El insomnio quita el sueño a la economía: cada año se pierden 12.000 millones en España por la menor productividad
Este trastorno provoca disminución del rendimiento laboral, absentismo y accidentes de tráfico. Se ha convertido en un problema de salud pública, con un alto coste para el sistema sanitario


Celia B. S. no tuvo grandes sofocos durante su menopausia pero, como contrapartida, experimentó cambios de humor y, sobre todo, comenzó a dormir mal. “Me despertaba cada dos horas”, declara esta farmacéutica de Guipúzcoa, de 62 años que prefiere no dar su apellido. Recuerda con especial pavor las noches tropicales del verano pasado, cuando aún no tenía aire acondicionado en casa: “Me levantaba arrastrada y con dolor de cabeza”.
“Dormir es un proceso de enfriamiento”, incide el catedrático Alfredo Rodríguez, experto en salud laboral y sueño. A partir de que el termómetro supere los 20 grados, el cuerpo tiene más dificultades para disipar calor y el sueño se vuelve más superficial, fragmentado y menos reparador. “Cuesta más quedarse dormido, aumentan los despertares nocturnos y disminuye el tiempo que pasamos en las fases más profundas del sueño”, describe. El calor, al alza por el cambio climático, ejerce de factor agravante de un trastorno también al alza.
“En España, casi una de cada dos personas presenta síntomas de insomnio”, recoge la Alianza por el Sueño, plataforma colaborativa que reúne a sociedades científicas, asociaciones de pacientes, investigadores, profesionales y empresas. Cuando se presentan datos sobre esta afección, se suelen destacar sus repercusiones físicas y mentales, la merma de bienestar.
Pero, con motivo del Día Mundial del Sueño 2026, celebrado el 13 de marzo, la Alianza por el Sueño quiso poner el foco en su alto coste económico y sanitario. El estudio internacional Carga social y económica del insomnio en adultos, publicado en 2023 por Rand Europe, advierte de que en España se pierden cada año unos 12.000 millones de euros (el 0,82% del PIB) por la caída de productividad derivada de “este problema de salud pública”.
Los trabajadores que han dormido poco y mal tienen más riesgo de cometer errores, tomar peores decisiones y sufrir accidentes. Conducir somnoliento o cansado provoca entre el 15% y el 30% de todos los accidentes de tráfico que se producen en España, según la Dirección General de Tráfico (DGT).
Una afección muy común
Dentro de los trastornos del sueño, el insomnio es, junto con la apnea, la patología más común. Si se padece durante más de tres días a la semana, por espacio de más de tres meses, y afecta a la vida cotidiana, se le considera crónico; se asocia a entre 11 y 18 días de absentismo al año, y a una pérdida general de productividad de entre 44 y 54 días, según información recopilada por la Alianza por el Sueño. “Se trata de una enfermedad que trasciende lo individual y afecta a todos los ámbitos”, remacha su portavoz, Lorenzo Armenteros, miembro del grupo de trabajo de Salud Mental de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG).
“Es motivo de baja o incapacidad laboral temporal”, respalda Ginés Sabater, vicepresidente de la asociación de pacientes y familiares Asenarco. “La baja no se concede por la mera etiqueta diagnóstica, sino cuando el cuadro clínico incapacita temporalmente para realizar el trabajo habitual, y la persona necesita asistencia sanitaria”, aclara. Aquí se valora la gravedad, la repercusión diurna, el tipo de puesto y los riesgos, tanto para el trabajador como para terceros. Un 67% de quienes consultaron su caso a la asociación, para pedir una incapacidad temporal, cumplían estos criterios; de ellos, todos la consiguieron.
Los problemas de sueño de Celia B. S. derivaron en insomnio crónico, que afectaba a su vida personal y familiar. En el trabajo aguantaba el tipo. “Siempre he sido muy activa”, se define. Y cuando notaba que la mente se le nublaba, se marchaba a casa, por responsabilidad. Podía permitírselo porque tiene farmacia propia, y plantilla para atenderla. No quiere ni imaginarse qué habría sido de ella de ser asalariada o encontrarse sola al frente de su negocio.
A unos 300 kilómetros al este, en Zaragoza, Jesús Gállego representa otro colectivo vulnerable: el de los trabajadores a turnos. Durante 16 años alternó su empleo como vigilante con una segunda ocupación, lo que reducía su tiempo de descanso al mínimo. Ahogaba las señales de su cuerpo, pidiendo dormir, atiborrándose a cafés, y fumando. Era la única manera de mantenerse despierto delante de una pantalla de vigilancia. “Mi reloj biológico está alterado”, asume Jesús, que acaba de jubilarse, a los 65, y refiere una disminución en su capacidad de atención y concentración, con más olvidos, errores, ansiedad, irritabilidad, y una menor tolerancia al estrés.
El trabajo a turnos o el climaterio femenino son solo dos factores de riesgo. Hay muchos más: el estrés y la incertidumbre laboral; la ansiedad y la depresión; las jornadas largas, los horarios irregulares y la disponibilidad permanente; la hiperconexión digital y el uso nocturno de pantallas; menor actividad física; tareas de cuidados; dolor y patologías crónicas; envejecimiento; consumo de estimulantes, alcohol o determinados fármacos. “Vemos un círculo vicioso: la persona teme no dormir, aumenta su activación y termina consolidando el insomnio”, señala Sabater.
“Es una de las enfermedades más caras, no tanto por lo que cuesta tratarla, sino por lo que cuesta ignorarla”, determina Rodríguez. Observa que las empresas comienzan a tomar conciencia, pero les pide que asuman el reto en toda su magnitud, con las infinitas derivadas que implica. La falta de sueño provoca absentismo pero, sobre todo, presentismo: el trabajador no abandona su puesto, pero tampoco rinde lo que debiera. También afecta al liderazgo. “Está demostrado que los directivos que duermen mal son peores líderes, más reactivos, y peor valorados”, establece. Tienen más papeletas para cometer errores estratégicos, perderse a la hora de priorizar las tareas o no ser buenos mediadores en la resolución de conflictos, insiste.

Más recursos asistenciales
El experto subraya que no tratar adecuadamente los problemas para dormir repercute, asimismo, en el sistema sanitario, puesto que los afectados consumen más recursos asistenciales. “Realizan más consultas médicas, utilizan más servicios especializados y presentan una mayor probabilidad de desarrollar patologías como depresión, ansiedad, hipertensión, enfermedad cardiovascular, obesidad o diabetes tipo 2”, constata.
Sabater reconoce el esfuerzo de muchos profesionales, pero denuncia que el abordaje del insomnio sigue siendo desigual y, con frecuencia, tardío. En su opinión, la falta de formación específica, de coordinación y del tiempo disponible en consulta aboca a reducir un problema complejo en “una receta rápida, sin evaluar su cronicidad, causas, comorbilidades, horarios, consumo de sustancias o repercusión laboral”. Reclama la creación de circuitos claros de derivación a unidades de sueño.
Ainhoa Álvarez, presidenta de la Sociedad Española del Sueño y neurofisióloga clínica de la Unidad del Sueño de la OSI Araba, atiende perfiles de todas las edades, incluidos niños y adolescentes. Considera que actualmente se detectan más trastornos del sueño, primero, porque hay más. “Quizás nuestro estilo de vida no sea el más adecuado para dormir”, plantea. Pero, además, porque existe una mayor conciencia social sobre la importancia biológica de dormir, así como diagnósticos más afinados, que hacen aflorar casos que antes pasaban por debajo del radar. “El insomnio crónico se puede curar”, anima. Sin embargo, el déficit de psicólogos en el sistema sanitario limita el acceso a la terapia cognitivo-conductual (TCC), que es el tratamiento más eficaz, el de primera línea.

Fármacos y terapias
Asenarco exige un acceso equitativo a la TCC, “presencial, grupal o digital supervisada”. No demoniza los fármacos, pero tampoco aprueba “convertirlos en la única respuesta, mantenerlos sin revisión o no ofrecer alternativas eficaces”. En concreto, las benzodiacepinas se han convertido en el recurso habitual para que el paciente duerma. En teoría, se recetan para tratamientos cortos debido a sus efectos secundarios, pero en la práctica, es frecuente que su uso se prolongue, trayendo consigo deterioro de la memoria y la atención, mayor riesgo de caídas (especialmente en personas mayores), dependencia y adicción.
El gasto anual en España de este medicamento psicotrópico supera los 100 millones anuales, calcula la Alianza por el Sueño. En este punto, Armenteros comenta la aparición en el mercado de fármacos de nueva generación, que han demostrado buenos resultados, y pueden ser una alternativa.
Celia B. S. nunca quiso tomar benzodiacepinas. Su médico de familia le recetó uno de esos medicamentos alternativos apuntados por el doctor Armenteros, y a ella le ha ido bien. “Ahora duermo de un tirón”, dice entusiasmada. Jesús trata de poner en hora su reloj circadiano, a golpe de higiene del sueño: mantiene horarios fijos para acostarse y levantarse; se expone a la luz solar durante el día; realiza ejercicio físico regular (a veces es tan simple como no coger el coche o el ascensor innecesariamente); y evita la cafeína y el alcohol –en su caso un vino– cuando le queda poco para irse a la cama. Tiene claro que si la situación persiste, pedirá ayuda médica.
La Alianza por el Sueño llevó dos talleres del sueño al último congreso nacional de la SEMG, celebrado en junio. En ellos compartió pautas para aplicar una terapia cognitivo-conductual adaptada a la atención primaria. Dentro de su labor de concienciación y prevención, trabaja con los servicios médicos de las empresas para educar en la higiene del sueño. Cómo llevar a cabo una respiración diafragmática, qué hacer después de 20 minutos dando vueltas en la cama y sin dormir.
La entidad defiende que este capítulo debería formar parte de la política de salud laboral corporativa “Hay compañías de mucho calado en el país que le están dando mucha importancia a este aspecto; este año y el que viene lo iremos comunicando”, adelanta sin querer desvelar nada más. Sabater reclama campañas de prevención desde la escuela. “Dormir no es un lujo ni una debilidad; es una función biológica esencial y una cuestión de salud y seguridad”, reivindica.

Qué hacer (y qué no) para dormir mejor
Pantallas fuera. Los dispositivos electrónicos (del televisor al móvil pasando por la tablet) han de quedarse fuera del dormitorio durante la noche. “No solo por las luces que emiten sino por el estímulo permanente que suponen”, concreta Ainhoa Álvarez, presidenta de la Sociedad Española del Sueño. Las duchas vespertinas, con agua templada, no fría, porque el cuerpo reacciona y se calienta. Se debe evitar hacer deporte muy tarde, porque activa, y cenar copiosamente, “aunque tampoco acostarse con hambre”, acota. La doctora aconseja realizar actividades relajantes a medida en que avanza la tarde y se acerca la hora de dormir. Como practicar mindfulness o, simplemente, hablar tranquilamente con la familia sobre cómo ha ido el día.
Salud laboral. Asenarco propone evaluar fatiga y riesgo psicosocial en el ámbito laboral, diseñar mejor los turnos, respetar la desconexión y los descansos, facilitar adaptaciones temporales, así como una reincorporación progresiva, cuando sea necesario.
Publicidad engañosa. La Sociedad Española de Neurología (SEN) advierte sobre el creciente aumento de productos y servicios, sin validez médica ni eficacia probada, dirigidos a personas con insomnio: suplementos, pastillas naturales, aerosoles, infusiones, almohadas, antifaces, dispositivos electrónicos, gafas, lámparas o incluso retiros de fin de semana. “Utilizar este tipo de remedios para los problemas del sueño retrasa la búsqueda de ayuda médica adecuada e incluso puede empeorar los síntomas y favorecer su cronificación”, alerta la sociedad médica. En 2022, solo los remedios para dormir de farmacia, sin receta, obtuvieron unas ventas de más de 130 millones de euros en España, informa.
Restar tiempo al descanso. Según datos de la SEN, más del 60% de los jóvenes en España reconoce restar tiempo al descanso para dedicarlo a actividades de ocio u otros intereses. “Siempre le estamos quitando tiempo al sueño para hacer otras cosas”, lamenta Álvarez. “No perdemos el tiempo cuando dormimos; estamos limpiando el cerebro. El sueño es vida”, recalca.