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Pedro Pérez-Llorca: “No soy partidario de imponer restricciones a las inversiones extranjeras”

El despacho busca adentrarse en el mercado lusófono con la apertura de una oficina en Lisboa. El socio director del bufete se muestra pesimista con el panorama político y critica el decreto ‘antiopas’

Pedro Pérez-Llorca, socio director del despacho Pérez-Llorca.
Pedro Pérez-Llorca, socio director del despacho Pérez-Llorca.Pablo Monge

El retrato de José Pedro Pérez-Llorca, uno de los siete padres de la Constitución, cuelga de la sala en la que habla su hijo y actual socio director del gran bufete que lleva el apellido familiar. Pedro Pérez-Llorca (Madrid, 1968) es experto en el campo de las fusiones y adquisiciones y ha asesorado en algunas de las principales opas del mercado español en los últimos 25 años, entre ellas las de Endesa, Abertis, Cortefiel, Naturgy o Mediaset, así como en procesos de privatización y salidas a Bolsa. Bajo su batuta, el despacho ha experimentado un importante crecimiento a nivel de negocio, con una facturación de 112,8 millones de euros en 2022, y se encuentra en pleno proceso de expansión internacional.

Pregunta: ¿Cuáles son los principales vectores de crecimiento del despacho?

Respuesta: El despacho está en un momento muy bueno. Hemos ganado una dimensión importante en España, somos en torno a 500 personas, lo cual nos permite ya hacer todo el trabajo que queríamos hacer y tenemos muy buenos equipos en todas las prácticas que queríamos desarrollar. En los últimos años, lo que hemos hecho es invertir en nuestra red internacional. Hemos abierto una oficina en Bruselas, que es algo que probablemente deberíamos haber hecho antes; una pequeña oficina en Singapur, para desarrollar negocio en esa zona de Asia Pacífico, donde están pasando cosas interesantísimas; y en Londres y Nueva York, que ya teníamos oficina, hemos aumentado la capacidad. Recientemente, anunciamos que vamos a abrir una oficina en Lisboa, que es un cambio importante porque lo que pretendemos es tener un buen equipo, con buena dimensión y competir en el mercado portugués con una oferta propia.

P: ¿El proyecto en Lisboa tiene la mirada puesta también en Brasil y Latinoamérica?

R: La idea es trabajar bien todo el mundo lusófono. En Portugal están pasando cosas muy interesantes, es un país que va muy bien, y en algunas cosas son parecidos a España. Igual que aquí, que hemos tenido el influjo de la comunidad latinoamericana para estudiar, para vivir y también para desarrollar empresas, eso está pasando allí con Brasil. Además, Lisboa tiene una conexión muy buena con los mercados lusófonos en África, donde hay un negocio interesante que hacer infraestructuras.

P: ¿Hay algún área del despacho que planee reforzar de forma destacada?

R: En el mercado siempre hay cosas que reforzar. Hay prácticas que van agotando su capacidad de crecimiento y hay otras que se les ve mucho recorrido. El mercado español ha ido evolucionando y dentro de 10 años el trabajo en campos como las opas o las salidas a Bolsa quizá van a tener menos volumen porque hay un fenómeno de concentración de los mercados financieros en Europa. Por contra, hay otros campos que siempre han sido importantes y yo creo que lo van a ser más, por ejemplo, el fiscal. Luego está el área de las nuevas tecnologías y todos los problemas y oportunidades que surgen a las empresas en ese campo.

P: Sorprende que hable de movimiento de concentración porque la nota general es que el mercado común ha dado menos operaciones transfronterizas de las que se podían esperar.

R: Esa es una gran pregunta que se le puede hacer al proyecto europeo, pues uno de los pilares es defender la competencia. Cuenta con una legislación puntera en control de concentraciones, con unas autoridades del máximo nivel que son exigentes e intervienen en los procesos de concentración de empresas. Y la calidad técnica de esas autoridades nadie la pone en cuestión. Pero el resultado es que Europa es un mercado de enanos, no tenemos en muchos sectores grandes compañías. El tamaño de las compañías no está a la altura del tamaño del mercado y, sobre todo, no está a la altura de los competidores extraeuropeos. A mí me parece un examen de conciencia importante: si ese resultado era el buscado o no era el buscado.

P: La última operación e inversión de STC en Telefónica ha provocado muchos recelos en el Gobierno. ¿Los comparte?

R: No soy partidario de las restricciones a la inversión extranjera. No me parece que sea el camino. El camino es impulsar el crecimiento de las empresas, facilitar que Europa sea un mercado único. Tampoco soy partidario de las contradicciones. Una empresa que cotiza es una compañía en la que, por definición, se compran y se venden las participaciones en el capital con libertad. Es un poco imposible tener una compañía cotizada y un control férreo de quién compra y quién vende.

P: ¿Ni siquiera en sectores estratégicos?

R: Estratégico es una palabra muy grande. Es muy fácil de decir, pero si se va a intervenir administrativamente en algo, hay que hacerlo con arreglo a criterios tasados. Me parece que la normativa de inversiones extranjeras no está en eso. Es un poco hija del derecho de la competencia, que es también un derecho poco jurídico, consistente en: “Usted, venga y pregunte, y ya lo veremos”.

P: ¿Quiere decir que hay demasiado espacio para la discrecionalidad?

R: Demasiado espacio para la discrecionalidad sobre cuándo hay que notificar y cuándo no. Todo eso es muy vago. Esto es un fenómeno malo, van surgiendo campos de intervención administrativa en cada país, y no me parece un buen camino porque suprime la certeza sobre lo que se puede hacer y lo que no. Alarga también los plazos que transcurren entre la firma de una operación y la ejecución final de esa operación. Ya estamos en más de un año y en muchos casos durante ese año pasan muchas cosas.

P: ¿Ve justificación al llamado escudo ‘antiopas’?

R: A mí no me gusta. En particular, no entiendo las restricciones a empresas europeas. Veo una contradicción enorme. Montamos un mercado único, quere­mos tener empresas cotizadas y desconfiamos de los inversores de los propios Estados miembros. Veo una contradicción y no solo pasa en España. Quizá algunas de las restricciones en España se hayan alzado porque existen las restricciones correspondientes en otros Estados miembros. Pero en su conjunto, no entiendo muy bien a dónde vamos con esto.

Europa es un mercado de enanos, no tenemos en muchos sectores grandes compañías. El tamaño de las compañías no está a la altura del tamaño del mercado y, sobre todo, no está a la altura de los competidores extraeuropeos.

P: El caso del cambio de sede de Ferrovial a Países Bajos ha abierto un debate, ¿sabe si hay más multinacionales planteándose esto?

R: Yo creo que ya estaba antes. No es tanto que las empresas españolas decidan que puede ser más conveniente tener el domicilio en otro país. Es, sobre todo, si se quiere montar ahora una empresa, si se enfrenta a la salida a Bolsa, se mira si el mercado idóneo para cotizar es Madrid o es Ámsterdam o Londres o el Nasdaq. Ahí es donde está la gran pérdida de oportunidades y eso ya venía pasando. No hay más que mirar el número de opas, de salidas a Bolsa en España, que va en declive. Hay menos compañías cotizadas y valen menos dinero.

P: ¿Qué se puede hacer entonces para atraer inversores, atraer capital a España?

R: Se pueden hacer bastantes cosas. La primera es política institucional. El nivel de debate que tenemos no ayuda, no hace de España un país atractivo. Es verdad que el inversor no está mirando el debate en el Congreso, pero yo creo que eso cala. Luego, la mejora de la fiscalidad, porque las decisiones de inversión funcionan mucho por dinero. Y está la demografía. Si piensas que España va a tener un crecimiento de población, el crecimiento económico se va a impulsar. Por el contrario, con una demografía en declive, quizá se invierta menos, porque cada vez va a haber menos gente y cada vez más mayores.

P: ¿Cree que la inestabilidad política puede pasar factura?

R: Yo creo que sí afecta. Por ejemplo, que nosotros estemos, por primera vez, abriendo una oficina en el país vecino no se puede desligar de cómo vemos las perspectivas en el nuestro.

P: Como jurista, ¿qué opina de la potencial amnistía que se va a negociar para los encausados del procés de Cataluña?

R: Mi intuición es que no es potencial, sino que va a ocurrir. Yo soy contrario. Me parece que hay unos mimbres bastante claros para afirmar la inconstitucionalidad y que no va a servir de nada porque va a facilitar la investidura, pero no va a facilitar un Gobierno operativo. Y luego, moralmente, creo que hay dos elementos muy importantes. Uno es la contradicción. El Partido Socialista, a través de diversas personas, ha dicho qué no se podía y qué no se debía, lo que son unas declaraciones bastante vinculantes éticamente. Y después está lo que llamamos sinalagma, que es una palabra que utilizamos en derecho para señalar el carácter bilateral de las cosas, es decir, yo no te concedo la amnistía porque me parezca que es lo conveniente, yo te la concedo para que me votes. Y los sinalagmas, a veces, vician las decisiones. Es aventurado decirlo, pero yo creo que no se debería hacer y en esa medida deseo que las encuestas mejoren para el PSOE, para que no se haga.

P: ¿Quiere decir que igual se animarían a una repetición electoral?

R: Sí. También vivimos en un país muy raro, en el que el grado de animadversión entre izquierda y derecha es difícilmente explicable. La democracia española tiene dos ciclos. Uno va desde, más o menos, 1978 hasta la crisis financiera, con la Constitución, la OTAN, la Unión Europea, y en el plano empresarial, las grandes empresas que tenemos, de las que estamos tan orgullosos, por lo menos yo, casi todo se hizo en esos años. Fue un ciclo brillantísimo. Y otro va del 2007, desde la crisis financiera, hasta aquí, que no hemos hecho gran cosa, ni política ni empresarialmente.

P: Y respecto al mundo de la empresa, ¿por qué no han salido los gigantes que aparecieron en décadas anteriores?

R: Supongo que ha habido gente muy talentosa que ha seguido administrando esos gigantes que se crearon y que están dedicados a eso y lo están haciendo muy bien. Pero no ha salido una generación de personas que hagan el próximo Telefónica, el próximo Inditex, el próximo Iberdrola o el próximo Santander. Creo que nuestra generación hemos ganado más dinero que nuestros padres, pero el trabajo que le hemos hecho al país es sustancialmente peor.

La España de los 60 millones de habitantes

Pedro Pérez-Llorca asegura que su despacho aún no ha tenido dificultades para encontrar perfiles de abogados, como ocurre en otros sectores, como la educación o la sanidad, pero tiene la convicción de que más pronto que tarde se topará con ello, debido al problema demográfico que vive España. “La pirámide demográfica española, y de muchos países de nuestro entorno, está invertida. En cada generación hay menos gente, entonces necesariamente nos tendrá que resultar más difícil”, explica.

Para el abogado, una de las soluciones a esta situación es el fomento de las políticas de inmigración. Así, apuesta fuertemente por el proyecto de “la España de los 60 millones”. “Si nos subiésemos a ese proyecto, estaríamos todos encantados, empezando por los de la España vacía”, destaca. 

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