activos reales como la renta variable. Es la manera de defender nuestro ahorro. Pero debemos ser siempre prudentes, y hoy más que nunca. Despacio y buena letra para conseguir buenas rentabilidades a largo plazo. Invertir bien consiste en evitar grandes errores.
Gustavo Trillo es consejero delegado de Panza Capital