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El Foco
Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

Y a pesar de todo, el nuevo año ya está aquí

La capacidad de las empresas para superar las adversidades se subestima, aunque la historia está llena de ejemplos que demuestran lo contrario

El rito simbólico de cambio de año siempre llama al balance de lo realizado y a la generación de expectativas y pronósticos, y en esa práctica es habitual encontrar la consabida disyuntiva entre pesimistas y optimistas. Los primeros encontrarán en el último informe del Banco de España los datos que respaldan la idea del escaso margen de mejora de la economía; en definitiva, que las cosas están mal y van a seguir empeorando.

Los optimistas por su parte pueden leer las últimas declaraciones de Elon Musk en las que habla de la peor manera posible del futuro de su compañía; unas palabras que podrían estar cerca de lo ilegal, pero que, a pesar del daño real que causan al activo, animan a pensar que en esa empresa queda todo por mejorar si antes no se desvanece entre los humos que a Musk le gusta exhalar.

A las puertas de una recesión de pronóstico breve y, según los bancos centrales, necesaria, se produce un estado de ánimo (el animal spirits de Keynes) muy perjudicial para la economía, las personas y las empresas. Es en este tipo de situaciones donde el pesimismo encuentra el campo abonado para crecer. La profesora de la Harvard Business School, Teresa Amabile, ha demostrado que lo que motiva a las personas es la convicción de que progresan. Los ejecutivos que toman en serio ese hallazgo saben que lo mejor que pueden hacer por sus empleados es ofrecer eventos catalizadores y alentadores que permitan que los proyectos avancen y, al mismo tiempo, eliminar los obstáculos y los eventos tóxicos que los frenan.

Para que opere el principio del progreso el trabajo debe ser significativo, es decir, tener sentido para quien lo realiza. Una conocida historia de Steve Jobs cuenta que en 1983 trató de convencer a John Sculley para que dejara una carrera de éxito en PepsiCo para convertirse en el nuevo CEO de Apple. Jobs le preguntó: ¿Quieres pasar el resto de tu vida vendiendo agua azucarada o te gustaría tener la oportunidad de cambiar el mundo? Con ese argumento Jobs recurrió a una potente fuerza psicológica: el deseo muy arraigado en el ser humano de realizar un trabajo significativo.

Sin embargo, el pesimismo está mejor considerado que la visión optimista, al menos desde los tiempos de John Stuart Mill, que opinaba que: “no es el hombre que mantiene la esperanza cuando otros desesperan, sino el hombre que desespera cuando otros tienen esperanza, el admirado por la mayoría y tratado como sabio”. En versión actualizada se dice que “el optimismo parece ajeno a los riesgos, por lo que, por defecto, el pesimismo parece más inteligente”, o también que “el optimismo suena como un argumento de venta, mientras que el pesimismo suena como alguien que intenta ayudarte”; son sentencias que también explican el porqué del predominio del pesimismo entre los analistas de mayor consideración pública. Parecen más sabios.

No obstante, la capacidad de las empresas para superar las adversidades se suele subestimar a pesar de que la historia está llena de ejemplos que demuestran lo contrario. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial se han producido doce recesiones, un promedio de dos por década, una cada cinco años. Ello significa que, si pretendemos invertir durante los próximos treinta años, debemos asumir que, al menos, pasaremos seis épocas con circunstancias difíciles. Estas tendrán mayor o menor duración, pero debemos ser conscientes de su posibilidad.

En este contexto, la impaciencia de los directivos, la necesidad de control y la manera de afrontar esos vaivenes se convierten en factores determinantes, y el optimismo o el pesimismo resultan vitales. Para empezar, porque ese tipo de actitudes condicionan la forma de entender una clave de la economía: la diferencia entre una expectativa, un pronóstico y el comportamiento ulterior. Ante una expectativa de recesiones y mercados bajistas no se producen sorpresas, porque estos se consideran una parte normal del juego y, por tanto, no se intentará hacer mucho al respecto, solo minimizar los errores.

Con un pronóstico, en cambio, se sabe cuándo va a suceder algo y esa convicción es un motivo suficiente como para actuar en consecuencia. Esto produce la ilusión, por una parte, de creer saber cuándo se producirá la llegada de un mercado bajista y, por otra, la alta probabilidad de arrepentirse de operar a partir de esa creencia. En definitiva, los pronósticos afirman saber cuándo ocurrirá algo, mientras que las expectativas son un reconocimiento de lo que es probable que ocurra sin aventurar una idea de cuándo sucederá. Ahora bien, como se dice en los mercados, si se afirma tener capacidad para prever eventos, no se pueden usar aquellos que no se pudieron prever como excusa ante predicciones equivocadas.

Al ver la historia de los mercados financieros (que ha narrado burbujas, guerras mundiales, pandemias, crashes, quiebras financieras, quiebras de Estados, etc) se puede constatar que el verdadero riesgo en el largo plazo es estar fuera del mercado, sea este del tipo que sea. Un mercado es la suma de las decisiones de las empresas, familias, instituciones y gobiernos, de modo que si pudiéramos saber cuántos optimistas o pesimistas predominan en esos ámbitos, sabríamos cómo va a ir 2023. Como ese pronóstico no se puede hacer, la alternativa es considerar que las empresas harán lo imposible, incluso en recesión, por mantener el empleo, soportar la reducción de márgenes y generar beneficios, menores, pero beneficios al fin y al cabo.

En definitiva, mejor ver 2023 desde las expectativas como forma de poder progresar, y no desde los pronósticos. Posiblemente es ir en contra de los sabios, pero también de los necios, como se ha demostrado a lo largo de la historia. ¡Feliz año nuevo!

Carlos Balado es Profesor de OBS Business School y director de Eurocofín

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