Bosque de Matasnos, vino de Ribera sostenible que se cría abrazado a los árboles
La bodega trabaja a 950 metros de altitud, en Peñaranda de Duero. Vendió 300.000 botellas el año pasado y prevé facturar cuatro millones de euros en 2026
El 12 de octubre de 2008, Jaime Postigo celebra en familia el cumpleaños de su madre. La homenajeada se le acerca y le pregunta: “¿Crees que has acertado?”. Una helada acaba de arrasar la segunda cosecha del viñedo que el hijo compró en 2007 –unos días antes, por cierto, de que quebrara Lehman Brothers–. La primera tampoco había salido, por una plaga de topillos.
Los cultivos se encuentran en Peñaranda de Duero (Burgos), en las Tierras Altas de Ribera del Duero, a una altura tan límite (950 metros) que a su alrededor no hay ninguna otra bodega de envergadura enfocada a vinos de calidad como la que quiere montar él. La pregunta de una señora castellana con la cabeza muy bien amueblada tiene todo el sentido del mundo. El interpelado responde: “El tiempo nos dará o quitará la razón”. Se la dio. Bodega Bosque de Matasnos prevé terminar 2026 con cuatro millones de euros facturados.
Jaime Postigo, el CEO y fundador, que viene de una familia segoviana con empresas agroalimentarias, quería producir vino, después de que un primo hubiera probado con éxito en el negocio. Visitó varias zonas, de España y de Portugal, hasta que quedó impresionado por la “belleza maltratada” de la finca Bosque de Matasnos. “Fue un flechazo”, declara: 240 hectáreas en total, 80 degradadas por décadas de agricultura intensiva, rodeando 160 hectáreas de cultivo, la mayoría de cereal.
Cuando empezó la producción, en esta isla entre árboles apenas subsistían cuatro hectáreas de viñedo. Entonces vinieron los topillos, que combatió con matarratas –“un grandísimo error”, reconoce ahora–. A continuación, la helada. En medio, los corzos desayunaban los brotes verdes de las vides. A esas alturas, ya había comprendido que era la naturaleza la que mandaba. “No llegué a Bosque de Matasnos con la idea de un proyecto sostenible, sino para ganarme la vida”, asegura, sin pretender romantizar nada. “Pero resulta difícil lograrlo si no eres capaz de trabajar a favor y no en contra de la naturaleza”, defiende.
Impulsó la reintroducción de aves rapaces autóctonas, enemigas naturales de las plagas; instaló colmenas, para que las abejas polinizaran; puso en marcha su proyecto de ganadería ecológica y biodiversidad, con un rebaño de 200 ovejas churras que pastan libres por la finca en primavera y verano, limpian el sotobosque y fertilizan el terreno con su estiércol. Las 50 hectáreas actuales de cereal –certificado en ecológico, al igual que el viñedo– les dan de comer durante el invierno; también a corzos y jabalíes, para evitar que devoren los pámpanos.
Escenario piloto
La bodega ha sido elegida como escenario demostrativo piloto del proyecto europeo Life Climawin, que busca mitigar el cambio climático en el sector vinícola y cuenta con la colaboración del CSIC, se enorgullece Postigo en conversación telefónica desde Málaga, donde ha viajado por negocios.
La entrevista empezó hace más de 20 minutos, y apenas ha entrado aún en la actividad principal de Bosque de Matasnos. Al CEO le parece importante explicar primero el territorio, que, de alguna manera, queda embotellado, indisolublemente unido al zumo de uva fermentado. “La piel de la uva es permeable a los aromas del entorno”, recuerda. Dicen los entendidos que sus caldos evocan a monte, encina, lavanda y sabina, y que son potentes y frescos por su cría en altura.
Motor social de un territorio rural
Empleo. La explotación vitivinícola emplea a 24 trabajadores y a entre 30 y 50 operarios de campo, encargados de las labores de poda, abonado o vendimia, durante prácticamente todo el año. “Son familias que no se van, población que se fija al medio”, subraya Jaime Postigo, fundador y CEO de la bodega.
Más negocios. Al calor del éxito de Bosque de Matasnos están llegando otras bodegas a la zona, con más propuestas. “Somos un motor social del territorio”, valora Postigo, que saluda la inauguración, este mismo verano, de un hotel de cinco estrellas con restaurante gastronómico –Castilla Termal Palacio de Avellaneda– en un antiguo palacio renacentista de Peñaranda de Duero.
“Comprar una finca a tanta altura tuvo un punto de arrogancia, fruto del desconocimiento”, cuenta Postigo. En una zona de enorme contraste térmico entre el día y la noche, el porcentaje promedio de pérdida de producción ronda el 25%. No todas sus referencias –tres bajo la Denominación de Origen (DO) Ribera del Duero; otras tres bajo la IGP (Indicación Geográfica Protegida) Vino de la Tierra de Castilla y León– logran salir todos los años; depende de las condiciones climáticas.
“El año pasado no perdimos nada; en 2024, el 70%”, incide. “No es motivo de alegría, y tratamos de evitarlo, pero es verdad que, cuando produces menos, la uva es más completa y rica, y eso le da valor añadido”, arguye. Ayuda a su calidad una vendimia a mano y un cribado de la uva también manual; los vinos se forjan en una fermentación lenta, con levaduras autóctonas; en todo momento se mantiene una cadena de frío muy estricta.
Centro de enoturismo
En 2011, Bosque de Matasnos sacó 30.000 botellas (de la cosecha de 2009, la primera que prosperó). En 2025 fueron 300.000. Esta multiplicación por diez ha sido posible porque ahora hay 74 hectáreas de viñedo: 60 dentro del anillo de fronda y otras 10 de ejemplares muy viejos, en parcelas externas. En 2024, tras años de alquiler, inauguró su propia bodega: autosuficiente, con paneles fotovoltaicos, mimetizada con su entorno y diseñada para convertirse en un gran centro de enoturismo sostenible.
Las actividades enoturísticas arrancaron en 2020, con la pandemia, como una línea de negocio que aún pesa poco en el global de las cuentas (un 5% del total de facturación), pero que, con los años, será uno de los pilares de la empresa, a juicio de Postigo. “Es una escapada maravillosa, con naturaleza y animales, muy cerca de Madrid, para familias o eventos de empresa”, la describe.
Sus planes pasan por seguir plantando viñedo, hasta llegar a las 120 hectáreas y las 500.000 botellas anuales. Y por aumentar su oferta enoturística, incluyendo alojamiento en casitas de madera en el bosque, como la que él mismo tiene y disfruta con su mujer y sus hijos, para “vivir nuestro romance con el lugar”. Dos noches antes de la charla se encontraba en ella, y vio un autillo en una parra gigante que crece al lado, ojo avizor para cazar topillos. Recordó lo lejos que quedaba ya el matarratas. “El bosque se expresa, lo hueles, lo escuchas, lo sientes”, reflexiona. No queda claro si fue Postigo quien eligió al bosque, o si fue el bosque el que eligió a Postigo.
El viaje de ida y vuelta por el mundo
Bodega Bosque de Matasnos comenzó mirando el mercado nacional. “Un vino con nombre raro, de precio medio-alto [unos 40 euros en tienda, 70 euros en restaurante]… Nos miraban como si estuviéramos locos”, lamenta Jaime Postigo. No encontraron demasiada cabida ni en la hostelería ni en la distribución patria, así que tuvieron que hacer las maletas.
La marca se presentó en Shanghái, en El Patio –exclusivo restaurante de cocina española ubicado en una histórica villa colonial francesa–. Y después voló a Sídney, en Australia. “La internacionalización fue una herramienta de supervivencia”, insiste el CEO. Pero funcionó tan bien que, en 2017, exportaba a 16 países y sacaba fuera de España el 25% de su producción. “Podríamos haber seguido por ahí, y llegado al 100% de exportación si hubiésemos querido”, asegura Postigo. Pero vieron que el mercado nacional empezaba a apreciar los vinos de esta bodega y decidieron apostar por él. En los últimos años se ha ido revertiendo la tendencia. “Actualmente estamos en un 10% de exportación y un 90% para la demanda doméstica”, calcula. “La internacionalización es muy bonita, pero hay que desplazarse por todo el mundo”, se sincera. No obstante, y ahora que la idea es aumentar la producción, “volvemos a mirar más hacia fuera de nuevo”, anuncia.
La bodega ha ganado reconocimiento dentro de España como la más sostenible de Europa, y se considera embajadora de un nuevo estilo de hacer viticultura y enología. Se ha convertido en un referente de sostenibilidad y calidad dentro de la DO Ribera del Duero. Su cosecha de 2026 será la número 20. “Hemos pasado la fase del acné; ya no somos adolescentes”, bromea Postigo. Puede contar su historia, lo que fue y lo que es, con la seguridad que da haber sido capaz de sobrevivir a plagas y errores. Cuando termine de plantar viñedo, el proyecto estará ya maduro, “incluso tendrá alguna cana”, añade con sorna. Tanto que “podremos mirar al pasado hasta con un pelín de suficiencia”, concluye.