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Las piedras y los peces

Muchos profesionales sanitarios fueron Antígona durante la pandemia al saltarse las normas fijadas por los protocolos que establecían que los enfermos debían morir solos

Portada de Antígona
Portada de Antígona

Dicen que el hombre es el único animal capaz de tropezarse dos veces con la misma piedra. Si eso es cierto –y me temo que sí–, no sé de dónde nos viene la soberbia de considerarnos tan superiores a cualquier otra especie. A veces me pregunto de qué nos sirve tanta supuesta inteligencia si, con esta memoria de pez, la experiencia parece servirnos de bien poco. Es el segundo verano de normalidad. Hace apenas un año y medio íbamos todavía con mascarillas y nos parecía imposible que volviéramos a volar sin llevar la boca tapada. Y, en cambio, mirad, ya ni siquiera hay que llevarla en las farmacias ni en los hospitales. Todo lo que creíamos que no llegaría, ha llegado, y, como todo, ha pasado rápido.

Ahora que es agosto y tenemos tiempo de mirar atrás de forma reposada, me pregunto: ¿cuántas cosas parecíamos haber aprendido de la dura experiencia de la pandemia, cosas que creíamos inolvidables, pero que ahora parecen haber caído en el olvido? Recuerdo que, durante los primeros meses del Covid, centenares o miles de científicos, opinadores y expertos de distintos ámbitos se aventuraban a vaticinar qué cambios perdurarían: consumiremos menos, dejaremos de llevar vidas tan superfluas, nos centraremos en lo importante, priorizaremos las relaciones por encima de lo material, viajaremos menos, no trabajaremos tanto, no nos olvidaremos de disfrutar, blablablá. La pandemia sería un antes y un después.

Sinopsis

La tragedia de Sófocles se basa en el mito de la Antigua Grecia y narra la lucha de Antígona por honrar a su fallecido hermano Polinices, al que el rey Creonte prohíbe enterrar por ser considerado un traidor de la patria.

Para que algo cambie tiene que haber varios niveles de interés que lo propicien. El consumo no bajará porque a nadie le interesa que baje. Una vez se reduzca el efecto de la pandemia, volveremos a consumir absurdamente. Eso era lo que yo pensaba y decía. En cambio, estaba segura de que algo no tendría vuelta atrás: el teletrabajo. Ahí sí que veo que este cambio permanecerá porque le interesa a todo el mundo: a los trabajadores, porque se ahorran horas inútiles de desplazamiento que pueden estar con las familias; a las empresas, porque reducen alquileres astronómicos y grandes facturas de la luz; a los Gobiernos, porque resolvemos el problema de la contaminación; a la naturaleza (que en teoría nos importa a todos), porque puede rebrotar y revivir a niveles inauditos. El teletrabajo parecía ser lo más lógico, racional y beneficioso para todos.

Cuando las empresas empezaron a reclamar que sus trabajadores volvieran a las oficinas no podía dar crédito. Habían demostrado que trabajaban al mismo nivel desde casa que desde la oficina. No sé si las mismas horas, pero sí con los mismos resultados. Sin embargo, desde hace un año, se empezó a instalar el discurso de la desconfianza y el descrédito: “Los trabajadores en casa no hacen nada, se aprovechan de la situación, no trabajan, hay que tenerles en la oficina para asegurar de que no abusan ni se duermen en los laureles”. Y digo: menuda imagen tenemos de nosotros mismos y de nuestros semejantes, qué tristeza. Puedo comprar la idea de que es valioso ir algunos días a la oficina por el sentimiento de pertenencia, por las dinámicas de equipo, para poder ver a tus compañeros… pero ¿volver a la oficina porque si no, no hacemos nada? ¿Qué clase de población adulta se supone que somos? ¿Nos hemos olvidado de los beneficios que reportó a todos los niveles –individuales, sociales, ambientales– el teletrabajo? ¿Qué clase de amnesia tenemos?

Viendo esto, viendo cómo lo único que creía que no podía cambiar, que no podíamos olvidar, también ha cambiado, y que lo nuestro es la memoria de pez, ¿recuerdas lo que has leído al principio del artículo?, estos días he recordado las lecturas que fueron importantes para mí en la pandemia. Aparte de La peste de Camus, que todos releímos sin dar crédito a la vida que recobraba ese texto en 2020, un libro que me resonó fue la tragedia de Sófocles: Antígona. En la famosa tragedia griega, nos encontramos a Creonte, el tirano, que asume el reinado de Tebas a raíz de la muerte de los dos legítimos herederos del trono, los hijos de Edipo: Eteocles y Polinices. Ambos hermanos murieron en la batalla, uno en manos del otro. Eteocles defendiendo su trono en Tebas; Polinices intentando recuperar el trono que en teoría le tocaba ostentar en años alternos, según había pactado con su hermano. Una vez asumido el cargo, Creonte ordena que a Eteocles se le entierre de tal forma que obtenga el respeto de los difuntos; mientras que a Polinices exige que no se le entierre ni se le hagan los honores, que se le deje sin tumba, cual comida ofrecida a los pájaros y los perros. Creonte anuncia que a quien se atreva a desobedecer esta orden le espera la pena de muerte y una lapidación en medio de la ciudad. A pesar de esa cruel amenaza, Antígona, hermana de ambos, cuando escucha la orden del nuevo rey Creonte, decide que va a desobedecerla para ofrecer a su hermano Polinices un entierro digno, algo que en la cultura griega de la época era de suma importancia para cualquier persona. Antígona no teme la muerte que le traerá esa desobediencia, sino que siente que morirá orgullosa y que su deber está más con los de abajo (los muertos) que con los de arriba (los vivos). Da la impresión que no concibe permitir que su hermano sea comido por los pájaros, deshonrado, envilecido. Siente que las leyes eternas e inmutables así lo establecen, en oposición a las normas temporales de Creonte.

¿Qué absurdos estamos obedeciendo hoy que siguen el capricho de determinados jefes o gobernantes?

¿Qué nos enseñó Antígona en 2020? Durante los primeros meses de la pandemia, miles de personas tuvieron que morir solas, sin poder despedirse de sus seres queridos, sin poder sostener una mano amorosa en su tránsito. Así lo habían determinado los protocolos gubernamentales, la ley. A todo contagiado sin remedio le tocaría una muerte indigna. En esos tiempos, algunos enfermeros, algunos médicos decidieron desobedecer la norma y permitir que, en contra de lo establecido por el Gobierno, las personas enfermas pudieran morir acompañadas. Con su gesto cuidadoso, permitieron una de las cosas más importantes para la vida de cualquiera: morir acompañado, poder despedirse.

Al releer hoy un clásico tan importante como Antígona, al recordar el testimonio de algunos profesionales médicos que en pandemia fueron Antígona, y viendo el olvido sistémico ante el que estamos sumidos, me pregunto: ¿qué absurdos estamos obedeciendo hoy que siguen el capricho de determinados jefes o gobernantes y que se olvidan de las leyes inmutables, las de la naturaleza? Tanto que hablamos de la importancia del pensamiento crítico: ¿en qué medida estamos verdaderamente contribuyendo a educar a unos jóvenes, o a unos trabajadores, para que sean capaces de desarrollar su criterio y proponer acciones que, más allá de la convención, nos eleven por encima de lo mundano y nos alineen con objetivos a largo plazo que nos incumben a todos? No se preocupen que en un par de horas nos habremos olvidado… Me voy a la playa, que el calor está empañando la pantalla.

Sira Abenoza es profesora del departamento de Sociedad, Política y Sostenibilidad de Esade.

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